Evocaciones del norte

jazz-clubHe visto a mujeres silenciosas y meditabundas apurándose el último charco helado del café mientras escuchaban a una banda de jazz en un garito cálido y rosado de San Sebastián al que se entra bajando por unas escaleras de sótano. El bajista que allí tocaba era de Bullas: Jesús Caparrós. Y embutidos en nuestros gabanes ―pintados con purpurina de orvallo―, Marcos García y yo, en pie, apoyados en una columna, veíamos a nuestro amigo magullar el bajo.

Han pasado ya tres años de aquel viaje en que nevó a nivel del mar. Los evoco a ellos ―Caparrós, Marcos, Maxi y Choncho― tomándonos un caldo con pelotas en una leñosa taberna que se llama Giroki, cuando de pronto entrevimos los copos desde la ventana y también desde la televisión. Me acuerdo de que el cámara reincidía en la brumosa playa de La Concha, a pocos metros de nosotros, sobre todo para captar a los cachondos que se bañaban bajo cero, posiblemente con la birlocha tan enjuta como desaparecida entre el pelaje púbico.

Habíamos llegado a Donostia a las seis de la mañana y aún estaba de noche. El taxi circundaba la ciudad hasta subirnos a Lo Antiguo. Las callejas vacías y humedecidas por la lluvia estaban franqueadas de farolas que parecían suspirar una neblina de vaho bajo la luz amarilla. Antes, en el autobús, habíamos visto las luces rojas del Diario de Navarra a la entrada de Pamplona. El periódico aún tenía una iluminación pobretona y unos periodistas de última hora intuidos cerca de la ventana. Me gusta recordar esas noches en que se llega a una ciudad nueva, después de haber contemplado el anochecer en la autovía y encenderse los luceros de las aldeas en los valles como si fueran cirios del monte; oír al conductor anunciar: Pasajeros de Tudela, estamos en Tudela. Y abrir los ojos que se habían adormecido un poco y ver murallas, puentes medievales, y el Ebro a nuestro lado, manso y de un color lila oscuro, con la luna tremolando en la superficie como una medusa.

No tengo duda. La canción que resume este viaje es Englishman in New York de Sting. Cada vez que la escucho me acuerdo de la tenuidad con que siempre he arribado a las ciudades del Norte: el autobús entrando a una lóbrega estación sepulcralmente vacía; las respiraciones de los que han podido dormir durante el trayecto; las mujeres parcas, más tarde, chapoteando el fondo de una taza de café mientras cierran los ojos y apoyan su mentón frío y níveo sobre la palma de su mano, quizá aún más fría y nívea, en aquel garito que pernoctaba al compás de la vihuela jazzera.

Todo esto me lo devuelve el tema de Sting, y también nuestra primera madrugada deambulando por la ciudad, topándonos de repente con el negror apabullante de la catedral gótica, y más allá, con el mar cantábrico; o la tarde en la FNAC ojeando los principios de las novelas. Nos hemos hecho la vida lejos de nuestra pequeña ciudad…, decía el inicio de El jinete polaco de Muñoz Molina. Miré a mis amigos, en la sección de música, con los cascos puestos, y pensé que ellos también se han hecho la vida lejos de nuestro pequeño pueblo.

Quién sabe si ese garito de jazz, al que se entra como si bajáramos a una bodega, no fue el que inspiró al ubetense para escribir El invierno en Lisboa. A Muñoz Molina creímos verle una mañana allí en San Sebastián, a través del ventanal del café La Tahona, cerca del Palacio de Miramar. Pagamos a prisa. La cámara de fotos se me descolgaba como un bolso de mujer. Salimos a la calle con intención persecutoria. Todo quedó en una frustrante confusión que nos dejó sofocados en un banco de la calle con el corazón bombeándonos en las venas del cuello.

El último día nos subimos a un decimonónico funicular que nos elevaba hacia la cima del monte Igeldo, desde donde Caparrós parecía recitar unos renovados versos de Espronceda señalando a los horizontes como una brújula: Francia a un lado, al otro Inglaterra, y allá a su frente Galicia y Bilbao. Empezaba a nevar tímidamente. Abajo, corriendo para no perder el autobús, la nieve se convirtió en una lluvia de jarreo, como dicen por allá.

Con los gabanes empapados se nos hizo de noche otra vez mientras se sucedían los naranjas paisajes nevados de Aragón. De cuando en cuando, Marcos y yo olíamos la lluvia en las hombreras y las mangas de nuestros gabanes y reíamos diciendo que esa escena era el final de una novela. Los ojos se nos iban cerrando con las lucecillas de las aldeas montañesas a lo lejos. En mi mp3 se escuchaba: At night a candle’s brighter than the sun (Por la noche una vela es más brillante que el sol).

Antonio F. Jiménez
Antonio F. Jiménez
Antonio F. Jiménez gasta un 46 en cada pie y tiene algo de anticipada tonsura. Nació en una fecha llena de doses y ha vivido casi siempre en un pueblo al que le agradecerá eternamente su abrigo y helor. Hizo lo de periodismo. De cuando en cuando hace de gacetillero. Lee acostado, con lo cual suele acabar besando los libros. En cuanto al futuro, lo deja en manos de los agoreros.

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