La Josephine: «Detrás de cualquier manifestación artística que merezca la pena hay una obsesión de tres pares de cojones»

Dice José Joaquín Sánchez (Cieza, 1988, cerebro, corazón, manos y vísceras de La Josephine) que se pone tenso cuando le graban y que no da mucho juego en las entrevistas. Con motivo de su actuación en la muestra de guitarra Quinto Orden (2 de noviembre, auditorio Sebastián Gálvez de Beniaján) quedamos con él en Santa Eulalia. Hablamos de agarrarse a la música en una adolescencia de mierda, de crecer en Cieza, de música que golpea el pecho, de los vicios del underground y de la obsesión. Y ojo, que el tipo tímido detrás de La Josephine está equivocado: no da puntada sin hilo.

¿Cómo empezaste a componer?

Cuando era adolescente cogí la guitarra y aprendí cuatro cosas. En aquella época estaba de moda lo de tener el estudio en casa, tener una tarjeta de sonido, etc. Por aquel entonces escuchaba mucha psicodelia sesentera. Escuchaba cosas guapas e intentaba hacerlo a lo chusquero. Empezó un poco así.

¿Aprendiste a tocar la guitarra a la vez que la parte de producción y tratamiento?

Sí, a marchas forzadas. En realidad es que no tengo mucho conocimiento técnico ni de la producción, que sé cuatro cosas que medio me funcionan, ni de la guitarra. Mezclo un poco de cada cosa.

¿Tocabas con otra gente?

Sí, estaba en Cieza y tenía un par de grupos guapos, como hay que tener a esa edad. Uno era súper punkarra, se llamaba Meando Vino, y el otro un rollo thrash metal, tirando a progresivo, como si Dream Theater se hubieran quedado sin presupuesto y tocaran mal, pero con el mismo concepto y la misma caspa.

O sea, que tocabas en un grupo de punk y en otro que tiraba a lo progresivo.

Sí, es una combinación un poco rara, pero a lo mejor lo que siempre he querido es que todo eso eclosionara en algo guapísimo, chusquero pero con una estructura más elaborada.

Hablabas de Cieza. ¿Cómo fue tu adolescencia allí?

Una puta mierda. Recuerdo momentos muy guapos con la banda, con los colegas, en el río, bebiendo y partiéndote el culo, pero Cieza es un pozo de desesperación y sufrimiento. No se puede hacer absolutamente nada más allá de lo que te gestiones tú. Tenemos allí al Chucky y a Teodoro, que parece que nos da una especie de estatus extraño.

En ese entorno, ¿supuso la música una tabla de salvación?

Sí. Era lo único medio constructivo que hacía. Tocar con colegas, estar en la calle y aprender las cosas casi por ósmosis.  Es lo único salvable de aquella época.

Imagino que también fue importante para descubrir quién eras, para desarrollar una personalidad.

 Claro. Vas agarrándote a referencias, a discos…intentas pillar coordenadas para saber quién coño eres tú, porque no tienes ni puta idea. Yo, al menos, estaba perdidísimo. Había reverberaciones muy chulas.

¿Hay relación entre escuchar una música que no es la que suena en la radio y crecer en un entorno así?

Creo que sí. Si todo fuera una balsica de aceite, si todo funcionara de puta madre, la gente escucharía a Los Fresones Rebeldes. Que no tengo nada en contra de Los Fresones Rebeldes, pero no voy por ahí. Como si no hubiera que transgredir nada. Imagino que tampoco se experimentaría, por ejemplo.

¿Qué encontrabas en los discos que te molaban?

Encontraba empatía, o al menos lo proyectaba así. A lo mejor luego ni por el forro de los cojones, pero decías: «Hostias, este payo, la manera que tiene de cantar esta mierda…». Por ejemplo, escuchaba mucho a Venom por aquella época, y pensaba que el tío estaba cantando mi movida. Que nada que ver…

O igual sí.

O igual sí, pero lo importante en ese momento era la verdad que yo construía.

¿De dónde partes cuando compones?

Yo qué sé, a veces me vienen trozos de melodías, otras veces escucho algo por la calle o llevo un rato tocando y surge algo… y el recorrido siempre es el mismo: a veces lo intentas desarrollar y sale una puta mierda infumable que no aporta nada y otras veces salen cosas chulas. Pero hay mucho azar.

¿Ese proceso se mantiene o cambia conforme has compuesto más música?

Es el mismo siempre. Además es una forma de liberar. Además, creo que la cosa se desvirtúa cuando la técnica tiene demasiado protagonismo. Me gusta no tener demasiado protagonismo como agente de este proceso, me gusta que el propio desarrollo me sorprenda.

¿Cuál es tu relación con tu música?

 A ratos pienso que está guapa, pero otras veces creo que es una bola súper pretenciosa, que qué coño me he creído. Depende del momento, de mi autoestima… si estás peor, es incluso como si no te perteneciera, te genera rechazo. Si estás mejor, lo ves bastante guay.

Me pasa con tu música como me pasaba con Schwarz: la veo muy compleja, muy cerebral, pero al mismo tiempo apela a algo muy primario del ser humano.

