El cumpleaños de Paco el Cuervo y otros acontecimientos que tuvieron lugar el fin de semana que se celebró el WARM UP! 2018

*Guía de lectura para gente sin tiempo:

Párrafo 2 WARM Up! y amigos, enemigos y examigos de Piso28
Párrafo 3 Maika Makovski

Párrafo 4 Rufus T. Firefly
Párrafo 5 The Limboos
Párrafo 7 Viva Suecia, Biznaga y Vitalic
Párrafo 9 Julián Páez, Tomson y Lelé Terol 

Retrato de Paco el Cuervo cedido por el pintor Lucas Brox

Me dijo Santini de escribir una crónica conjunta de lo que es intentar entrar al WARM UP! y no poder. Yo, como buen director y profesional de esta revista que soy, me equivoqué de dirección al pedir las acreditaciones y fue suficiente para que pudieran ahorrarse las entradas n° 70.001 y 70.002. Creo que –en el caso de saber qué  lunar del culo somos– nunca nos han querido; ni ellos ni a veces los que tocan, si a eso le sumas un elenco enorme de murcianos. Hace mucho tiempo, parte de esta parte creyó que éramos «de los suyos», y nosotros nunca hemos sido amigos del tuyo y nuestro, somos de nuestras madres. Se establecieron hace tiempo unos bandos bien diferenciados. Tribus y outsiders; haters y lovers. Yo nunca tuve más de tres amigos en un círculo. Creo que Santini tampoco (no me extraña que tener menos de 40 y un bigote sea la causa de ese efecto). La gente en la que confío tampoco. Los pocos se entienden, los muchos se engañan. Cuando éramos de los suyos, hablar de otros les parecía divertido, VERAZ, NECESARIO. Cuando empezamos a hablar de ellos fuimos falaces, inconscientes, RIDÍCULOS, NECIOS, todos. Nosotros nunca fuimos de un grupo y por eso, a pesar de las agresiones, seguimos con nuestras vidas, viendo, escuchando, pensando, escribiendo y reivindicando con independencia.

Escribo esto en mi nombre, como siempre. Es el preludio de una despedida. El SOS, el WAM, el WARM, siempre fue la misma mierda, un festival con poca miga cultural, casi exento de riesgo, la cerveza muy cara y una excelente oportunidad para que los intelectuales discutan. Al SOSWARM le debemos algunas de las mejores crónicas que hemos hecho. No veo más que ventajas en la celebración de un festival de este tipo, que refuerza nuestras posturas con su propuesta, nos divierte con su parking, nos hace pensar y derribar nuestros prejuicios e incluso, a los más alejados a su espectro musical, nos regala conciertazos. Ahora que estoy con un pie fuera de esta ciudad lo veo más claro. El mismo sábado noche estaba devastado por la tristeza y lo único que me apetecía publicar era la crónica que le escribí personalmente a Santini cuando en 2015 fuimos jurado del Talento SOS. Unas horas antes de celebrarse el concurso del que saldría la banda que tocaría en el festival, Diego Garnés, una de las personas más –he pensado mucho tiempo cómo hacer legal esta definición pero no he sabido, así que dejo unos puntos suspensivos– (…) que enferman la escena musical de esta ciudad, avisó a la organización de que yo vivía con uno de los participantes, ergo, votaría a su favor. El compañerismo no existe. Mintió por razones que todavía desconozco. Supongo que cree el ladrón que todos son de su condición. El caso es que aquel año que fuimos VIP yo vomité en mitad del césped artificial del recinto cool gracias a Manu Villena y a otros generosos camareros, y además Santini escribió la mejor crónica que jamás se hará de este festival «Fui al SOS buscando el cadáver del indie y acabé pensando en Travis Bickle». Al menos en una cosa acertaron. A Jam le gustó tanto que al año siguiente lo mandó a escribir para una buena revista. Era nuestro comienzo y aunque no tuvimos un gran apoyo, sí buenos amigos como Albarracín, que muchas veces dio a deber su  palabra para que pudiéramos entrar a festivales y conciertos a escribir nuestras historias; como Mara Mira, que nos llevó a un seminario a hablar de nuestro proyecto; como Chusa Sánchez, que nos metió en la organización del Record Store Day y lo hicimos nuestro; como Nacho Ruiz, que nos llevó a una cena de cervezas Alhambra cocinada por Amor González y, con mala pronunciación, acabamos pidiéndole trabajo al subdirector de LaVerdad; como Juan Antonio Ross o Miguel Tébar, que confiaron en nuestra revista para poder contar con libertad lo que a veces no le permiten contar o lo que no pueden contar; existimos para que Ignacio Benedicto volviera a ser, durante 400 palabras, el mejor periodista musical de Murcia y nos enseñara a dar las gracias por no haber acabado en las drogas y ser libres de explotar nuestro potencial, sea cual sea nuestro potencial. Deudas y gratitudes que ya no podemos pagar. Creían en nosotros, y para bien o para mal, mucho futuro nos queda como para que alguien siga haciéndolo. Aunque a decir verdad la única persona que puede recibir mi gratitud total es ese enclenque con bigote que, a pesar de ser muy distinto a mí, entiende la escritura con el mismo compromiso que Gabriel Celaya y nunca se apartó de este hijo que cuidamos a medias. Un día se irá de Murcia y dudo que esta ciudad, orgullosa de su fealdad, sea capaz de darse cuenta.

