Desajuste estacional

Hewlett-Packard

Supererò le correnti gravitazionali,
lo spazio e la luce per non farti invecchiare.
Te salverò da ogni malinconia

La cura. Franco Battiato.

 

Si no fuera porque me chafo el abrigo sobre mi halda afirmaría que el paisaje que veo desde el autobús es el propio de una tarde de primeros de mayo y no el de la víspera de Nochevieja. Al compás de los corazones de los viajeros van latiendo también  rojizamente los trece grados centígrados en una pantallita del autobús. Pero afuera no están los colores de la gama fría, sino los naranjas vespertinos, amandarinados, de un sol que se hunde en la línea languideciente del horizonte, adonde se juntan las rayas del cielo y de la tierra, y todo es ya un ocre vaporoso de amarillo fuego sobre el que las bandadas de pájaros pintan los puntos suspensivos que van a dar a la noche.

Ante tanta lírica cursi y paisajística he imaginado que en vez de llegar a mi pueblo entre bufandas, lanas, bolsas siberianas, azules de polar ártico y algodones decembrinos, regresaría, empero, sintiendo un aire amable en la pelusilla de mis rodillas al bajarme del autobús, la brisa del monte arrastrando la jauría de chicharras, yo caminando hacia mi casa por calles con ventanas abiertas, desde donde se ven los escultóricos perfiles de las muchachas estudiando, en un día de primeros de mayo, las cáscaras de pipa en los poyos de las puertas del aquelarre de las marujas, los pantalones cortos, las rodillas desolladas de los críos.

He sacado de mi abrigo verde, aplastado sobre mis muslos, mi viejo mp3 de pilas y ha sonado La cura de Franco Battiato. Esta canción la escuchaba mucho aquellas tardes cuando bajaba del Campus de Espinardo al centro de Murcia montado en el tranvía, mirando la ciudad que ya estaba blanquecina y hermosa por su sol de primavera. De modo que tan solo el inicio de la melodía es ya una evocación auditiva del arrimarse el buen tiempo, de la primera vez que vemos a alguien desprenderse de la chaqueta y quedarse en manga corta. Al compás de la vihuela italiana voy pensando que lo de Battiato ha sido el colofón, la decisiva concurrencia de factores que han alterado el producto de mi paisaje.

A lo lejos he visto ya el Cristo abrazador de Monteagudo y me he puesto en la piel de mi amiga Tatiana Lima, que regresó a Brasil el pasado septiembre desde un Madrid todavía abrasador. Su ciudad se llama Natal y a mí me contraría que en una tierra que se llama Navidad en español mi amiga Tatiana tenga que ir en tirantes durante las fechas en que debiera nevar siempre. Ella viajó del estío de España al incipiente de su Natal natal. Creo que todos los españoles le debemos un invierno. Ella, más modesta, pediría que la invitemos a un café.

Ha sido al pensar en la taza humeante de mi amiga cuando me ha venido todo el invierno encima, ya sin vaciles melancólicos de una estación todavía lejana. Hemos dejado la autovía para entrar a una ciudad de paso, en esa hora en que las farolas de las calles principales se adaptan poco a poco al perentorio anochecer de esta época de final de año. Miro las bombillas encenderse tremolantes y tímidas, de febril pobreza y variedad cromática: las verdes y rojas de las farmacias, las amarillentas y anaranjadas de las luces navideñas de las cafeterías, las blancas lunáticas en un callejón destartalado. Al compás de los corazones de los viajeros laten los diez grados afuera. Desbarato el abrigo de mi halda y me lo hecho como mantón por mi cuerpo. Salimos otra vez a la autovía. El ventanal está empañado. Suspiro y el vaho emborrona aún más el paisaje. Es la última niebla de 2015.

Me pongo de nuevo La cura en las orejas. Y si no fuera porque me tapo con el abrigo afirmaría que el paisaje que veo al cerrar los ojos desde el autobús es el propio de aquellas tardes de tranvía con las muchachas mirando el follaje de la Circular, desnudándose la chaquetilla para descubrir su propia primavera, y los ojos míos de entonces, insatisfechos estacionalmente como los de ahora, desearían a las chicas preferiblemente en una inverniza víspera de Nochevieja, compartiendo abrigo mientras nos oímos los latidos de los corazones en un autobús de vuelta a casa.

Antonio F. Jiménez
Antonio F. Jiménez
Antonio F. Jiménez gasta un 46 en cada pie y tiene algo de anticipada tonsura. Nació en una fecha llena de doses y ha vivido casi siempre en un pueblo al que le agradecerá eternamente su abrigo y helor. Hizo lo de periodismo. De cuando en cuando hace de gacetillero. Lee acostado, con lo cual suele acabar besando los libros. En cuanto al futuro, lo deja en manos de los agoreros.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *