En ausencia de sal

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El médico dice que se acabó el chollo del sodio. Ya me lo habían dicho antes. Pero esta vez ha sido severo. En el ambulatorio las mujeres mayores se saludan así: Ya no dices ni media. En el ambulatorio hay viejos muy envejecidos que caminan como tarántulas flemáticas con sus muletas y que miran sin parpadeo a un punto fijo de la sala, en silencio, hasta que en un momento determinado arrugan la cara, se agrietan, estornudan en el nombre de Jesús, y con el pelo colgante y brillante de la nariz terminan su plegaria:…María y José. Hay otros viejos más dicharacheros con el buche de botijo y la lengua de víbora y las napias caídas como boniatos. Estos narran: Vine al médico ayer, hoy y mañana. Ayer no me atendieron. El ordenador estaba fuera de combate. Hay un barullo, un bullicio de bullanguera aquí en el ambulatorio. Las señoras se cuentan sus dolores. Sus amusgados cabellos de diadema tapan los carteles del bebé en cueros que se pega el dedo índice en mitad de la línea del labio para decirnos a todos que nos callemos. La puerta del médico se abre y todos pegan el brinco para oír el grito que pueda nombrarles desde adentro. Al que llaman se empingorota y se entra acelerado para la consulta. El que sale mira sonriendo al personal y dice: ¡Marchando!. El gentío se agrupa y comenta una por lo bajini: Ese va muy contento pero no tiene el culo bien.

A mí el doctor me ha dicho que se acabó la sal. Ya me lo habían dicho antes, pero esta vez ha sido mucho más absolutamente. No sé. Nada de latas. Nada de sales. Ahora tendré que succionarles el caldo a las alcachofas, habré de tirarlo por el sumidero con la pena más jonda y sin poder mirarlo discurrirse por la tubería. Tendré que hacerme amigo del limón para echarle gracia a las comidas. Tendré que santiguarme murcianamente y exprimir con mano temblorosa y primeriza el vecino limón de Mula, y sorber las comidas con los ojos achinados, apretándome los puños y recitando con temblor aquellos versos limoneros de Miguel Hernández:

Si te hundo
mis dientes,
oh agrio
mi amigo,
me darás
un minuto
de mar.

A las pipas ya solo las querré en su amarillenta envoltura del girasol y no en la bolsa de las Tijuana que tienen el color de la bandera de Hungría. Nada de mejicanos, nada de chinos. Ha dicho el doctor. A las aladas almas de las rosas del almendro ya solo las ensoñaré desde el poema de Hernández y no en el pollo salseado con almendras; nunca más torradas, ya no desnudas y del color del madero noble en el plato de la cascaruja. ¿Qué será de mi lengua, de mi paladar ―tan ardorosos ellos, tan bañados en placeres marítimos―, en ausencia de sal? ¿Qué será de la rubia, de la tostada, del escocés? No es restricción absoluta porque en la vida nada es absoluto. Ha dicho el de la bata sabiamente. Entonces se han calmado los llantos de mis entrañas. Todo sea por el corazón. Me he dicho.

Al abrir la puerta he esbozado una sonrisa cachonda y algo pícara a la peña de la senectud. No he querido oír el susurro que he suscitado: Va muy tranquilo pero la tensión la lleva bien encasquetada. Ellas, las de aquí, lo saben todo. Si están apelotonadas cuchicheando y no las saludas, te jipan y te gritan: ¡No te hagas la sombra, será que aquí no hay bulto! Ellas, ellos, los de este cabezo del Noroeste, son así. Nosotros, los sin sal, hemos perdido la gracia.

Antonio F. Jiménez
Antonio F. Jiménez
Antonio F. Jiménez gasta un 46 en cada pie y tiene algo de anticipada tonsura. Nació en una fecha llena de doses y ha vivido casi siempre en un pueblo al que le agradecerá eternamente su abrigo y helor. Hizo lo de periodismo. De cuando en cuando hace de gacetillero. Lee acostado, con lo cual suele acabar besando los libros. En cuanto al futuro, lo deja en manos de los agoreros.

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