Jeff Taylor y la CEC en Jazzazza: «Así aprenderá»

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Aquí nunca cae agua. Los huertanos lo desean mientras las avionetas surcan el cielo para romper los cúmulos. Hoy llueve. Los murcianos se quejan al ver las calles anegadas por los torrentes fluyendo por las ramblas en las que los planes urbanísticos no prohibieron construir. El gobierno regional lo justifica con que el alcantarillado, acequias y otros escapes, acumulan durante meses residuos sólidos que al no llover obstaculizan el drenado. En estos asuntos siempre hay dos teorías contrapuestas y cada uno decide cuál creerse. En Murcia, la ciudad que acoge estas comparativas, la música se divide en gustos, pasiones y lugares, porque el gusto no es la pasión y solo el gusto puede ser generado por el lugar. El murciano medio clama por un desarrollo superior. Se queja de no escuchar cosas nuevas, se queja de indolencia promotora, pero a la misma vez se conforma, por cercanía o por seguridad. Este dilema, a diferencia de los anteriores, se dirime en la misma cabeza, en la de cada cual, aunque es cierto que hay un reflejo en algunos sectores visibles. Los medios de comunicación hoy tienen la oportunidad de elegir entre la supuesta experimentación de Jeff Taylor y la CEC, Schwarz o volver como cada sábado a las estatutarias salas del centro. Para mí son las 21.30h, acabo de currar, salgo de Santo Ángel caminando hacia Algezares. En el auditorio están proyectando el «Maquinista de la General» de Buster Keaton con una BSO compuesta por Andrés Santos e interpretada por una genialísima Andrés Santos Station Band. No me imagino cómo una avioneta podría disipar esto, ni cómo embotarse en una alcantarilla olvidada. Prefiero relamerme pensando en mis dos caminos: el acompañado por Jeff Taylor; y el solitario de vuelta a casa en el que me tocará andar una hora creyéndome libre de estigmas, autónomo y apasionado por consumir el arte que quiero y consumirme en mis propios pensamientos. No soy más listo que los que caminan 5 minutos a la sala de siempre. La prueba de ello es que volveré sólo por mucho que haya mirado el móvil esperando leer «ven a la 12&medio conmigo».

Javier, habla de Jeff. ¡No, joder!, hay cosas más importantes que decir. Lo sabes cuando llegas a un bar que lleva abierto dios sabe cuántos años, y dueños, fotógrafos y hasta clientes desinteresados se sorprenden al ver que un periodista tiene forma humana. En otras salas sucede que se sorprenden y enrabietan de no verlos. Jota menciona la ausencia, pero se da la vuelta y sigue ordenando el bar. Me flipa el estoicismo, o más bien la resignación a la que se llega. Yo no sé si es un farsante y tiene un sótano lleno de monos redactándole la programación, pero sé que se deja la piel en sacar un buen trabajo o bien en seleccionar sesudamente a sus monos, y eso merecería al menos pasarse a saludar.