Maika Makovski [Foto del móvil pellejuno de Javier Arnedo]

Es jueves. Libro por primera vez en veinte días. ¡Veinte! ¿Y pensar que un día fui un joven alocado que podía ir a cualquier festival? Eso sí, con 5€ en el bolsillo y cuatro latas de atún de  casa, no como estos modernos que vienen con el cristal bajo el brazo. Producciones Baltimore, ha querido que ese día vea yo a Maika Makovski gratis. Quiso la anterior organización del SOS 4.8 de 2014 que la descubriera paseando por St. Domingo también gratis. Tal día como hoy la vi solo, pensando qué asco doy apoyando este festival. Este año no pensaba muy distinto, tener dinero no me ha hecho más listo, pero sí rendirme al capital. Esta mujer es algo que hay que ver en directo y a ser posible en un espacio como el teatro circo de Murcia. Tiene fuerza, tiene agarre, tiene una cadena atada al pie derecho y un pie izquierdo como el martillo de un herrero con los que aporrea el suelo. Una percusión minimalista para un espectáculo protagonizado por ella misma, sus dos guitarras y un piano. Maika es como si Tom Waits tocara durante las vacaciones en su chalet de Ibiza un piano de cola que le han regalado sus padres. Pero sigue teniendo ese punto de originalidad y de emoción. Al principio del concierto empezó siendo una niña formal y al final de él, el tipo ese del chiste que va por la autovía escuchando en la radio que hay un loco circulando en dirección contraria, y él se indigna y dice ¿¿UNO SOLO?? ¡HAY CIENTOS!

Voy a ver a la Terol y se lo cuento. Ella es mi referencia para detectar cosas buenas, pero no pudo venirse y me deshago en descripciones como buscando que me dé un aprobado Muuuy bien, has hecho un hallazgo tú solo. Le pido que me ponga El Guarda Forestal de Pony Bravo. Me mira mal pero me hace el favor. Yo sé que no es muy buena, que es plana, que el tipo parece cantar sin ganas, pero me gusta. Cada uno tiene sus debilidades, por eso no tengo la certeza de que lo de Maika esté del todo bien. Para quitarme el gusanillo, para saber si sigo teniendo la mirilla limpia y engrasada, aguantamos y nos vamos a ver a Rufus T. Firefly. A juzgar por los comentarios de este mundo y del nuevo, tenemos que estar acercándonos a los reinventores de la música. Y sí, molan; la Terol baila y hasta yo muevo la cabeza. Le digo que si están sonando así en esta sala es que saben lo que se hacen, pero también es un signo de que algo falla. Para ser una banda pequeña te has debido fijar mucho en cómo debes sonar más que en qué quieres contar. Así que a la cuarta canción, después del subidón inicial de haber creído ver algo parecido a los Tame Impala españoles, la Terol da un medio bostezo, yo le completo el otro medio y nos vamos.

