Escucha, habla, comparte, ama o huye, conejito

1ª Parte – Leyla McCalla

Tengo sueño. Solo un niño y yo comenzaríamos un texto así. Llevo durmiendo ya dos meses, o durmiéndome, que es peor. Me he tumbado en la cama vestido, con las zapatillas puestas, esperando a que desde un teléfono, una puerta o una ensoñación, alguien me motive para levantarme y salir. Ese alguien podría ser yo mismo, pero tengo sueño, no puedo levantarme y no quiero desvestirme. Espera. El teléfono está parpadeando. Son más de una decena de mensajes. Debería contestar. Quizá sea este el momento.

Le dije: «Ella es negra y tú no; ella canta, compone y toca, y tú no; ella es hermosa, aunque tú más». Me dijo: «Qué pena que tengamos en común solo el nombre, el arte no se pega por desgracia». Pensé: «¿Y si además se pegara?». Caen enamorados el hombre y la mujer no se sabe muy bien por qué: ¿belleza, fortaleza, mente? Y los músicos buscan toda su vida que les canten o les toquen, y los escritores que les reciten, y los pintores que ensalcen sus atributos a punta de grafito. Pienso entonces, ¿qué dice Latibonit? Estamos prendados de la Leyla negra, de su violonchelo rasgado, de su percusión latina, y de una melodía cantada en vaya usted a saber qué idioma. No nos llega el mensaje hablado y por algo, por sus gestos, sus movimientos, su mirada, sus dedos, por algo así estamos enamorados, sin saber ni siquiera qué nos dice.

Carlos Galilea ha sido mi padre espiritual en los últimos años. Un final de junio hará ya 4 años escuchaba en sus “elefantes” un especial sobre una neoyorquina hija de haitianos llamada Leyla McCalla. Por aquel final de junio hará ya 4 años mi ex pareja acababa de romper conmigo y fui tan triste de poner mucha atención en hasta entonces la primera mujer que se llamaba exactamente como ella y además tocaba el violonchelo. Casual o no me estremeció que alguien pudiera hacer sonar así el tercer instrumento de cuerda frotada sin ni siquiera frotarlo. Escuché durante días su primer disco recién publicado, Vari-colored songs. En él pone música a la poesía de Langston Hughes, un profesor de su infancia que luchó por dar valor al papel de la comunidad negra en el país yanqui. Song for a dark girl o Latibonit me agarraron de la pechera y mis pies no alcanzaban a tocar suelo. Leyla trabaja sobre sus raíces y sobre su educación académica, y de ahí sale algún blues que a penas parece blues, y un encuentro del folk haitiano con el norteamericano. Yo tenía 23 años, ella 27, los que pesan sobre mí ahora. Asumí que jamás la vería; prometí difundirla, tocarla e interpretarla y un inesperado día la corriente de La Mar de Músicas trajo a mi mente un concepto casi olvidado: ilusión.

La decena de mensajes dice cosas como: «estamos llegando», «sal», «quiero verte». ¿Cómo decir que no a esas llamadas? Si joder, es todo lo que deseo oír. Dios me ama y ella también. Así que no lo digo, pero quiero oírlo para no sentirme solo, para no llorar. Durante toda mi vida he luchado contra la necesidad que genera el vacío. La masturbación nunca solucionó nada. Conozco a una veintena de personas que necesitan proyectar sus aficiones en sus parejas, me conozco a mí. Hace unos años dejé de hacerlo, y claro, ahora puedo entenderlo.

La Terol y yo nos hemos mudado a Cartagena este fin de semana junto a Leyla McCalla y Rocío Márquez. A los dos nos gustan. Rocío Márquez es blanca y suple con experimentos lo que le falta en la voz. Leyla McCalla es negra y suple lo que le falta de cátedra con lo que le sale de la voz. Ambas son geniales. Ambas están por encima de cualquier expectativa. La blanca acaba de terminar un doctorado sobre la voz en el flamenco y la negra ha dado a luz. Lo hacía durante la grabación de su segundo disco que está poblado íntegramente de familiares, amigos y su marido.

«Fecúndame». A veces hago como que oigo eso, o lo oigo, o quiero oírlo. Es la situación más básica de mi vida. McCalla está embarazada de su guitarrista. Comparten todas las vidas. Yo también quiero eso, pero no debe ser lo primordial. Hombres y mujeres pasean mirando catálogos: niño adoptado rubio con ojos verdes y un lunar en la flexura del brazo izquierdo; chica guapa leída con inquietudes artísticas, compositora y una técnica prodigiosa al piano. Alguien podría creer que eso es lo que hace falta para ser feliz, el hecho que determinaría que la relación por fin funcionara. En algo no se equivocan. Los lenguajes artísticos son otros. Casar con alguien que sabe hablar con las sílabas al revés es un hecho excepcional, pero no lo es todo.

