La educación del juego

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El suplemento El Cultural de El Mundo cierra con un cuestionario que bajo el nombre Esto es lo último, tiene por cometido interrogar sobre diversos temas por lo general preconcebidos a distintas personalidades del mundo de la cultura. El, por llamarlo así, cierre del cierre, es decir, la última cuestión, que no es tal sino un imperativo, dice así: «Denos una idea para mejorar nuestra situación cultural». La mayoría de «ideas dadas» tienen la misma originalidad que muchos de los entrevistados, con las consabidas rebajas sobre el IVA cultural, subvenciones, becas, etcétera, pero con una que, de tan instaurada en el común de las mentes, viene a imponerse casi como contrapunto natural de la respuesta: el tema de la educación. Edúquese a nuestros niños y adolescentes desde las escuelas con singular pericia, cambios radicales, y siempre mirando atentamente el ejemplo de los paraísos nórdicos, parece decirse, y tendremos unas futuras generaciones de académicos atenienses, bajo cuya dirección la Arcadia española de las Artes estará en las mientes de todos.

Una chifladura así se desprende de las actitudes de nuestros creadores, que parecen pasar por alto el hecho de que un niño no es un robot de diminutas dimensiones, sino un pequeño individuo cuya principal motivación es el juego, nunca la disciplina o las instrucciones determinadas por un sistema educativo. Siendo así, en esa época de descubrimientos que es la infancia se hará lo buenamente posible por sortear lo impuesto, básicamente una lata; enfadado en un principio o a disgusto, el niño irá adaptándose al no quedarle más remedio, con la esperanza de que aquello que le molesta se termine de una vez para, nuevamente, reanudar el juego. De esta manera –y no sin dificultad, pues al no tener conciencia clara del tiempo el niño cuando quiere algo lo quiere ya–  irá adquiriendo las responsabilidades y obligaciones a pequeña escala que se le van exigiendo, casi todo subordinado a las instancias del juego o a su esperanza. Sin duda los años de primeriza formación determinarán en buena medida y con singular tiranía aquello que al niño le interesa o no; algo visible por ejemplo mientras suena música en su habitación de juegos o los padres le cuentan una historia al cobijo de la noche. No obstante, a estas cálidas actividades se les opone la inmediatez de la televisión, el acceso a internet o los nuevos pasatiempos que suponen los videojuegos; como barrera protectora ante la indefensión de su hijo, un padre no tendrá más libertad que la prohibición o el veto, cosa de facto inabordable, salvo que se eduque al niño en la montaña y sin potenciales amigos, pues una vez existen estos, es imposible que no dispongan de las herramientas hasta entonces vedadas al nuevo camarada, al que le enseñarán y con el que disfrutarán de los mismos, con el resultado de la petición inmediata al policía adulto de su disfrute personal en casa. Por si fuera poco, tras un sinfín de obstáculos difícilmente sorteables para la adecuada formación –cultural, se entiende– del niño, viene la adolescencia, y si el niño ya era incontrolable, ¡qué decir del adolescente! Probablemente todos los caprichos del niño se ven ampliamente superados por su versión aumentada, ya sin vuelta atrás posible.

Se podría alegar a este (también) infantil razonamiento que «ya, bueno, las actividades extraescolares son de suma importancia…» Como respuesta, sirva mi personal ejemplo:

Mi madre, que siempre cargó con la culpa del abandono de sus estudios musicales, decidió matricular a su primogénito, o sea, yo, en el conservatorio de Murcia, hipotecando a un hijo muy pequeño con su antigua frustración. Yo, niño bastante dócil y aplicado a lo que me echaran, acepté de buena gana lo que se me impuso, así que a mis escasos siete años –edad mínima para poder ingresar– me vi envuelto en unas clases de preparación previas a las pruebas de acceso. En ellas, dada mi extremada juventud –lo habitual solían ser los niños de unos diez años y aun más, yo era un caso singular– me sentía como un perfecto intruso, ya que fui tratado de la manera más gélida posible; al final de cada clase, en la que se dirimían los méritos de cada cual para superar la dichosa prueba, el profesor nombraba a todos los alumnos (entre ellos, su hija) de los que estaba plenamente convencido tendrían inminente éxito dado el parentesco con alguien que ya estaba dentro; como yo no tenía parentesco alguno, fui ignorado sistemáticamente, clase tras clase. De esta manera comencé a descubrir con tremenda frustración el funcionamiento de las instituciones oficiales: importa más el nombre que el mérito. Afortunadamente, obtuve una de las mayores calificaciones en la prueba –a la sazón sencillísima, no más que varios ejercicios de oído acerca

