Del PSOE a la música del mañana

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A pesar del horror que pudiera suscitar el espectáculo navajero en la cúpula socialista, al votante histórico habría que, apoyando con suavidad y candor la palma de la mano en su también histórica espalda, intentar tranquilizarle: «nada es definitivo, en casos como el vuestro ni siquiera la muerte». En efecto, siendo el partido socialista ese pilar fundamental de la democracia española –palabras del máximo conferenciante episcopal, muy preocupado él por el ‘guirigay’, y válidas para un sector tan amplio de la sociedad que da pavor–, sólo bastaría en una futurible esquela de pétalos de rosa marchitos la inclusión de la tragedia para asistir en directo a la fundación del mito, aunque tengo para mí que tal y como se habla hoy de «la obra magna del PSOE» (creación del Estado del bienestar), es decir, de las cosas que hizo ese partido por España, justificando así su pervivencia, estamos hablando de un instrumento prácticamente moribundo que vaga irremediablemente perdido, buscando como cobijo la desolación y el frío del invierno, como el viajero schubertiano; alguien casi muerto, y por tanto casi mítico.

La cuestión tiene la miga del drama de la izquierda, incapaz de aportar nada nuevo frente al tsunami globalizador y la pérdida de soberanía de los Estados-nación, inmersos en una situación insoportable de contracorriente: aquella en la que, situado en la zona aledaña a una presa, el balsero podrá apañarse más o menos remando río arriba, pero cuando alguien ajeno a su tránsito abra las compuertas, la estupidez de su empresa quedará al descubierto y suerte tendrá si sobrevive al percance. Seguramente el único dique que podía separar –todavía lo hace– el maremágnum destructivo de nuestras carnes era la socialdemocracia, sistema que, marcado por la hipocresía de su nombre, lleva consigo los turbios negocios con Arabia Saudí o Israel, los delirantes paraísos fiscales en naciones configuradas en un cuarto de hora al efecto, el asumir (callando) que un par de continentes vive a costa del resto. Aun así, fue armado como lugar intermedio entre el liberalismo norteamericano y el socialismo soviético, un equilibrismo verdaderamente imposible que pretendía servirse de las ventajas del libre mercado pero sin dejar a los ciudadanos a su suerte, dada la cantidad de desahuciados que, muertos los imperios coloniales, ya no podían reubicarse con la facilidad de antaño en los Mares del Sur, la Argentina o el África y ahora atestaban los suburbios de las ciudades europeas, nuevas bocas que alimentar y a las que se decidió incluir de alguna manera para impedir el estallido social. Ahora, sin URSS que medie como confrontadora y reguladora de la influencia norteamericana (hoy absolutamente desatada) y los países pobres de los que se vive, creciendo, el pastel a repartir se reduce, desembocando en el progresivo desmantelamiento del Estado de bienestar que se avecina –primer punto, las pensiones– y el definitivo asentamiento del mito socialdemócrata como instrumento capitalizador de una época.

El panorama, por tanto, es francamente desolador, aunque conviene recordar que la historia no ha muerto, el cambio es el fundamento de la evolución y por tanto la desaparición de la socialdemocracia no ha de ser necesariamente mala; la cuestión es descubrir el carácter de lo que vendrá, algo que pese a las elucubraciones de los economistas no está nada claro, puesto que parecen desconocer que la vida es incertidumbre y el futuro algo que no existe, lo que convierte sus hipotéticos cálculos en arbitrarias profecías.

Esto se puede comprobar echando mano de la historia de la música, marcada en el último siglo por una constante e imprevisible evolución: ¿qué natural de Virginia imaginaría a sus nietos bailando música de negros después de su inútil lucha en la guerra civil? Los esclavos y luego explotados trabajadores negros del Brasil o de los Estados Unidos, eventuales creadores de piezas bastardas en noches de lamento, fueron a la postre los primeros cultivadores del jazz, el blues o la bossa nova, músicas vinculadas al reconocimiento propio como extraño, la marginalidad y la desubicación, al momento vivido por esas familias enteras que fueron sacadas del África para trabajar las plantaciones de los blancos, y cuyos descendientes, mal que bien, continuaron con el tiempo. Una representación de lo que constituía un desarraigo heredado, desarraigo de la tierra habitada y de la madre África, ya olvidada, un estar fuera de lugar que plasmarían con precarios instrumentos en horas de recreo. Por eso las creaciones paridas por los negros nada tenían que ver con la lineal y perfectamente estructurada música de los blancos; ellos la veían de otra manera y así la expresaban, desplazando sus ritmos a lugares inexplorados, allí donde la música blanca por lo general no podía llegar. Luego vinieron los ciertos éxitos y su progresiva asimilación por parte de los blancos, que introdujeron lo que estaba fuera en su sofisticada maquinaria industrial, en tal medida que la música seria pasó a quedar estigmatizada como desfasada y antigua y la de los negros a convertirse de paso en motivo de rechazo a un pasado anquilosado de mansiones y palacios.

