Las aventuras de Pelacats: Concierto #2

Aun era de noche aquella mañana en la que, de nuevo, me dirigía al polígono industrial. Otro día más, entré al bar antes de comenzar la jornada. Otro día más, algunos clientes comentaban las noticias con una concordancia con los medios que me hacía sentir más atrapado en Matrix que nunca. Otro día más, Camarera Ecuatoriana recibía una lluvia de babas por parte de algunos clientes. Una lluvia a la que reaccionaba dentro de la absoluta normalidad en su trabajo, con la misma naturalidad con la que un músico de jazz improvisa sobre una batería chunga e imprevisible.

Jefe Asqueroso hizo su aparición en escena. El sobrenombre ‘’asqueroso’’ no es gratuito. Es gordo insano (lo contrario de gordo body-positive). En su oficina tiene un cenicero a cada lado de la mesa, y, entre ambos, un vaso de plástico con café de máquina. Le quedaban, literalmente, días para reventar. Jefe Asqueroso pagó mi desayuno, como cada día que coincidía con él en el bar. Tras hacer esto, siempre se le dibujaba una expresión de orgullo y satisfacción en su rostro en la que se podía leer ‘’que buen patrón soy’’. Jefe Asqueroso obviaba con este gesto la absoluta falta de cumplimiento de unas condiciones laborales mínimas que, por otra parte, tampoco estaban redactadas en ningún contrato. Y eso es lo que hacía a Jefe Asqueroso más asqueroso que nada.

Nos dirigimos a la nave donde cada día recogíamos los paquetes para repartir. Vi el rincón donde normalmente estaban los míos. Había pocos, unos veinte, casi todos en Murcia Sur. Bien. Bien, joder. Este curro es una mierda y odio estar aquí, pero esta noche tengo concierto y, al menos, podré salir temprano. Ver a mis amigos. Tocar. Ser feliz. Además, el bolo es en Cartagena. Eso está a una hora en el viejo Renault 5 de mi abuelo, que es una bala. Y tengo que llevar a mis amigos.

‘‘Compañero Random no ha podido venir. Vas a encargarte de repartir sus cuarenta paquetes en Librilla, Alhama, Totana, Mazarrón y alrededores. Te vas con Compañero Colombiano’’.  Jefe Asqueroso acababa de joderme el día.

Prefiero ir solo. Sin nadie que me raye la cabeza, pero Compañero Colombiano me cae bien. Siempre me cuenta historias de cuando pasaba perico y movía billetes. ‘’Mira que yo tuve. Y di mucho. Y perdí mucho. Fui tonto’’. No es tonto, aunque a duras penas sabe escribir. Dejó aquella vida cuando tuvo un hijo, y ahora estamos los dos repartiendo en esta mierda de furgoneta. Él por necesidad y yo por prisa de hacer dinero y largarme de aquí.

Despegamos. A Compañero Colombiano no le quedan puntos en el carnet, pero conduce él porque va más rápido, y porque está acostumbrado a llevar esta furgoneta, que está jodida y suele fallar. Alhama nos recibe con el olor a muerte de la fábrica de El Pozo. En el polígono industrial cercano tenemos el primero de varios contratiempos. No nos quieren coger unas cajas enormes porque dicen que están abiertas. Compañero Colombiano identifica una respuesta hacia mí como una falta de respeeto. Compañero Colombiano inicia una discusión que casi le lleva a tirar de bardeo. El Tío Mierdas se escuda en la presencia de cámaras en la nave.

En la mayoría de sitios a los que vamos no hay nadie. Conseguimos repartir algunos paquetes mediante acierto y error y decidimos ir a Mazarrón. ‘’Esta zona me trae tantos recuerdos… Aquí me hice un socio que tuve que estar detrás de él para que me pagara. Y al final le tuve que mandar a un cobrador. Y pagó. Me costó dinero, pero pagó’’. En Mazarrón el reparto es fácil, ya que la mayoría de gente que vive ahí no sale de ahí. Pero la zona es grande y nos lleva toda la mañana.