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«Who’s there?» Fotografía de Vincent Sheed

de distinciones triviales entre graves y agudos–, y uno de mis recuerdos más dichosos es haber conocido por boca de mi madre que la hija de aquel mequetrefe había quedado fuera del conservatorio por su inutilidad.

De repente y como por ensalmo me vi levantándome de una silla rancia, parda y enmoquetada situada en el auditorio de aquel sitio extraño y, respondiendo Piano al oído de Belchí, Rafael vi iniciada mi carrera musical. Las clases ciertamente fueron llevaderas en los sucesivos años, si bien los mejores profesores los tuve en cuarto año; digamos que los anteriores me fueron ilustrando en los fundamentos del piano y la teoría musical, sobre todo en cuanto a leer, escribir e imitar, como se hace en todo oficio u ocupación que se quiera aprender. Sin embargo, la sensación de mi intrusismo en aquel lugar nunca me abandonó, pues por mucho que pasaran los años la diferencia de edad seguía pesando en mi situación, y con ella la incomodidad ante compañeros con mucho mayores, todos ellos ya plenos adolescentes con preocupaciones de otro orden del todo desconocidas para mí, apenas un petimetre en comparación que, de haber vivido décadas atrás, todavía no gastaría pantalones. En tal medida aborrecía las clases y a unos compañeros quienes no por malicia sino por puro desinterés me ignoraban que cada vez que atravesaba la puerta del Massotti Littel, mis ojos se desviaban con nerviosismo al tablón de la entrada, en donde un papel de ausencia –por enfermedad o cualquier motivo– con el nombre de mi profesor bien podía valer una tarde de liberación; es más, una semana que a causa de la inundación provocada por la lluvia otoñal se cerró el conservatorio, no pude sentirme más aliviado.

Andando el tiempo, la cosa se fue complicando, y a pesar de mi escasísima dedicación (no más de quince minutos al día de piano, verdaderamente milagroso mi avance de cuarto curso al así llamado grado medio) mi estancia allí era cada vez más inaguantable. Seguramente por culpa del estallido preadolescente, a la edad de doce años tomé algo de consciencia; comenzaba segundo del fastidioso grado medio, vi que contaba con un expediente nada prometedor, que mi discurrir por allí no se debía más que a un absurdo empecinamiento por no decepcionar a los padres y que, por otra parte, el volumen de tareas escolares iba amontonándose exponencialmente. Decidí abandonar. Las diversas motivaciones que me guiaron a tal decisión, si bien aceptablemente razonables, vistas con los ojos de hoy no me parecen suficientes; si renuncié a una carrera musical fue en realidad porque el hecho de estudiar la música no me ayudaba a amarla, sino a enmarañarla, viciarla y tomarla como lo que más odia un niño, la obligación, y por si fuera poco me arrebataba un precioso tiempo que bien podía dedicar a jugar o a ver a los amigos.

Pasados los años no puedo congratularme más de esa elección decisiva, pues opté por una vía que ulteriormente llevó a llenar mis horas con inclinaciones malignas –por usurpadoras del tiempo–, y en lo sucesivo a intentar hacer ciertas cosas en esos campos, como por ejemplo esto que usted está leyendo. Naturalmente, todo imbuido del espíritu del juego, pues no concibo otra manera de creación que no sea juego en alguna medida, indiferente si es más o menos elevada o profunda; el intento de ahondar o exponer las vicisitudes del alma humana, inherente a cualquier obra literaria de valía, es el territorio donde jamás podrá introducirse el esquema de un plan de estudios, o la ley firmada en el despacho de un ministro, y qué decir del amor a la música, imposible de ser enseñado en un conservatorio, como no sea quizás su renuncia.

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