The Limboos [Foto del móvil chino de Javier Arnedo]

Ay… el tiempo… ese imperativo literario a respetar… Lo haremos rápido… ES DOMINGO. Tocan The Limboos. Qué grupazo, y eso que los ejercicios de estilo importados me horrorizan. Aunque hagan 700°C y sea un alma solitaria, meneo las caderas. Me encuentro a una amiga que también va sola, aunque a pesar de ser bailarina le da más vergüenza que a mí bailar, y eso ya es decir, pero se mueve, y con ella los asistentes ajusticiados por el sol. Supongo que a veces no hay que componer una gran canción, sino hacer olvidar al público que no lo has hecho. Pero el evento importante del domingo no fue la programación de conciertos en la calle del WARM o la festividad materna, sino el cumpleaños de Paco el Cuervo, una institución murciana con más peso que la Catedral. Me dice la Terol que Paco está en El Sur desde la una del mediodía bebiendo quintos y que desde antes hay gente en la puerta esperando a que abran como en un concierto de Justin Bieber. Paco se me presentó un día para decirme con la voz de Darth Vader que yo era un frívolo por tener el pelo largo. Argumentaba que dedicar tanto tiempo al cuidado de algo resta un tiempo hermoso a otras actividades –aunque solo le he visto beber cerveza–. Yo le dije que me daba tiempo a reescribir El Banquete de cabeza mientras me peinaba. Un año estuvo dándome la murga con aquello y la discusión siempre acababa en tablas, hasta que un día volví de una mala tarde de trabajo, lo cogí por banda, me invitó a un tequila y por fin lo entendió. Cómo no ir a su cumpleaños si cada vez que lo veo guiña los ojos, me da dos besos y me pregunta muy pausadamente ¿CÓOOMOOO ESSSTAAAS JAAAVIEEER? Sonríe y se va tan feliz que yo soy feliz.

En algún lugar del noroeste murciano

Tiro a comer con mi familia. Cuando llego, mi primo de siete años tiene una raja en la cabeza y sangra por ella. Mi madre le ha tirado un plato en el parietal. Horas más tarde, después de una agradable comida en familia, diría que mataría a su madre con el agravante de hacerlo el día en el que debe agradecerle su existencia. En mi familia no somos violentos, de hecho besamos más que pegamos, pero enfadarnos, amenazarnos e insultarnos es un deporte divertido además de sesudo –eso debe pensar mi primo pequeño–. Por eso le doy las gracias a mi santa madre que, por dejarme en evidencia a través del lenguaje, la ortografía y los puñeteros silogismos, me haya enseñado a sobrevivir a las palabras de otros y a lanzar las mías como platos -aunque ella es más lista y elegante y no todo se pega-. Pues eso, besos y faltas, y ambos expresan igual cariño. Es la magia del trato, y es lo que nos hace diferentes, y esas herencias nos obligan a ser inteligentes el resto de nuestra vida y aprender de los platos, los “te mataría” y los “te mato”; a entender la psicología humanista que explica por qué siendo yo opuesto a ti puedo amarte.

 

Vitalic [Foto del móvil chino de DIego Montana]

Qué bonito es el día de la madre que le hace a uno agradecer a través del pensamiento y las palabras… o puede que sea porque no le he regalado nada y no me ha dado tiempo de escribirle un poema sobre un carpintero como el año pasado. Qué hermoso ser conscientes de la grandeza de nuestros congéneres…. –madre, más te vale que estés leyendo esto porque no he cortado ni una triste margarita–. Mi madre me dio la vida, un buen vocabulario, el sentido de la lucha y una pulsera del WARM. Aunque la única manera de diferenciar a mi madre de mí sea la casilla de género del DNI, su pulserita no me cabe en la muñeca. Ha salido una amiga suya y tras echarme agua, aceite, usar un tenedor ajeno lleno de ali oli y aplastarme la mano hasta casi dislocarla, he conseguido colarme. Otra vez. Siempre lo justifico con que no soy un cliente potencial y solo aguanto 30 minutos aquí dentro. Me estoy paseando y me pregunto qué le espera al futuro de nuestra música si hay gente coreando un estribillo de Viva Suecia repetido hasta la saciedad; con instrumentos, más flojo, más fuerte, con más intensidad, ahora solo con el bajo, ahora solo con la batería, ahora con más luz, con menos… Pero claro, también tienes grupos de mierda en Madrid como Biznaga. El caso es que sólo concibo una parálisis cerebral comunal para soportar esto. Me contagio y después de cuarenta y cinco minutos viendo el espectacular despliegue de iluminación de Vitalic despierto pensando, joder, llevo cuarenta y cinco minutos sin hacer caso a una música que es brutal. Solo se puede comprender así el completo vacío que deja una existencia a través de este festival. Entrando, siendo uno más. Llevo toda la tarde trabajando entre sonido y luces y me muero de envidia de ver a Antonio Illán fabricando un sonido espectacular para una banda que no lo merece; o al lucero de Vitalic. Son los grandes artífices del espectáculo. Son artistas y artesanos al mismo tiempo. Los únicos que muchas veces tapan estos agujeros negros.

