El día de su entierro nadie contó nada

Está muerto. Nosotros lo llamábamos «el señor» aunque era Don por ser bachiller y doctor por ser médico. Desde hace más de 10 años me sentaba a escuchar sus historias en la terraza de una de sus casas en las que corría la brisa marina y uno podía ver navegar los veleros. Esa era una de las 15 propiedades que, como los que caían en buen bando, usó como futuro. «El señor», oriundo de 1920, tuvo que elegir si tener una famélica bandera de 3 colores sobre el cabecero de la cama o un busto macizo de Franco coronando una falsa chimenea custodiada por un perro de porcelana enfrentado al patrio y egregio toro de lidia hecho figura de 10kg de bronce. Aun así se podía hablar con él. Hizo un viaje a Roma. Su guía fue un anarquista italiano loco con el que recorrió la región en una Vespino. Estuvo a punto de morir por las carreteras de montaña y fue partícipe inconsciente de una reunión clandestina que acabó en redada. El carné de la falange y su consecuente cercanía al régimen le sirvió para no acabar preso como el resto.

Fue el hombre con la mayor memoria que yo haya conocido y mantenía la atención de todos en todas sus historias. Sin embargo, el día de su entierro nadie contó nada. Ni la historia de ese viaje, ni su vida como médico a domicilio por los pueblos de Galicia, de Murcia, nadie mencionó su amor por la palabra escrita, por la ciencia y la medicina, nadie clamó por el sufrimiento de un hombre huérfano que sin nada que echarse a la boca fue educado por sus dos tías, ni por la comprensión de que el agradecimiento a estas dos mujeres sería el esfuerzo, el estudio y su valía como trabajador. Nadie honró su memoria y su nombre quedó como el vago eco de una homilía de domingo.

El viejo ha muerto y nadie ha hablado de él. Tuve que irme a trabajar con ese pensamiento. Ella ahora está fatal. Ha envejecido 20 años y solo han pasado 10. No tiene nada. El resto, con todo, lo dejaron morir. Su esquela me recuerda a estos obituarios que les hacen a los músicos. Nadie piensa en ellos, puede que ni los conozcan, pero, como la muerte es algo tan morboso, gustan de hablar de ella. Suelen decir lo mismo: «X muere a los X años. Una vida en la carretera en la que aportó tantas cosas a X estilo. Se va uno de los grandes». Ese mismo día consigue las mismas reproducciones en Spotify que el resto de su vida. Bien, pero estos suelen ser artistas consagrados, suelen ser canciones que todo el mundo puede reconocer. Está bien, no seamos desalmados, ¿no? Pero tampoco imbéciles, es ridículo. ¿Por qué nos ha de importar la muerte de alguien si nunca nos dijo nada? El tema es que hay otros que nos dicen mucho y actuamos de hijos que matan a su padre. Están ahí, cuentan historias, pero nadie los comparte. Cuando la parca arriba se van solos. Mueren en vida, que es menos amarillo y, por ende, más fácil de obviar.

Se me ocurren algunos ejemplos de muertos, de mis muertos. En mi opinión el más sangrante fue el caso de Charlie Byrd. Este cruce entre Charles Bukowski y Juan Tamariz, fue el que puso en órbita la bossa nova. Byrd empezó tocando manouche, se metió en historias eléctricas en 1950, después de tener una revelación, se fue a Italia a estudiar con el maestro Andrés Segovia. Siete años después montó una banda, pasó por Brasil y la bossa nova le destrozó la cabeza. Enganchó al saxo tenor por excelencia, Stan Getz y le obligó a grabar el álbum Jazz Samba que ha pasado a la historia de los forasteros brasileños como el referente de la bossa nova. La mala hostia suerte hizo que el Grammy con que en 1962 se premiara el disco fuera para Stan Getz e hizo que el pobre Charlie, por compartir nombre y apariencia con Bukowski, se quedara con un palmo de narices, siendo un olvidado y sin embargo el verdadero artífice de lo que en la música norteamericana sería una epidemia: el jazz fusionado a la bossa. Interpreta Taboo, un tema que nunca consigo escuchar menos de 5 veces seguidas.