Los monos de Jota indagaron en un estilo peculiar. Yo diría más bien una ausencia de estilo. Jeff Taylor y la Creative Ensemble Collective es como si un montón de monos con afecciones, gustos distintos y capacidad de abstracción hubiera hecho un setlist sin tener en cuenta géneros. En el caso de la CEC las ejecuciones no están programadas por simios. Para nuestra suerte, esta única vez en Murcia, estuvo formada por un italiano, un inglés, un irlandés y tres valencianos. Da igual el origen, la historia es que esta noche es fácil ver que el jazz funciona como un hormiguero. Sus hormigas se extienden por todo el planeta, y dos del mismo hormiguero podrían reconocerse allá donde se vieran. Han tocado Space Oditty de David Bowie e Iván Cebrián (guitarra) me ha confesado que la tocó por primera vez ayer. El tío tiene una facilidad pasmosa. Usa unos efectos guapísimos basados en efectos básicos tipo delay o reverb y aun así crea la sensación de hacer sonar una flauta. Ya no es la elección, sino la capacidad de decisión. Ésta también se ve magnificada en el napolitano Roberto Giaquinto (batería). Roberto, con faz seria, marca el estándar; Roberto, con la boca abierta y ojos al horizonte, marca su abatimiento y un punto de inflexión; Roberto, con faz risueña y cuello torcido, está improvisando y disfrutando. Cuando baja le pregunto muchas cosas, entre ellas esa sonrisa que es la única cara que me creo de él. Me dice casi levitando que el jazz o la música es una base sobre la que construir. Habla del aprendizaje, de la dureza, del abatimiento, de lo aburrido y lo duro, de cómo cuando todo eso está dentro de ti, por fin puedes hacer lo que quieras y sale el músico libre y libertino. Habla también de las raíces y de cómo ha descubierto que con esa musicalidad adscrita al ser, uno puede dar un trago más profundo a los manantiales. Supongo y creo que toda esta consciencia forma parte de lo que estoy viendo. Estas personas no se conocen, pero son músicos, y músicos que además han estudiado unas mismas bases con derivaciones muy dispares. Los labios húmedos besan mejor, pero si no sabes cómo mojarlos se acaban secando una y otra vez.

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Javier, habla de música. ¡Joder!, ¿no es más interesante subir al escenario? ¿Qué más da cómo sonaron? Si os digo la verdad no me termino de creer el proyecto. Está bastante bien, podría decir que pienso positivamente en él, ¿pero dónde está el mérito o el arte? No caigamos en la trampa de la pregunta. Lo hay, y mucho, pero no es puro. El estudio trae consigo el vicio y el vicio la proliferación de proyectos que más que aportar enteros a la música hacen de ella un pasatiempo. Yo entiendo que vi a un Jeff Taylor que me flipó pero no me enamoró. El tipo estaba comedido porque aquí no hace arte, lo reinterpreta sobre la marcha. Pero está tan dentro… Vamos a ver. Es un tío de casi dos metros que se ha subido a un escenario de algo más de dos metros y se ha pegado una hostia contra los altavoces y si se cae se cae sobre 10 personas a la vez y lleva corbata y traje y gafas de pasta y canta como su puta madre travestida y no tiene miedo. Esto tiene sentido, porque cuando en un pueblo alguien dice como su puta madre es como si la guía michelín te diera estrellas de por vida. Pero es que el cabrón con estrella, cuando ya estás cachondo, se levanta la falda, te la mete sin que te des cuenta, te enfadas y te gusta. Jeff la tiene dura todo el tiempo, pero lo sabe disimular. Se pega el móvil a la entrepierna, las llaves o el paquete de tabaco, pero llega un momento en el que no puede más y le hueles hasta el ‘presemen’. Esto en palabras formales y editoriales quiere decir que el tipo, durante una canción relativamente anodina, sube de intensidad de forma inesperada y efectista. Lo interesante de observar con lupa la salida del hormiguero es que a su vez, por esa energía que en efecto no tiene por qué gozar de una extrapolación para el resto, el proyecto funciona, pues es recogida por los demás músicos. Es decir, esto podría ser un grupo de gente interpretando cosas, o bien un grupo de personas complejas interpretando cosas. El jazz, la base o lo que sea que sea, sostiene la maqueta, pero Taylor y su falo crepitante la ponen a prueba haciéndola temblar, y che, pasa hasta un test en Tokio.

Están haciendo blues, soul, funk, pop, swing y hasta jazz. Nadie puede quedar descontento, no al menos durante todo el concierto. Tanto así me acerco a un grupo de señoras que está deseando bailar. Me muevo y se mueven. La camarera también quiere. Bailamos a través de la barra. Hay un tipo que le dice a una tipa: «Lo conseguiré…». No sé si habla de fornicio o de baile, esa lascivia solo la puede encuadrar un jurado profesional. Hay otras dos parejas a las que he estado observando. Una de ellas se está besando y es una suerte porque los labios de su novio son el único punto de apoyo que tiene la muchacha para no partirse la cabeza contra el suelo. La otra pareja, joven y bonita, ya venía bailando, siguen haciéndolo, siguen sonriendo y ahora se besan. Veo fotos, historias y parentescos; veo una fotógrafa con pelo alborotado y se me hiela la sangre. Estaba esperando que viniera y ni siquiera la he visto entrar. Sabía que esto le encantaría, podríamos compartirlo, pero no, no es ella, igual que ninguna de esas es mi historia pero todas me debilitan.

