El hierro

Con la muerte de un hombre en Zaragoza se pone a punto el contador de la Historia. Se diría que ni víctima ni lugar fueron los propicios para sustanciar la hazaña en un puñado de votos; para tal cosa lugar y víctima deberían haber sido de otro signo. Pero como no quiero ni puedo creer en condicionales que todo lo fían a la superchería de la hipótesis, pasemos a los hechos.

Y los hechos dicen que la reacción pública al suceso ha oscilado –como viene ocurriendo sin legislador que (por mucha supresión del anonimato que se quiera) lo remedie– entre el lamento y la justificación. En el mundo contemporáneo, retirada la muerte natural de las calles merced al tanatorio, al hospital, al automóvil, la muerte violenta ha terminado copando el lugar simbólico del noticiario, un telón que con su cierre o apertura da y quita importancia a las cosas en virtud del momento, y ante cuyo visionado el espectador se apresura a verter una opinión.

Yo diría que este grotesco instrumento de las muertes como llamada al escándalo para luego llevar al ciudadano a tomar partido lo iniciaron los Trotskys y Lenines que se decidieron a cruzar el Rubicón y que –a falta de Rubicones y Alpes que cruzar a caballo– concibieron la muerte del poder derrocado como la presentación ideal de su obra al mundo; así pues, mandaron matar al zar y allegados por el rudimentario método de la bayoneta en la barriga. De suerte que a través de la eliminación de la autoridad antigua obligaban de una vez por todas a un pueblo ruso un tanto dubitativo con la cosa revolucionaria a significarse: o bien aberraban de unos líderes que practicaban la muerte –y si hacían tal cosa al antiguo poder sin duda se lo podrían hacer a cualquiera– o estaban en eso, con toda consecuencia ulterior que la historia les llamara a acometer.

Yo creo, como Ferlosio, que toda ideología, toda historia quiere ocultar –bajo el aparente deseo de revolucionar su tiempo o de alcanzar el paraíso– un apetito bastante más prosaico que descansa en el atrayente poder que otorga el arma. Es lo mismo que recorre como constante latido la prosa ferlosiana a lo largo de las páginas de Babel contra Babel, plasmado en una gélida, sabia e inapelable sentencia del viejo Homero: “El hierro por sí solo atrae al hombre”. Así en la Rusia de Lenin como en la Zaragoza de nuestros días.

Rafael Belchí
Rafael Belchí
Ingeniero de Caminos que asegura serlo. A diferencia de otros, no espera que la humanidad haya de pagarle por ello, esto le lleva a sumar espadas como lugarteniente de esta página. No obstante, tiempo acaeció desde su última aventura internáutica, en un blog pretendidamente cultural, violentado sin motivo aparente, labor por la cual su pellejo se vio en palpable peligro a cambio de no cobrar euro alguno. Pasa los días intentando comenzar Moby Dick, sin esperanza siquiera de leer la nota del traductor

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