Gabriel Hernández en el TCM: «Papá, ponla otra vez»

Jason Molina murió ayer hace seis años. Ha pasado tan solo un día y por azar he puesto Let me go, Let me go, Let me go mientras Santos mea. Es la primera canción de una lista que he titulado «José María, levanta la cabeza», en honor a un hombre que abandonó el mundo rodeado de todos y cerca de nadie. Cuando el 7 de Piso28 sale del baño la canción acaba. Se apoya en la barra y dice: siempre le jodió que me acordara de su cumpleaños solo porque es el día en que Jason Molina la palmó. Puede que por eso aquella chica no le conteste ningún 16 de marzo… Digamos que se celebra o se recuerda la muerte de un hombre que representó la agonía –o al menos la suya– de una forma tan certera que duele. Santos sufre al escuchar a sus amigos hacer canciones, o escribir párrafos que conectan desidias cancerosas, vidas que parecen exhalar el poco oxígeno que la sangre conserva. Dice que le sobrepasa y tiene que dejar de escuchar, dejar de leer, dejar de ver; Jason le queda a 5000 kms y una vida de aquí y aun así le activa la misma alerta. Brindamos por él con una pregunta de Gabriel Hernández en la boca: ¿por qué has tardado tanto, sabes lo que es estar incomunicado con la felicidad?

Llevo más de un mes con un fuerte dolor en el pecho. Me duele al respirar, al moverme y al toser me engarroto, me tuerzo y acabo en el suelo. Cuando algo duele tanto uno deja de pensar con claridad. Solo vislumbra caminos por túneles negros y laberínticos. En ellos me pierdo, me desactivo, dejo de querer vivir, de escuchar música, de ver y de pensar. Pero hoy, un día después del colapso de Jason Molina, tengo la oportunidad de volver a un estado anterior. La historia es demasiado buena. Un hombre que tras treintaytantos años vuelve a un escenario acompañado de dos de los mejores músicos que no han brotado en Ayna sino aquí, en Murcia, en su casa, en su Nonduermas; sus hijos. Casualidad y talento no van en la misma frase, y toda la gente que hace un mes dejó sin entradas a otra tanta gente lo sabe. El público se nutre de padres y madres, de solteros de sopa de sobre y filete de picaña lunes y jueves de cada semana, y de jóvenes músicos que han escuchado la historia de voz de Alex Juarez y Víctor (Rey Lobo). Fantaseo cientos de veces con dejarme el trabajo para poder asistir a estos eventos y al día siguiente escribir de ellos y al siguiente coger una guitarra y ser como ellos. Aquí veo a tantos como yo… desperdiciando cuarenta horas semanales o las que el patrón desee, relegando su ocio a los días que la iglesia celebra. Eso me valdría si no trabajara para la memoria de los santos, o si no tuviera a Santos a mi izquierda sobreviviendo cada mes por cuidar la mano que luego coge la pluma, o como Alex, que trabaja lo justo para componer esas canciones que solo él canta. De mi lado se encuentra Gabriel, dedicado a su profesión. En el incierto mundo de las posibilidades esta es solo una más por la que decidiera no volver a subirse a un escenario hasta treintaypico años después. Let me go, Let me go me canta Jason mientras me hundo en la silla aterrado, hasta que por fin sale Gabriel con dos alas abiertas.

Desde que vi a Alex Juarez y Alberto Saorin hace un par de semanas no paro de escuchar la frase de esto es café para muy cafeteros. Mayo del 82 no es tal cosa. Es café de puchero para los que tuvieron la suerte de un abuelo que todavía sabía prepararlo. Ese roído cassette que sonaba en el coche y en el salón de los pequeños Hernández es la memoria viva de un género muerto que hoy pasea su cadáver hermoso cubierto de flores para recordarnos lo que nos perdemos al ver en un escenario a un fantoche con una guitarra. Tiene narices que me tenga que sorprender hoy día de que con una ristra de acordes naturales mayores y menores de menos de un metro de largo se puedan defender tantas historias. Gabriel lo hace mientras arpegia todos y cada uno de ellos sobre estructuras complejas. Se minusvalora esta capacidad, máxime cuando con la voz pinta unas melodías tan largas como buenas. En cada canción uno le saca el gusto al cardamomo, en otras al clavo, en otras al anís. Un café sabroso que nunca altera.