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Otra historia es la de Jeff, la de su infancia en New Jersey, y las emociones que le trae versionar Downtown Train de Tom Waits. La hacen descafeinada, pero aún así conserva algo. Hay una intensidad constante no resuelta, e incluso una nueva armonía intuyo que improvisada al final del tema. Ya de por sí es difícil asalvajarla –más con la voz de Jeff que no goza de una rotura natural–. Su camino va más por el riesgo y la experimentación, es decir, la búsqueda melismática de intervalos originales, los beats, cambios de ritmo y sus gritos de blanco desgarrador alejado del micro.  Su camino también va por el mejor momento de la noche en el que cogió un tema suyo y nos aventó un terror en el que por fin vi la diferencia entre el intérprete y el músico. Habló de la noche y del miedo. Del miedo que siente porque la noche implica la ausencia de tiempo, cuando todo acaba y la negrura impide la perspectiva. Fue tan negro y oscuro, se deshizo de tal forma que Voro García le sopló el mejor trompetazo de la noche.

Yo también le tengo miedo a esa noche. Ésta avanza y solo pienso en que una persona me agarre del cuello y me estrangule. También podría besarme como una de esas dos parejas, o bailarme con el cuerpo yacente, o follarme como uno de ellos esperaba conseguir. Hay postulados e historias de por medio. Me iré tranquilo de aquí porque el sexo con Jeff Taylor y la CEC ha sido bueno. Salgo a fumar y me la encuentro. Al parecer leyó mi mensaje del tercer cubata. La beso casi como llevo imaginando toda la noche. Me cuenta lo de Schwarz en la 12&medio. La envidio. Me excita. Me giro y hago un cigarro no sé para quién. Jeff Taylor se lo pone en la oreja para mañana. Julio nos dice que sigue flipando con la relación matrimonial de sus padres, por respeto y firmeza. El ciego al que siempre he querido conocer toca el piano. Quiero escucharla. Le animo a subir. Ella le canta. Me excito. Los músicos, apasionados y azogados, tocan para los cuatro que quedamos. Un colega me invita a una raya. Tomo media. Tengo taquicardias, frío. No camino. Truena. Me despierto. Afuera llueve. Voy a trabajar y me desmayo. Leo, escribo. No mis notas. Enfermo. Recapitulo. Llevo 2000 palabras escritas. Demasiadas. Quedan muchas más. Un cierre, un sentido, un conejo atropellado en la carretera. Siempre hay dos caminos, el que se pisa descalzo y el calzado. Cuando se tiene el pie desnudo la piel se endurece y si se moja se seca. El padre enseñará a andar con las plantas, mirando en el camino la sangre que se dejará y que se dejó. Termino de escribir. Sigo mojado.

 
Tras la inundación el Marcos desde un púlpito en mitad de la plaza gritaba: «¡Que llueva que llueva la virgen de la cueva!». El Marcos era un inocente, uno de esos críos que nacen tontos y sin padre. Los agricultores, ganaderos y trabajadores del pueblo le decían a su madre que o lo callaba o lo hinchaban a garrotazos. Al final el Raposo cogió la horca y le atravesó el vientre tres veces mientras gritaba «Así aprenderá». El Marcos en su inocencia retó a los damnificados, se burló de la desgracia de la que nadie se mofaría y ellos, obtusos e inmovilistas lo ajusticiaron.
(Fragmento de La Hoja Roja reescrito, reinterpretado por el que firma este artículo)

Fotografías cedidas por Jazzazza Jazz Club

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