Algo similar ocurriría unas décadas después con la poesía; en los años 60 era lo que se entendía por verdadera literatura en Francia o Inglaterra, la novela en cambio era considerada como simple entretenimiento para señoras. Todo cambió con la aparición de los Brassens, Brel y compañía, y más tarde la música pop y a la vez la progresiva implantación de la novela en los estudios de las universidades y la crítica más pedante: la poesía pasó a la marginalidad, recluida a ciertas editoriales de sabor añejo y al consumo estrictamente individual; como forma de reconocimiento social se impusieron las canciones; como forma literaria consumida por las masas, la novela. Sin embargo, no parece que haya habido demasiadas quejas a este respecto –quizá los lamentos reaccionarios de algún agitador cultural–, simplemente las tendencias en todo arte van variando, diversas formas pueden convivir, otras mueren cuando ya no tienen un eco en la sociedad, empeño al que, dicho sea de paso, contribuyen de manera bastante intrusiva los medios de difusión, quienes no conformes con proporcionar mera información se empeñan en aconsejar casi con imperativos a los lectores acerca de lo que deben y no deben consumir, obviando que el arte no admite –no debería– el entrometimiento de extraños, sólo el capricho y la curiosidad intransferibles de cada cual, siempre motivados por el gusto.

El tiempo, pues, va modificando de manera poco apreciable para el contemporáneo pero evidente para el que después nace el devenir de las tendencias, y hoy el hecho globalizador que va conformando nuestra era ha traído consigo una circunstancia insólita: la tremenda libertad que, si se sabe gestionar, internet puede aportar a un músico en ciernes, no digamos ya al melómano; una posibilidad de acceso prácticamente totalizadora tanto a lo que ya ha sido como a lo que está siendo, de tal manera que los nuevos músicos son hábiles de abandonar una tradición que les viene impuesta para tomar a su antojo otras en nada cercanas a sus países; se va así, conforme se disgrega el sentimiento nacional, enriqueciendo el armario musical, rompiendo barreras estilísticas y desarmando lugares establecidos antes inamovibles; pareciera –en suma– que por este camino vamos hacia un ente amalgamado extraordinariamente dúctil en el que pudiera ser integrado, deformado, confrontado y enriquecido cualquier estilo, excepción hecha de la electrónica, que al igual que la clásica es una música fundamentalmente narrativa –o así la veo yo– y por tanto reacia a influencias externas; más bien sería al revés, esto es una aportación puntual de la electrónica al resto de músicas, del mismo modo que los Beatles, (concretamente George Martin) con  gran atrevimiento, introdujeron orquestaciones en el Sgt. Pepper’s. Cambios que me atrevo a sugerir pero cuyo desenlace me es imposible determinar; son cuestiones de futuro, de lo que no existe, como los negros no existieron en América y ahora sí, la poesía existió en una forma y ahora en otra, la socialdemocracia ni es ni no es, sólo un mito próximo que, como algo a las puertas de la muerte, ya no puede ser defendido.

Rafael Belchí
Rafael Belchí
Ingeniero de Caminos que asegura serlo. A diferencia de otros, no espera que la humanidad haya de pagarle por ello, esto le lleva a sumar espadas como lugarteniente de esta página. No obstante, tiempo acaeció desde su última aventura internáutica, en un blog pretendidamente cultural, violentado sin motivo aparente, labor por la cual su pellejo se vio en palpable peligro a cambio de no cobrar euro alguno. Pasa los días intentando comenzar Moby Dick, sin esperanza siquiera de leer la nota del traductor

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