Gabriel sigue teniendo una garganta casi intacta. Sus hijos la arropan solo cuando ese falsete tan triste que tiene pudiera ser vergonzante. Imagino que así lo consideró preparando el concierto. Oigo que cuando ellos cantan él inconscientemente baja el volumen. He visto a este hombre en todos los conciertos de Rey Lobo y de Juarez. Si la palabra debe ser fan que sea fan. Admirador si debe ser admirador. Esa bajada de tono transluce tanto inseguridad como pleitesía. La vergüenza es bella en ciertas ocasiones. Esta es una, y otra cuando presenta. Para ser honestos los Hernández no son grandes oradores, no al menos en el momento de presentar sus canciones. Por suerte no necesitan más que cantarlas. Recuerdo a Alex atorado en una presentación, precipitándose a un bueno, mejor que la escuchéis, ahí está todo lo que quiero contar. Gabriel querría decir algo más, pero ni mirarnos puede, así que se limita a una frase breve y nombrar los títulos ante la media sonrisa de sus vástagos. Aun así consigue arrancarnos la carcajada de la sonrisa que todos llevamos puesta durante el concierto cuando presenta la fábula del niño que va a ser devorado por un ogro. A este tema llegan con una serie de arreglos extremadamente sutiles y elegantes hasta un estribillo coral «no me has comío y no me comerás» que pone a cantar a medio público para sus adentros. Y aunque a penas ha ocurrido, durante La Manzana Gabriel da mal una nota. Cuando Alex se percata empieza a cantar moviendo solo los labios, aupándole, diciéndole, vamos, estamos contigo. El ogro nos ha comido, pero paseamos vivos por sus entrañas.

Es fascinante. ¿Cómo pueden no temblarle ni la voz ni las manos a un hombre que lleva años sin tocar ante un público? Estamos a un nivel sonoro tan íntimo que cierro los ojos y le escucho tocar desde el estudio de su casa con la puerta entornada, mirando sus partituras y a la palmera que se mece a través de la ventana. Para, se sube las gafas y sigue por la parte de la canción que más le gusta. Coge un libro, lee un poco y lo deja sobre la mesa y vuelve a la guitarra. Luego sale arrastrando los pies y con la mente clara se sienta a charlar con su mujer que le dice: solo están en tu cabeza, deberías escribirlas, sobre todo El loco del reloj. Una noche, tumbado en la cama de Elena, esta me pidió que escuchara una canción. No añadió nada más. Tan solo me miraba como si fuera una chimenea a punto de convertirme en fumata blanca. Yo, con mi habitual nube negra sobre la cabeza, poco a poco fui viendo la cara de un Papa. Es una canción que de dejarte indiferente evidenciaría una total falta de corazón. Es tan buena que solo pude decir que necesitaba escucharla otra vez, para saborearla, para entenderla. Hablamos sobre ella y ella estaba exultante. Como a todos, le transgredía la historia y el amor de un hijo que necesitaba grabar un documental de su propio padre con el respeto que eso conlleva. Yo, que solo sé recordar imágenes, no recuerdo exactamente qué dijo, solo su rostro brillante cantando Y allí estabas tú tan tranquila y sin pensar que yo no tenía puesta la camisa / Esa que me dan para que pueda abrazar solamente mis propias fantasías. Mi subconsciente dice que fue esa y no otra, ella lo sabe. Ahora Gabriel empieza a tocarla. Todos la esperábamos, se siente. Sus agudos te agarran de las tripas y solo lleva tres frases. Pedro (Nunatak), Sofía (Komorebi), Gonzalo (Bosco), Alex y Víctor le han dejado solo. Poco a poco y algunos se suman. Pero joder, me sobran, bueno no, pero me dan igual. Es como ponerle borlas a una alfombra persa hecha a mano. Bueno, no, miento, los arreglos durante todo el concierto han sido sutiles, sencillos, elegantes, respetuosos y aquí más. Hay más mimo que en la lima de un luthier. Cuando Gabriel atraviesa el meridiano echo en falta a Elena a mi lado. Es uno de esos conciertos en los que lloraría desconsoladamente sobre mi hombro. Hoy le tomo el relevo y soy yo el que se echa los brazos a la espalda y espera a que las lágrimas lleguen a mi boca para poder sorberlas y que nadie las vea. Para cuando Gabriel susurra Ya están mis labios fríos de tanto no vivir, yo, en silencio, me alejo de su ventana a pasos cortos y camino por el carril cantando el verso que le queda.

Salimos del teatro. Comentamos. Me acerco al puesto de mercadería a ver qué venden. Son los discos de Gabriel, sus hijos y los libros de relatos de su mujer. La tendera que los custodia -una amiga del matrimonio- me dice que son una familia de artistas. Sonrío y asiento. Pienso en el concepto de padre, de cómo un padre hace las cosas y cómo se acerca a un mundo que le es desconocido de un modo que solo un padre haría. He visto a una familia subirse en un coche camino de la sierra. Al llegar, el padre abre el maletero y saca la guitarra. Un grupo de amigos prepara la comida y Gabriel se sienta en una silla a tocar. Sus hijos están sentados junto a él en la tierra y levantan el cuello absortos sin que el padre les preste atención. Hoy, sobre el escenario del TCM, le siguen mirando esos mismos ojos.  

Fotos de Sergio Mercader

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