¿Qué lee el que canta? [Franco Battiato]

Cuando Eskorbuto cantaba «Mucha policía poca diversión. Un error, un error. Mucha policía poca diversión, represión, represión» no hacía falta nada más. Es una canción sintácticamente dudosa, pero con la efectividad de una ametralladora. Eran los años 80 en la Zona Especial Norte de Barrionuevo donde si no te facilitaba una sesión de torturas la policía por sospechoso de etarra te podía reventar el coche bajo el asiento por sospechoso de españolazo. No estaba la cosa para andarse con ostias, así que Eskorbuto iba al grano: sujeto, verbo y predicado pero casi siempre sin verbo. Economía de medios.

Luego hay otros que han necesitado discos enteros para contar una historia o para conjurar un fantasma. Pete Townshend escribió Tommy para poetizar los abusos que sufrió de pequeño, o así lo cuenta en Who I am? la autobiografía que deja la sospecha de que todo sea la justificación de una amenaza de pedofilia del propio Pete. Cuando los asuntos se enredan necesitan muchas palabras, demasiadas estructuras de psiques complejas.

Luego hay poetas como Bowie que lanzan frases aparentemente inconexas que se prestan a exégesis, una tradición que arraigó en el pop desde los 70 y que bebe de las imágenes mentales de los músicos alucinados de los 60. Alucinados por el uso de alucinógenos, desde la psicodelia de San Francisco al desparrame garajero de los Stooges, MC5 hasta Dicators o NY Dolls (que tienen unas letras que podían aparecer en la Super Pop de los 80, por cierto). Hay momentos referenciales en las canciones de los Doors: “Riders on the storm. Killers on the Road” con el Fender Rhodes de Manzarek sobre el efecto de lluvia es una fase de teatralización que enlaza con el Tommy hasta la degeneración cuando las óperas rock pasan a Broadway. Todo se resume en ¿qué lee el que canta? Gran parte de las bandas y cantantes han pasado sin decir nada. Sin contar una sola historia, solo diciendo que la aman o que la odian o que la necesitan o que la extrañan. Strummer decía que no había que hacer canciones de amor y Mick Jones le venía con letras sobre su novia o sobre un amigo encarcelado. Casi nadie ha podido escapar a la canción de amor pero pocos han dicho algo. Casi todos han visto el amor como un globo lleno de gas y sus canciones han sonado y olido como una ventosidad. Más de la mitad de la música de los siglos XX y XXI es evitable y peligrosa para los diabéticos.

Luego algunos crean mundos, y Franco Battiato es uno de ellos. Entre la superficialidad del “Starry Night” en el que Don McLean convierte el cuadro de Van Gogh en un retazo Kitsch y cuando Battiato habla de la misantropía celeste en Benedetti Michelangeli, el tipo que pudo ser el nuevo Lizst, está el haber entendido el asunto que se trata. El haber leído -o no- lo suficiente. En la misma canción “Mesopotamia” alude a la desaparición misteriosa y única de Maioranna. ¿Quién carajo es Maiorana? Entonces se abre una puerta a una historia tremenda sobre uno de los grandes científicos italianos que trabajaron en el origen de la bomba atómica y que un día desapareció. O no. Se pregunta más adelante ¿Qué quedará de mí, del tránsito terreno?

Las canciones de Battiato son relatos en los que el cantante nos sumerge en mundos lejanos llenos de referencias cultas, de fragmentos de historia que deben ser repulsivos para los que escuchan a Enrique Iglesias pero que enlazan con los “heavy readers”. “Un día en la perspectiva Nievsky me encontré por azar con Igor Stravinsky”. A veces hay demasiadas imágenes, pero es de los pocos que ha recreado mundos y fragmentos de la historia de forma que la música y el texto logren su fin. “El sonido de la artillería en países meridionales”. Las evocaciones son las de un lector que, tras leer una historia que le ha gustado, compone una canción para continuar con un relato, que amplía historias y aprende por el camino.

Es tan normal que te guste Battiato como que lo detestes. A mí me gusta. Me encanta, vamos.

Nacho T20
Nacho T20
Nacho Ruiz. T20. Arte Contemporáneo.

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