Kadavar y Monolord en Garaje Beat Club: Las telas pegajosas del rock

Hacía tiempo que no iba a un concierto para escribir una crónica. Y cuando uno va a hablar de algo tiene que, por lo menos, poner atención a lo que vive porque la memoria suele jugártela. Con los cinco sentidos me dirigí al Garaje –la sala de la Región Murcia que es referencia en este tipo de géneros y giras de artistas de metal internacional, u otros–. Un largo autobús de seis ejes y remolque se encontraba junto a la fachada. Y es que la fecha del viernes era tan solo una de la veintena que los protagonistas de la noche tienen por todo su periplo continental. Un trío de suecos y otro de alemanes. Monolord y Kadavar. Ambos conjuntos con buen conocimiento y trayectoria a sus espaldas. No son novatos, pero no son los más veteranos del sonido. Tienen sus personalidades bien definidas.

El martillo neumático de los Monolord

Justo entro con el comienzo de los de Gotemburgo. La hora no es la típica de esta ciudad y el tráfico me hizo dudar de la cantidad de gente que iba a ver a las ocho de un viernes. Primera sorpresa. Mucho público. Monolord empiezan calentado su oxidado y lloroso motor. Riffs pesados y ritmos cavernarios como sello de identidad. El típico doom metal a la plancha grasienta, pero con un crujir particular que hace que en directo te atrapen en su mundo.

Thomas (cantante) parece un camionero del oeste americano. Cazadora vaquera de Windhand, bigote redneck y pelo liso sobre la cara. Lleva una flying V negra (en forma de flecha) y en el hueco de la pastilla del mástil hay una figurita. No abusa del wah y su rollo es el puro del metal pesado: a golpetazos de estructuras espesas y burbujeares. El sonido fuzz más saturado. Sus punteos se arrastran como una serpiente de cascabel del desierto de Sonora. Por su parte el bajista, con camiseta de Red Fang, gorra y barba de chivo, le da unas apabullantes castañas a su instrumento blanco con sus dedos gordos, que parece que lo está estrangulando. ¡Bum, bim, bimba, pam! En Audhumbla golpea el cuerpo con el puño al unísono con la batería. Rellena los silencios que ensayadamente deja la guitarra con mucha distorsión y enjundia. Los tres encajan a la perfección. Al milímetro, pero con libertades. El batería casi toca el culo con el suelo. Está muy abajo. Tiene unos timbales que parecen el salón de mi casa y tres platillos como tres habitaciones. Toca como una prensa hidráulica. Empieza muy lozano, pero acaba con una sudada recia. Con cara de estreñido como si pidiese: «por favor, poned el aire de una puta vez». Uno del público sale con el labio sangrando. Vaya percal.

En muy pocas ocasiones aceleran, y si lo hacen no pasan el límite de velocidad. Canciones de mínimo 6 minutos. Algunas de 12 o más. De ahí que Diego Photographer me confesara que creía que era la misma canción durante los 40 minutos, en los que facturaron un sonido doom de manual, grasientos, concisos y rocosos, que mejoran incluso en directo, envolviéndote en su bukake de óxido y arena.

En los épicos y estudiados parones y silencios de Empress Rising todos aplaudimos creyendo que han acabado. Parece que su voz modificada, envuelta en un órgano grabado, casi gime y solloza de agonía, en la canción que da nombre al álbum que protagoniza su concierto: Rust. La sala suena como un tiro. Potencia justa y bien calibrada. En la parte de delante no se escucha al 100% nítido, pero joder, verles las caras es impagable. Hay unos sordos que dicen que ésta la han tocado flojo. Sin tímpano que van algunos por la vida.

Intermedio: lo que pasa y deja de pasar entre concierto y concierto

Hay bastante gente, pese a ser estos unos géneros minoritarios dentro de un estilo ya de por si alternativo. Aunque cada vez son más los nuevos festivales y los grupos buenos en estos sonidos. Los puestos de mercadería de los grupos tienen más género que el mercadillo de mi pueblo. Parece un Primark y todo cristo se arremolina para hacerles gasto en vinilos camisetas y demás fetiches varios. Calidad y frescura reza el eslogan del supermercado que tengo al lado.