Estoy de pie al lado de una palmera. La Terol y yo hemos llegado un pelín tarde y yo prefiero estar de pie en una esquina mientras ella danza sorteando público, seguridad y técnicos para hacer fotos. Yo sé que aquí puede verme, sé que desde aquí yo puedo verla realizar el ritual fotográfico y de tanto en tanto echar la vista atrás o fijar mi atención en la visión periférica para capturarla. Mientras no hago eso me maravillo viendo a Leyla y a Daniel Tremblay (banjo, guitarra y cónyuge). Permanecen separados y a él una tupida barba le oculta cualquier gesto. Pero no hacen falta pomposidades. Es algo familiar, algo bello, hermosísimo. Las canciones ganan a su manera con este formato tan reducido. ¿Y Free Feral (viola)? Hieratismo puro y duro solemnizando notas castas y puras. A mí el tabaco me pone taquicárdico, pero ver esto anula cualquier veneno. Es paz. Me moriría aquí mismo, pero preferiría hacerlo devolviéndole al mundo de forma artística lo que ellos nos dan: motivación. Esto no lo digo yo, lo dice la Terol, mi acompañante de esta noche, de mi corta vida. A penas puedo oírla en la moto gritar «¡Javier, esto es profundamente motivador, qué puta maravilla!». A cada palabra, gemido, exaltación me enamora más si cabe y pienso en Leyla y en su marido, y me pregunto, ¿no es esto lo que llevo buscando toda mi vida? Es tan interesante y tan incongruente tratar este tema que me aterra pensar que he llegado a una di-solución: no buscarlo. Cuando me deshice del ansia lo encontré. Amar sin mirar el detalle, entregado al hecho, al tizne del aire y no a lo que lo colorea. No fue fácil, fue una casualidad divina. Sin esa necesidad posiblemente estaría escribiendo sobre qué bonita me parece la estampa de Leyla y Daniel Tremblay, posiblemente hablaría de que ojalá eso fuera posible en Haití, Nueva York, Murcia o en el momento presente. Posiblemente hablaría de mi frustración, pero tuve suerte y ahora puedo pisar un escenario como lo hacen ellos siendo mi mayor problema quitarme de la cabeza el verbo «fecúndame», símbolo de vida, del animal que sabe dónde quiere dejar descendencia. La Terol canta y toca, y piensa se emociona y llora, y me sonríe porque sabe que excepto cantar hago exactamente lo mismo.

Al final hablamos con ellos y la Terol compró un disco. Tanto había soñado con poder compartir de carne a carne esto que sentí cerrar el círculo cuando vi que ella motu proprio lo tendría hasta que lo perdiera en una mudanza. Creo que me eché una foto con Daniel. Ambos bromeábamos entre gestos sin saber qué coño decía el uno y el otro. Él completamente feliz (o ciego) y yo eternamente feliz. Yo tenía la misma estatura que Daniel y la Terol era tan alta como aquella haitiana neoyorquina. Nunca quise parecerme a nadie, pero sentí que si no lo era lo sería. Al fin y al cabo todos medíamos lo mismo.


2ª Parte – Jamones con Tacones

Por la carretera que va de Cartagena a la Azohía hace mucho frío, pero por suerte la Terol se me encaramaba. Pasa que cuando un casco choca con el otro la conducción se vuelve incómoda, pero no lo suficiente como para sugerir que se aparte. Si pudiera me estrellaría.

Los miles de conejos estaban escondidos entre las matas, algunos acicalándose junto al romero o un tomillo fortuito. Fueron listos aunque no suelen serlo. Cuando la luz aparece en mitad del camino ellos la siguen como si fuerana ser bendecidos por una aparición. No hubo sacrificio, no hubo sangre. Nos dejamos caer por las curvas como tantas veces habíamos hecho de forma sinuosa, paladeando el peligro. Tocar el freno significa caída, acelerar lo mismo, pero somos valientes, o bien visto, inconscientes. Sea como sea en eso se basan los deportes de riesgo, de los que los que los practican salen diciendo «¡¡me siento vivo!!». Hemos quedado para ver a los Jamones con tacones con una amiga de ella y aunque me tiembla el pulso me siento como un deportista.

Hacen falta pocas cosas para estar bien en un bar. Whiskey, mar y la luna. Ese es el colchón. Menos no quiero. A veces el mar y la luna son personas, a veces son el mar y la luna. En el Rockola de la Azohía son ambas cosas. Hoy además tocan los Jamones. La Terol y yo levantamos polvo. Es una danza mezcalítica. No sé si son las endorfinas, las hormonas, el whiskey, el grupo o ella, su ser, pero siento el sudor que genera la intensidad de un ritual, quiero lamerlo y que junto con la tierra se me empalague en la boca. Las niñas bailan y un joven sostiene un vaso muy cerca del escenario mirándolos como si estuviera decidiendo a cuál violar. Cosas de las playas, de los conciertos, del público que no sabes que te va a tocar. Bebemos y bailamos para aguantar un concierto frenético. Dicen que han grabado la mayor parte de los temas en directo para captar la esencia de lo que son. Me lo creo. Los he oído decenas de veces en disco y suenan igual que en directo. Vaya, que no engañan a nadie. Belleza poca, fiesta mucha, ingenio similar. Pocas bandas veo que mimen tanto un directo, que se entreguen y que aun yendo algo borrachos sepan dar todas las notas. Al terminar el papel de fumar que llevo en el culo está pegado de tanto sudar.