Rescataría también a Jason Becker. Este guitarrista entraría dentro de los virtuosos cansinos que cogen el Ferrari, lo ponen a trescientos y se estrellan sin saber a dónde iban. Por algo lo llaman speed metal. Becker es hijo del neoclásico que tan de moda puso Yngwie Malmsteen, pero va más allá. Hay una progresión en sus temas que es inusual de éste o de Vai o de Satriani o del resto de pajilleros. No le dio mucho tiempo a desarrollarse como músico puesto que a los 20 años se le diagnosticó una esclerosis. Durante una gira con David Lee Roth empezó a perder la movilidad de todo su cuerpo. A día de hoy se comunica a través de los ojos con un ordenador desde el que compone. Le dio tiempo a formar Cacophony con Marty Friedman y editar dos LPs además de Perpetual Burn, su ópera prima y una puñetera joya. Posteriormente editó 5 álbumes con temas interpretados por Michael Lee Firkins junto a una orquesta, demos y rarezas del propio Becker.

Para acabar con los guitarristas sigo con Víctor Monge Serranito. Al igual que los otros dos, excepto cuando a Charlie Byrd le dio por aprender una miaja de música, Serranito es autodidacta. Lo bonito de esta forma de aprender es que la intuición predomina por encima de la música y todos los errores que se cometen al aprender a oídas de otros, pueden ser los recursos que conformen tu propio estilo. Cuenta Serranito que sin poder comprarse una guitarra fue apadrinado por el luthier Ramírez, el cual le aconsejaba en todo, hasta en qué fiestas pegarse. Su gran crítica era: Víctor, ¿no ves que eres muy barroco? Serranito es uno de los virtuosos del flamenco y lo inusual es la cantidad de clásico que mete en la guitarra flamenca. Una rareza, una impureza académica, una visagra entre ambos mundos que la guitarra española, desde su estudio y rescate, ha pedido a gritos a expensas del amante de ella como instrumento.

De Tanguito ya hablamos en esta web. El mundo se olvidó de él aunque él también hizo por que lo olvidara. Tuvo la oportunidad de grabar un disco y desapareció. Años después lo engancharon y lo obligaron a hacerlo. Poco después se cayó en las vías del tren. Tanguito es el principio del rock argentino con una cadencia totalmente bluesera. Lo más interesante de Tanguito es ver la pura depresión a la que estaba sometido: amigos, amantes, música, vida. A Tanguito la música no le salvó la vida. En cada canción escuchas como sigue acercándose al fondo del pozo y lo único que puede hacer es llorar.

Pensaba al empezar a escribir esto coger músicos que nadie escucha y/o apartados de los circuitos. He recordado a José Larralde. Spotify dice que cada mes tiene 18.000 visitas. No sé relativizar esas cuentas. Solo sé que lleva escribiendo, tocando y cantando desde 1967. Sé que canta al campo, a los jornaleros, a los hacendados, cuenta historias, habla de sangre, habla de castas, habla de lazos, exige justicia bajo el sol mientras se le tuesta la cara. Son más de 40 años contando historias desoídas. Larralde alza la voz, dibuja el paisaje y desala las lágrimas.

No sigo. No es una buena lista. Aquí hay muertos y hay vivos. La música de los perdedores es algo atractivo para el lector. La pérdida es dejarlos morir mientras viven. No sé hasta qué punto la pérdida es no darles vida ya muertos. Ultimamente he descubierto a unos cuantos: Triosence, Maria Faust, Julián Herreros, Daniel Paden, Trio Porteleki, yo qué sé, mierdas y joyas minoritarias. ¿Les pasará lo mismo? Están labrando un camino. Han hecho ese primer viaje a Roma, han conocido a ese anarquista, se han librado de la cárcel, la barca los pasará al faro, vigilarán desde la noche el barco que los reclame. El viejo cruzó ya y no tuvo suerte. Esperó temeroso a la muerte, como un cobarde. Hizo cosas que no quería y no supo morir. No era su hora. Quizá por eso esa ausencia de historias, quizá la muerte viene dada porque nadie quiere escucharnos. Morir en vida es no asumir que se acerca. El viejo hizo lo que tenía que hacer: contar historias.

Descansa en paz, señor.

Javier Arnedo
Javier Arnedo
Teleco frustrado hoy día vaga tratando de robarle el trabajo a otro, a un periodista concretamente. Fue editor de un blog de variedades nominado 2 años consecutivos a mejor blog cultural por el 20minutos, sin "en cambio" fue cerrado por una turba violenta. Lleva toda la vida intentando acabar Moby Dick y espera salir de ella sin que algún hijo de mil padres se lo destripe en su lecho de muerte.

1 Comment

  1. Diana dice:

    Me cago en Dios, si, si. Este es un señor articulo.

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