Ya es por la tarde cuando llegamos a Totana. Casi todo está cerrado y no conocemos ni una puta calle. Hacemos tiempo, comemos algo en un restaurante latino. Todo se escapa de nuestro presupuesto, pero conseguimos que nos hagan precio por un buen plato de salchipapas. Aprovechamos para ir al polígono industrial de Totana a recoger unas mercancías. La policía está parada casualmente en la puerta de la fábrica. Compañero Colombiano se pone nervioso. Ya lo pillaron una vez sin puntos y repartiendo. Cambiamos los roles y conduzco yo. Es la primera vez que conduzco esa furgoneta. Es la primera vez que conduzco una furgoneta tan grande. Arranco. Cambio de marchas. Reduzco. Se cala. No arranca. No arranca. No arranca.

Mierda.

Ojalá hubiera empezado a arder y nuestra única opción fuera salir corriendo. No había ni Dios, el depósito podría haber explotado y nadie hubiera resultado herido. Y nos hubiéramos ido ya, pero no. Al cabo de casi otra hora, conseguimos arrancarla a base de empujar con ayuda de un hombre gordo latino que pasaba por allí. Ni diez minutos pasan cuando Compañero Colombiano frena de repente en medio del puente de una autovía. ‘’Hágale, hágale, maneje usted, ay por Dios pero no lo cale’’. La policía está haciendo un control en medio de la rotonda que hay al bajar el puente. No sé si nos han visto. No sé qué explicación dar. Si la furgoneta se cala otra vez y además ahí, estamos jodidos. Me atraganto con mis propios cojones. Consigo pasar con una furgoneta verde sin papeles y un antiguo narcotraficante de Cali como copiloto sin llamar la atención. Respiro.

Le vuelvo a ceder el volante a Compañero. Está enfermo y la fiebre le ha ido creciendo conforme avanzaba el día. Ya es de noche. Totana es una puta mierda. Pasamos ochenta veces por cada calle. Los paquetes no se acaban. Odio estar aquí. Lo odio todo. Ya es tarde, bastante más de lo habitual. Llevo un rato intentando convencer a mi compañero para irnos ya, que no podemos seguir en estas condiciones. Él lo achaca a que estoy pensando en el concierto. En verdad ya ni si quiera tengo ganas. Quiero que acabe el puto concierto. Quiero irme a mi casa a dormir.

No queda batería en el móvil. Conseguimos repartir algunos más preguntando a los vecinos y acabamos en un carril fuera del pueblo, a tomar por culo de todo. Nos vamos. Mi compañero aun quiere pasar por Librilla a dejar alguno más. Cada paquete que conseguimos dejar es 1€ y pico más para su casa. Pero no puede ser. Es demasiado tarde. Nos vamos. Salimos a la autovía que va a Murcia y hay un atasco kilométrico. Algún gilipollas se ha estrellado. Quiero matar a todo el mundo. Conseguimos llegar a la nave, tarde, pero hostias, con razón. Dejamos la mierda que no hemos conseguido repartir y me piro. ‘’Se va, ¡tiene un concierto en Cartagena!’’, informa Compañero Colombiano. ‘’¡Coño! ¿Es que eres músico? ¿Y qué hacéis?’’ pregunta Jefe Asqueroso.

Una risa del inframundo estalla en mi interior. ¿Qué qué hago? Estás a años luz de saber lo que hago, gordo hijo de puta.

‘’Rock ‘n Roll’’, contesto con una sonrisa en la cara.

Me voy. Informo a mis amigos de que estoy en camino con un último suspiro de batería, que vayan a mi casa. Voy conduciendo. Empiezo a sentirme mejor. Llego. Aparco. Respiro.

El concierto empieza en una hora y poco. Subo a mi casa a disfrazarme de lo que soy. Recurro a los súper poderes de mi traje. Me siento bastante mejor. Ya he escapado de mi cárcel temporal. Voy a ir a otra ciudad con mi banda a tocar con nuestros colegas de Bushwhack y un grupo local que se llama Acto de Venganza. Hacemos Hardcore, hacemos Punk, cada uno a su manera, hacemos Rock ‘n Roll. Habrá buen rollo, hermandad, cena gratis y lo pasaremos de puta madre. Tengo ganas de tocar. Tengo muchas ganas de tocar.

Me bajo a la calle, mis amigos ya están ahí. Los abrazo. Lo abrazo. La abrazo. Soy feliz.

El carruaje está listo, con una cinta de Eskorbuto en el radio-casete.

‘’Ponte tú alante, que farde de rubia’’

Y nos fuimos a partirlo.

Les informó Tigre Suave.

Piso28
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Aquí lo firmamos todo, pero para previas y otros artículos que no han sido escritos por nosotros firma nuestro suicida.

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