Eso es lo guay, que seas capaz de crear algo que estimule la mente y que te pegue en el pecho. Eso es súper primario, tío. No existía ni el concepto de música y ya se sabía que si no te pega en el pecho es una puta mierda. Eso funciona en todos los estilos. Lo interesante es aunar esas dos cosas.

Es un objetivo ambicioso.

Sí, es muy difícil de conseguir, porque son parámetros muy diferentes. Pero trabajándolo mucho se puede llegar ahí.

La muestra El Quinto Orden intenta trazar un hilo conductor desde el surgimiento de la guitarra hasta la contemporaneidad. ¿Sientes algún arraigo en este sentido?

Sí. Yo como guitarrista soy un puto mierda. Nunca le he tenido a la técnica el respeto que debería haberle tenido ni le he echado las horas que debería, pero es cierto que es el primer instrumento que cogí con 13 o 14 años. Es el primer objeto a través del cual yo me acerqué de una manera activa a la música. Yo tengo sintetizadores y todo lo que tú quieras, pero la guitarra siempre me aporta una sensación de hogar. Y te hablo del mismo soporte, por ejemplo, que se adapta a ti.

¿En directo dejas algo a la improvisación?

Me gusta llevar patrones de improvisación. No me gusta que todo esté súper pautado ni que aquello sea una improvisación continua, que si no eres muy bueno acaba siendo una puta mierda. Llevo puntos de partida y dibujos melódicos, contornos, a los que asirme si me voy demasiado por las ramas.

No sé si estoy en lo cierto, pero imagino la creación de tu música, esa búsqueda, como la culminación (más o menos intensa) de lo que puede ser un viaje psicodélico. ¿Cómo es la vuelta a lo cotidiano?

Yo me quedo subnormal, tío. Si me pongo a crear música de forma intensa acabo con el cerebro frito. Me cuesta reconectar. Te metes tanto…que igual son 45 minutos, pero lo trabajas de una forma tan obsesiva que luego estás desconectado del mundo. De hecho, literalmente estás un poco desconectado del mundo.

¿Crees que esa obsesión es necesaria?

Sí. Detrás de cualquier manifestación artística que merezca la pena hay una obsesión de tres pares de cojones.

Hablabas antes [antes de la entrevista] de una relación amor-odio con Murcia. ¿También la vives como artista?

Sí.

Bueno, y no te pregunto con Cieza…

Con Cieza hay una indiferencia brutal. A Cieza voy a ver a mis padres y a algún colega. No hay relación. Con respecto a Murcia…

Has participado varias veces en el CreaMurcia, por ejemplo.

Participé en tres y me sobraron cuatro. No sabía lo que era ese concurso ni tampoco lo que yo estaba haciendo. Era un despropósito. En Murcia he participado muy activamente, pero no es santo de mi devoción.

Mucha gente tiene en esta ciudad un dilema eterno entre mandarlo todo a la mierda y largarse o intentar construir desde aquí.

Totalmente. Entiendo esa situación. Creo que he quemado demasiado Murcia, me sobran algunos conciertos aquí, pero tengo esa sensación: te vas a Barcelona que es donde está la gente que supuestamente mola, pero piensas que luego seguro que es otro coñazo allí, y que mejor quedarse aquí, que te gusta vivir aquí, tus colegas están aquí, que igual se puede construir algo aquí…pero es como que siempre estás oscilando.

 Has vivido la Murcia supuestamente alternativa desde dentro, ¿cómo ha sido?

No me gusta hablar con líneas gruesas, pero creo que a la escena alternativa le hace falta una escena alternativa, porque se ha consolidado en el mal sentido de la palabra. Se ha creado una idiosincrasia de lo que es ser alternativo en esta ciudad.

Se han copiado los mismos vicios del mainstream.

Totalmente. El payo que antes llevaba la Telecaster ahora lleva un MicroKORG, y se supone que eso ya es alternativo. Y las notas son las mismas, pero como cambia el soporte, un poco la estética y otro poco la actitud…pues ya está. A mí me suda los cojones, la verdad, me sigue representando lo mismo que antes. Sí que veo agotamiento en ese sentido. Hacen falta puntos de fuga. Desprenderse del rollo de los estilos… que tampoco es que vaya a ir yo con una escopeta a decirle a la gente que deje de hacer una puta mierda y experimente, pero creo que falta eso: seguir explorando los puntos de fuga.

También hay mucho esteticismo, se adopta la estética de lo que viene de fuera, pero luego miras y no hay nada debajo.

Sí, se ha traducido en un ejercicio manierista, que es una fase muy fea en el arte. Parecía que Murcia estaba bullendo hace entre tres y cinco años, era algo muy estimulante, pero no ha roto en nada. También son fases, igual todo cambia en un año.

¿Cómo ves La Josephine en un futuro?

Pues con mucha guitarra. Por lo que hablábamos, es mi medio para expresarme y para encontrar una identificación con lo que hago. No tengo nada en contra de los sonidos sintéticos, pero en un futuro próximo lo veo como un proyecto que tenía Robert Fripp con un porrón de guitarras [ríe].

Retratos del imprescindible Diego Montana.

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