Una pandilla de frikis del stoner y géneros afines se me sienta al lado. Empiezan a platicar sobre los grupos que van a ver este año, los que han visto y los que verán en festivales. Juegan a los cromos. Se entremezcla la conversación y la droga. Esto químico, esto natural, esto que planté yo, esto que lo plantó mi abuela, que si con lo otro no lo mezcles, que si conducir con setas, que si andar con tripis, que si masticar mdma. Tremendos figuras los zagales. Animalicos. Se quejan de que habían fotógrafos en la primera fila. No, si quieres que se pongan en la calle, espabilaos.

Los Kadavar: su rollo es el rock y el libreto, y gracias por ello

Raudo y veloz huyo de sus disensiones psicotrópicas para ver salir al escenario a los Kadavar. Mola como están dispuestos: los tres en primera fila y cuatro amplificadores a sus espaldas. El batería con dos ventiladores bajo su pompis. Tres tipos de aspecto de camellos marroneros de Woodstock. Sus pintas hablan por sí solas: en las cabezas frondosísimas barbas rubias y melenas del mismo color. El bajista con los ojos pintados. Ropajes vetustos con pantalón de campana, y rollo entre rockero y jipi de los setenta y sesenta. Parecen los Bee Gees y se hacen apodar Lupus, Dragon y Tiger. No pienso comentar este último hecho. Cada cual que saque conclusiones.

Por la sangre de los berlineses fluye Black Sabbath, Deep Purple y Led Zeppelin por un lado. Y todo el stoner de los noventa, por otro. Lo que les hace cocinar una pócima curiosa de variados sonidos, y excelentes brebajes de diverso pelaje. Tienen las intenciones de revivalismo de algunos conjuntos como Graveyard o Wichcraft, pero con otra amplitud de miras.

Nada más acabar el primer tema, el cantante, Lupus, nos da la reprimenda y nos pide que apaguemos móviles y cámaras y así hagamos todos que sea una fiesta. Nadie le hizo mucho caso al principio por desgracia. Un malagueño muy friki me cuenta que les va a ver por décima vez o así. Justo va y me dice, hazles más fotos. Sí, para que me echen, le digo. Tocan una tipo hard-rock clásico, y luego una más ozzyosburniana, más tipo Black Sabbath (omnipresentes), más doom para entendernos. Y así todo el rato. Una vela a cada santo.

El guitarra, en medio de un punteo, afina, o toca su mesa de sonido. En sus solos está, también omnipresente un Tommi Iommi con azogue y un Hendrix tocando colocado con Jimmy Page, como no. Lupus nos grita: «cariño, quiero vivir en tu cabeza» como si de un mantra se tratase. Su voz queda sepultada por la fuerza de la música. En otra, suelta su vetusta SG, y se pone a toquetear la pedalera, mientras la sección rítmica toma el mando. Entre estos dos podrían tumbar un rascacielos. Tiger, con sus tambores, pone cara de caníbal, señala con las baquetas, está muy cerca y es el que más pide aplausos y jaleos al público. Dragon (el bajista), con la izquierda mantiene la mano en una posición, pero sus dedos corretean de arriba a abajo. Desbocados, se abren paso y el público intenta seguirles el ritmo. Es la energía de un tren de mercancías a toda potencia. Se ponen épicos a veces y otras progresivos. Atmosféricos en alguna ocasión. Como Atila el Huno. Despiadados y certeros castigan nuestros incrédulos tímpanos. Bendito castigo. Las introducciones y las estructuras de los temas puede que sea lo mejor del grupo.

Hay uno en primera fila babeando. La gente sigue haciendo fotos, y en una canción oscura hay un tío con un foco, que parece un faro de camión. Lupus se encara con él y le dice que se pire. El malagueño empieza a hablar con otro. Para los bises dos muy famosas. Lo tienen estudiadísimo y no se salen del guion. Al bajista le tiembla la mandíbula tanto que parece un zombie. Acaban con la celebérrima y pegadiza Black Sun. Un clásico. Para una banda que casi sin poder serlo, pues solo llevan 8 años de música, son ya uno clásicos. Y aún les quedaron algunos temazos sin tocar, pero no estaban por la labor de saltarse su guion cuadriculado y estudiadamente esculpido en piedra granítica.

Ambos grupos tejieron unas telas en las que caí presa de su sonido. Todo el rato lo pase cabeceando y haciendo la guitarra en el aire. Me vi envuelto en sus ambientes. Los sentidos no me la jugaron esta vez. Y benditas telas.

 

Fotos de Mario Amigo + 1ª de Diego Montana

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