Sostienen con frecuencia los aficionados al Jazz que el Soul es un género menor, una suerte de divertimento concebido para satisfacer las necesidades festivas del vulgo, carente por tanto del peso específico o la ambición intelectual del primero. Por eso, que toda una diva del jazz conciba un proyecto para rendir homenaje a algunos gozosos ‘standards’ de ese género menospreciado, que además marcaron su infancia, debería servir para reivindicarlo y, sin embargo, lo que se vio en el Festival cartagenero parecía dar la razón a esos elegantes vilipendiadores. Antes de continuar esta crítica, he de advertir a aquellos que me conocen de que no me he sometido a ninguna lobotomía recientemente.  Me arrebata el soul, sigue siendo mi música preferida; no teman. Mi ADN musical sigue intacto. Entonces, si además los músicos eran excelentes y la maestra de ceremonias liberaba un torrente de voz excelso, ¿por qué el concierto sólo me emocionó lo justo?

Precisamente en esto último, en su innegable destreza vocal estuvo, en mi modesta opinión, el problema. Consciente de que es una hiperdotada, la Bridgewater no juzgó necesario buscar una relectura propia de esos temas que la emocionaron de pequeña. Y, para mí, esa es la justificación última de lanzarse a un proyecto de solo versiones: aportar tu visión al mito, dotarle de tu personalidad, resaltar esos aspectos que otros no han visto y sin embargo ahí están, escondidos pero latentes, para que tú los recuperes tras tanto tiempo siendo pasados por alto. Estoy convencido de que esta señora ama tanto esas canciones y, a la vez, confía tanto en su poderío vocal –con razón, oiga-, que quería presentar los temas tal y como le impactaron de pequeña. Pero, por muy diva del jazz que seas, si tienes que enmendarle la plana a Al Green, Otis Redding o Gladys Knight, necesitas algo más. No sé, quizás una sexta velocidad o una rara cualidad que, como la Cruz de Caravaca a los murcianos, te sea concedida por el cielo. Eso no quiere decir que no hubiera momentos memorables en un concierto técnicamente impecable; para mí, el más significativo, la versión que realizó de la inmortal elegía escrita por «Pops» Staples sobre los 9 niños que en Little Rock, Arkansas, lograron cambiar con su tenacidad las leyes de segregación escolares a finales de los 50: «Why? (Am I treated so bad?)». Mas sin lograr construir un discurso musical que te conquistara por su singularidad. En definitiva, ¿dónde estaba allí la personalidad de la Diva, que la tiene? Mayormente, de vacaciones. ¿Qué soy muy exigente? Pues sí, los melómanos somos unos puñeteros, es cierto. Pero tenemos alma.

Por lo demás, la actuación discurrió por los patrones cada vez más habituales en este tipo de saraos festivaleros de público con nalgas cubiertas. La actuación duró apenas una hora, bises aparte, incluyendo entre tema y tema numerosos parlamentos de una solista decidida a hacerse entender («Me comprenderéis mejor si hablo en francés?», llegó a espetar).  En la última canción –‘The Thrill Is Gone’ de B.B. King–  la diva instó al respetable a dejar sus posaderas al aire y cimbrearse, para lo que no dudó en revestir esa última lectura de un aire verbenero supuestamente espectacular y, tras dos preceptivas propinas más, puso punto final al recital, dejando bien claro en todo momento las intenciones que la han movido a urdir toda esta gira; esto es, liberarse de los a veces asfixiantes corsés que impone el jazz, desmelenarse (sin melena) en el escenario: divertirse, en definitiva, que no es poco. Sin embargo yo sigo pensando, queridos lectores, que el soul es mucho más que eso.

Ignacio Benedicto
Ignacio Benedicto
Periodista errante y agente patrimonial, volcado desde siempre en la cultura popular del siglo XX, esa que empezó ya en el XIX con los cuentos de fantasmas, las aventuras de Sherlock Holmes y las novelas de Julio Verne y que terminó ampliándose con artes secuenciales como el cómic y el cine. Dentro de todas esas querencias, la música es la que le suministra el combustible necesario para levantarse cada día y afrontar con ánimo renovado cada jornada, buceando en los rincones de su inagotable oferta para darles una vuelta de tuerca y transmitirlos con pasión.

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