Jane Birkin en el 50º festival de Teatro de San Javier: «¿Qué hay en Aledo?»

Adrián, te echo de menos. Sé que debería escribirte por otros medios. Algo privado que no fuera la crónica de una artista de fama mundial, por ejemplo. Pero ya sabes –eres quien mejor me conoce– que yo escribo de música para hablar de lo que realmente me interesa. No lo hago de forma gratuita, espero a que el texto me/nos lo pida. Es entrañable la poca memoria musical que tienes, así que no te acordarás del día que conociste a Jane Birkin en Aledo. Te lo cuento.

Prólogo: Mi amigo Adrián y yo tenemos una moto que es mía o es suya y utilizamos para escapar de Murcia tantas veces nos permita la manufactura de sus piezas. Tuvimos que comprar una japonesa porque a la china cada vez le quedaban menos tuercas.

¿Qué hay en Aledo? Preguntaste. Y yo te respondí: gente de allí, ¿no? Todo transcurría como el viaje más normal hasta la fecha, pero cometimos un error, un despiste. Entramos al bar equivocado. Imagínate la sede central de VOX pero sin mariconadas democráticas. Paredes ajadas llenas de banderas con sus respectivos pollos, tricornios y bigotes por doquier; grana, oro, caudillos y poca luz. ¿Te va sonando? Un esqueleto emergió de entre las sombras. Era el barman que tendría, a ojo, unos 175 años. Presumía de regentar el bar más antiguo de toda la Región. 110 años y tres generaciones de fachas pesaban sobre aquellos muros de carga. Él, el último de su estirpe. Nos ofreció la última remesa de un vino dulce de su cosecha que a penas vendía porque ni quedaba gente ni tenía fuerzas para cultivarlo. Tú y yo, que huimos de los bares de ciudad, sabemos que los viejos de los pueblos, por muchos Cara al Sol que canten, son más abiertos y generosos que cualquier hippie civilizado. Yo con su brebaje y tú con un café en la mano lo escuchamos con tanta atención que nos enseñó su secreto mejor guardado. Accedimos por una portezuela a un salón de celebraciones. Allí, otra portezuela más pequeña, daba a una antigua cuadra. Dos billares, tres futbolines y banderines de colores colgados en un techo a cinco metros sobre nuestras cabezas. Lo que daríamos por un bar así en la ciudad… Por el camino nos iba contando que a maricones como nosotros no suele abrirles las puertas, pero que parecemos buena gente y tiene que haber de todo, ¿no? ¿Alguna vez nos han confundido con heterosexuales? No lo recuerdo. «AHORA OS VOY A ENSEÑAR LA JOYA DE LA CORONA». Te cedí el paso para entrar en la cabina del pinchadiscos. «Nos montábamos unas juergas… Aquí tengo discos con una música moderna que si los vendo me hago de oro. Ya no se ven por ahí. Nosotros es que teníamos muy buena oreja. Mirad qué cosas tan bonitas y marchosas ponía yo». Cuando lo vi coger el single de Je t’aime moi non plus te miré con los ojos desencajados. No lo entendiste hasta que clavó la aguja y casi se te caen a ti también. Estábamos en la cabina DJ instalada en una cuadra ilegal de Aledo con un franquista meneando la cabeza mientras Jane Birkin gemía. Si mi madre hubiera entrado en mi dormitorio a mis 15 años para llamarme a comer y me hubiera pillado con un anciano practicándome una felación, creo que habría sido menos incómodo que aquel momento.

Tres años después de aquello estoy escuchando a Jane Birkin en un ambiente algo más serio. Le cobijan la OSRM, Nobuyuki Nakajima y el traje de Serge Gainsbourg. Se viste del francés para interpretar casi una veintena de canciones que, por diosanto, le quedan casi mejor que a él. Birkin siempre ha cantado igual. Puede que ahora tenga el vibrato de una anciana –lo es–, pero incluso eso le colorea los mofletes. Un día salió de Inglaterra dispuesta a hacer lo que le diera la real gana y 58 años después sigue en sus trece. Se desplaza de un lado a otro del escenario repartiendo besos y abrazos. Es cierta una cosa, creedme, os lo pido: cuando la orquesta comienza un tema ella se emociona, o cierra los ojos o da saltitos con sus encorvadas piernas. No nos está engañando, no era tan buena actriz. Escuchando Valse de Melody o el oboe en el interludio de La Chanson de Prèvert uno desea que Serge vuelva a la vida para regrabarlo todo orquestado o para que escuche Baby Alone In Babylon honrando sus orígenes. Los arreglos de Nobuyuki Nakajima son espléndidos y la OSRM los defiende con suma solvencia. Si me apuras se puede dar un concierto entero así, pero falta el punto de humanidad que encierra una pregunta. ¿Qué debe sentirse al interpretar canciones de un examante y amigo fallecido?

La pregunta flota en el aire. No me la hago porque quiera, y hasta quizá puedo esquivarla y responder bajo mi propia experiencia. Las emociones varían en cada canción, incluso en cada toma. Enfrentarlas impone una seriedad añadida, un honrar la memoria, pero a su vez existe una facilidad innata que ni Miguel Ángel Clares podría haber impreso. El viento se lo lleva todo. Las partituras y las preguntas. Se siente tan natural que ni el ruido en los micrófonos nos molesta. Ruido, otra vez ruido. Es fantástico. Creo entender en algún momento que vuelvo a ser periodista y no fan, cómo Jane explica que la gente le pregunta qué quería decir Serge Gainsbourg en sus canciones y ella les responde que no lo sabe; cómo hacerlo si él era un tipo muy divertido, pero sus canciones muy tristes…

Mi compi, Vanesa, quiere bailar, pero algo le frena. Imaginarlo y adivinarlo es divertido, aunque creo que jamás lo confesaría ninguno de los que mueven los pies sin levantarse. En mi escrutinio caigo sobre el bigote y la panza de un segurata. La figura del segurata… ¿intelectual o gañán? Siempre gañán, por supuesto. Cumplen órdenes contra las que nos rebelamos democráticamente, y se pasan la mitad de su trabajo con la mirada perdida. ¿Estarán pensando en el pastel de carne que se comieron anoche viendo la reposición de un Recreativo de Huelva-Ponferradina? Antonio –cómo se iba a llamar si no–, no. Antonio ha llegado a casa, se ha quitado el cinturón, ha dejado la defensa y las botas de punta de hierro. Se ha comido un sándwich de atún con la luz del flexo y se acuesta sigilosamente en la cama. No puede dormir y despierta a su mujer:

–María –cómo iba a llamarse si no–, he visto un concierto estremecedor. Era una mujer extranjera que hablaba medio inglés medio francés. Dicen que hacía películas porno, pero me parece impensable. La conoces, claro que la conoces… Le ha cantado el concierto entero a su exmarido. Las canciones eran de él, pero a penas se notaba. Era tal el respeto y la admiración… Ya sabes que no me dejan mirar, pero la he oído. ¿Cuándo me muera hablarás así de mí? Estos eventos me dan miedo. No suele ir mucha gente. Parece que compraran una entrada para ellos y otra para su alma. A mí me habría gustado llevarte a ti. No sé si nos habríamos enamorado o desencantado. Son conciertos de esos en los que no hay tiempo de abrazarse. Se flota como por un manto cavernoso hecho de lava y estrellas. No sé, María, no sé cómo describirlo… ¿te acuerdas de aquella noche en Aledo? ¿Te habrías enamorado de mí si no llega a sonar aquella canción?

Fotografías de un manco

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