Jazzazza, Sala de Berta: Tres Culturas; dos formas de pensar

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Ancha como Castilla es la oferta musical en Murcia. Ancha y underground, porque si del ayuntamiento hay que esperar algo, nos conformamos (bien conformados y que no nos lo quiten por Dios, Alá y Yavhé) con el Murcia Tres Culturas, que para muchos sirve para argüir soy culto, para otros no soy racista y para otros no tendrán ya suficiente dinero los perros judíos estos como para que mi PP les dé más. Así que un sábado por la noche de las dos últimas semanas de mayo hay que abrazar a mamá concejalía o buscarse algo acorde a lo que uno gusta y no a lo que le echan. Entre todos esos huérfanos tengo dos opciones: primera, acercarme a la Sala de Berta a ver a un par de muchachos haciendo fingerpicking (el rollo ese de meter 2 ó 10 guitarras y un set de percusión en una sola guitarra acústica); segunda, ir al Jazzazza Jazz Club donde toca otra zagala, Katja Knaus. Mi corazón, dividido, decide, tras dos días sin dormir, ver a ambos.

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The Finger Style Guitar Show, proyecto de Heiko Bloemers y Matthieu Kieffer, empieza con el francés. Este estilo se basa en la autosuficiencia, en este caso ayudada por una pedalera digna de la NASA. Matthieu es un genio. Joder, el tío es doctor en astrofísica, pero a pesar de tener 20 dedos en cada mano le falta el corazón que tanto anhelaba el hombre de hojalata. Se mueve por la orquestación vocal que le ofrece su pedalera atisbando un puerto al que nunca llega. Lo intenta y naufraga. Le sucede el alemán. En Alemania, además de estudiar cómo ganar una tercera guerra mundial sin ensañarse con ninguna minoría étnica, se están explorando vías interesantes en el jazz que pasan de interpretarlo a renovarlo. En su género, Heiko tiene una visión enorme de lo que supone crear con un solo instrumento. El dominio del ritmo es apabullante. Para él, la técnica sí es tan solo una herramienta. Comete errores, es sucio, pero la melena se le desmadeja y acaba dentro de ella él solo con su guitarra buscando motivos constantemente, yendo de una secuencia de acordes más simples que una pala a una revolución industrial encabezada por él mismo. Entiende la música como un juego, la siente como una oportunidad única, del momento, intensa e impetuosa.

Miro el reloj, pensaba quedarme solo 5 minutos más y de canción llevamos 20. Es difícil ver un estilo como este en tierras de jotas. La Sala de Berta es algo así como un garaje redecorado sin el algo así. Los conciertos empiezan con el patriótico retraso de una hora y dentro la cerveza es casi tan barata como la entrada. Enteros que suman a una programación magnífica que me está poniendo en la tesitura de elegir si ver a un alemán a una alemana, y algo me dice que lo mío esta noche son los hombres.

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Me salto el bis y corro pensando en la estupidez de estar huyendo. Anunciamos el concierto de Knaus The Time en la revista y siento la responsabilidad de respetar la acreditación que el Jazzazza me guarda. Llego avergonzado, me reciben de buen grado a pesar de haberme perdido la primera mitad y a pesar de que Jota tiene una buenas manos para dar hostias. Me santiguo ante el retrato de Cifu y aunque quizá este no sea mi templo me siento bendecido. Escucho el último tema. Salgo, fumo, entro. Me han advertido de que no es lo que espero. Lo veo. Katja parece un conejo acobardado por la luz. Lee sus letras y luego espera quietecita a que el resto termine de solear. La voz apenas le sale, aunque sabemos que la tiene. Su proyecto es tan meloso como difuso. El tenor arregla, destaca e inevitablemente pone sobre la mesa un proyecto que quizá no debiera encabezar el apellido de Katja. Knaus The Time me hace preguntarme por el tiempo, no porque lo esté perdiendo, sino porque el talento de la alemana es tan grande que es ella la que lo está malgastando con este concierto. Canta a la ausencia de agua que trae consigo migrar a una tierra como Murcia. Y joder, por un momento veo como cierra los ojicos y siente algo, un recuerdo una emoción, pero pronto viene la impronta, no lo explota cuando para ella, como para el resto que no lo han pensado, el agua es el principio mismo de la vida. Lo tiene: el talento, la locura, la inquietud, la diferenciación, pero un scat tímido no es suficiente. Me acuerdo de Jane Monheit y sus virguerías a pesar de su registro, de sus falsetes. Conforme pienso se va acabando el concierto y Katja, con un 1-0 en contra, parece haber mirado el reloj del descuento. Versionan «Viola Fora de Moda» y aunque el tema ya suma enteros, ella abre los ojos y, al menos en el final de esta segunda parte, empieza a enfrentarse al público. Joder, coge y se larga, y los parroquianos del Jazzazza piden un bis y solo cuando la arengan se calza las botas y saca todo lo que no ha hecho antes. ¿Sabéis qué pasa? Que yo no entiendo y no puedo hablar de jazz, solo de emociones, la mayor parte de ellas subjetivas. Así que siendo sinceros soy fanático de la bossa, de su acercamiento a las raíces y de todo ese zurriburri mental que mezcló anacrusas con séptimas. Escucho a Katja leer un listín, hacer gorgoritos o interpretar un estándar aquí en el Jazzazza o en la Sala de Berta y me hace creer en su música. Con Knaus The Time, no.

Un día me hablaron de una escena en Murcia, también de la del jazz. A mí eso me parece una patraña. En lo que creo y por lo que sacrificaría a mi primogénito varón es en las almas que miman y confían en sus artistas. En templos de rezo como son Jazzazza o la sala de Berta. Estos, ni dos ni tres, sí son la cultura de Murcia.

Fotografías de Knaus The Time cortesía de Rafa Márquez

1 comentario en “Jazzazza, Sala de Berta: Tres Culturas; dos formas de pensar”

  1. Adrián Yvoyalaruina

    ¿Pero cómo es que no hablas de la pelirroja?
    El artículo de acuerdo entero.
    ¿¿¿¿Pero cómo es que no hablas de la pelirroja????

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