Solo queda volver. Los conejos siguen escondidos. No amanece, pero podría. La Terol me ha llevado a ver el monte. Me ha contado historias de cómo aprendió a hacer ciertas cosas, de algún hombre que se enamoró de ella por ser músico. Está de vuelta, está harta. Quiere amistad, quiere realidad, quiere ver a su amiga Pilar y ser ella, no la musa ni la versión mejorada de mamá. Qué hartazgo. Qué luna, qué mar. Qué cosas se ven por el retrovisor en la oscuridad. Conejitos brillantes que salen después de haber visto la luz y no antes. Corren pero no nos alcanzan. Huelen a romero y a tomillo y nos gritan que volvamos, que los atropellemos, que hagamos sangre y la mezclemos con su olor. Son hermosos y como a todo animal da pena no darse la vuelta y acariciarlos, pero al arrancar acabaríamos cumpliendo sus deseos. Lo prudente y resabiado es lamer la sangre del animal, no hacer sangrar al animalito.


 

3ª Parte – Rocío Márquez

No recuerdo qué fue antes si Rocío Márquez o Leyla Mccalla. Poco puedo hablar de Rocío. No sé nada, no entiendo muy bien lo que hace. Habría que ser muy atrevido o muy gilipollas para aventurarse a definir lo que solo el artista comprende. ¿Es un Avant garde? Bueno, ahí me he colado, pero me sabe a eso. Hay muchas modalidades de jazz, pero dos que se rozan: el free jazz y el Avant jazz. Uno tiene motivos y el otro no. ¿Suponemos que es Avant flamenco? O… ¿por qué no, flamenco avanzado? Me vale, me parece correcto. ¿Por qué no iba a serlo? Enrique Morente hacía otra cosa completamente distinta. Resumiendo, experimentaba, pero era un heavy a fin de cuentas. Esto es otra cosa. Una que no entiendo. Por momentos me quedo paralizado. ¿Saxo y voz? ¿Es una broma? Pero encaja. Y ahora, olvidando que soy un ignorante, analicemos un poco.

Rocío es más blanca que el papel. Siempre que la escucho me puede más su cabeza que su voz y es precisamente lo que valoro de ella. Le falta una suciedad, una bravura que por mucho que se desolle los codos no va a tener. Pero en la vida se trata de fingir lo que no se sabe y suplirlo con lo que sí. Ella maneja una técnica y unas sensibilidades que no son usuales. Y sobre todo se atreve a fusionar y a mezclarse con cualquiera que le parezca interesante. Tiene personalidad, sabe lo que significa el flamenco y lo que significa para ella misma. De aquí sale un discurso que solo ella habla.

Un muchacho mueve la cabeza como si bailara música disco mientras suena algo parecido a flamenco fusionado con folclore gallego. Que me maten si alguna vez me vi en esta situación con esta luz; luz de candilejas al borde del escenario. Estoy frente al tres de mayo de Goya. A la luz de un candil, y ante la exangüe llama que alumbra el futuro cadáver al que apunta un fusil. Así estamos, en un cuadro que cobra vida, que se transforma en teatro y se divide en actos. Un dos de mayo, un tres, un cuatro. En cada acto la batalla es distinta, pero el conflicto es el mismo. También oigo y veo el Romance de Juan de Osuna de Manolo Caracol. Esto es teatro, y como aficionado a él me emociona estar ante alguien que ha sido capaz de fusionar el flamenco con toda la música y hasta con otras formas de arte.

Me falla la memoria. He vuelto a sacar la libreta de aquel día. Lo único que queda, y antes no había visto, es el carmín de la Terol. Va dejando su rastro por toda mi vida. Juan de Osuna, Rosalía, Rocío, El Agujetas, Carmen Linares, el flamenco, sus morros. Todos estos son amores compartidos que van marcando mi cuerpo y mi mente. No me acuerdo de nada más, solo de la idea de este texto. Algo así como la aceptación del amor y de uno mismo en él. Debo contarlo a sabiendas de que muchos lo saben. Tengo otro recuerdo que supongo es irreal. Estamos acurrucados, cobijados por la luz de unas candilejas y a penas puedo verle la cara.  Nos abrazamos inmóviles. No se oye nada, solo siento el hálito de su respiración en mi cuerpo. Puedo olerla, puedo sentirla. Encuentro la paz en esta imagen. El espacio es enorme pero esa poca luz lo ha reducido. El escenario nunca es demasiado grande ni el actor está demasiado lejos del público, todo depende de cómo se ilumine.

 

Fotografías de Lelé Terol

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