En algún lugar de la concentración

El año pasado acabé diciendo que le quería subir la falda a la Terol en un concierto de Crudo Pimento. Era una metáfora del salvajismo que transmitía aquello. Algo tan inapropiado y primitivo que solo podía decirse así a riesgo de insinuarse como un recurso soez. Le agradezco a la Terol el miedo que dejo de tener cada vez que escribo, cada vez que hablo, cada vez que vivo. Me voy y ella se va, y aunque muero de tristeza sé que es la única forma de vivir sin vergüenza. La sinceridad desagrada, el riesgo incomoda y a veces devasta. Hay que dejar el encuadre geométrico y torcer la cámara, porque aunque el cerebro corrige, el alma no. Qué bonito, darse cuenta de que mi agradecimiento sea a las mujeres que me hacen más listo y más valiente, no a la mujer por moda, sino por valor. Si te interesa hacer vida no te obceques en hacer amigos; si te interesa ir al WARM a ver a Viva Suecia hazlo, reivindícalo, haz de ello una experiencia, no fuerces la mentira por miedo a parecer un turista. O como dice alguien: no me cuentes tu puta vida en verso cuando me veas en la puerta de una bar por miedo a quedar mal, al silencio o a no repetirte otra noche más una mentira que nunca llega a verdad. Joder, cómo quiero a mi madre. Hace años, cuando la veía ir sola al cine, le preguntaba que por qué no iba con nadie y ella me respondía ¿Es que necesito a alguien? Me voy conmigo misma. ¿Veis el reto? Y la Terol coge las maletas hacia el extranjero y si le preguntara me diría lo mismo ¿A quién más necesito para continuar mi vida? Valor para estar, para irse y para escribirlo. Qué infelices nos hace lo contrario. Añade ese alguien: bueno, ese es su rollo, los otros así son felices; cambiaré de bares.

Momento en el que Paco el Cuervo va a soplar las velas de su tarta. ¿Qué deseará?

A estas horas Paco el Cuervo debería estar en casa durmiendo. Cumple 77 y bebe más cerveza y más tequila que todos los clientes juntos que iban a su bar antes de que le derribaran el edificio. Son las 2 de la mañana y acaba de irse. Julián Páez canta una granaína mientras el Tomson la toca. Rafa cuenta de sus días en la prisión de Melilla que «el atracador amable» relataba una filosofía muy clara; primero tocándose la parte superior del vientre y luego la boca: ésta siempre hay que llevarla, pero la que lo tiene que saber hacer todo es ésta. Rafa se pone a boxear, Álex Juárez se aburre en una esquina y llega la Terol jadeando y en pijama a cantarse unos tangos preciosos. Yo le doy gracias al edificio nº 13 de la calle Vara de Rey que se cayó sin Paco dentro, pero que se cayó para que ahora los jóvenes modernos y chachis con aspiraciones intelectuales podamos ir al Sur y que esa gente se recicle junto a nosotros y nos cuente que antes se tocaba y se cantaba más en los bares, no solo en los festivales, o en las salas de conciertos, sino en las mesas. Da la casualidad de que el día del cumpleaños de Paco el cuervo es un día como hoy y Álex Juárez deja de aburrirse porque está pasando algo interesante en lo que incluso puede participar. No coreando a Parchís, sino al recital flamenco y espontáneo que se ha generado. Rafa dice que le gusta la voz de Julián, que es dulce y elegante, que ya está hasta las narices de oírla rajá como los camarones. También dice que ninguno hemos visto a un gitano discapacitado y que para que algo perdure hay que sacrificar otro algo. Creo que nosotros sacrificamos hace mucho la popularidad, tanto que consultamos la programación de la filmoteca sin preguntar a nadie. Tanto que casi siempre salimos a la calle sin preguntar a nadie.

Hay lugares vivos en los que los solitarios se reúnen sin saber que están los unos con los otros. Un día cualquiera, sin pretenderlo, sin organizarse suena una canción y ya está todo hecho. Mi madre tenía razón Hijo, yo conmigo misma y quien se quiera venir que se venga.

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