Crónica de un paseo

El caminante está perezoso en la tarde del domingo y parece como si le pesasen los desánimos más de la cuenta y como si le pesasen también más que nunca las toñas que se jaló leoninamente en la comida. El aguinaldo sobrante de las Pascuas le hace la puñeta y le desbarata el ánimo deportista al caminante, que aún no ha puesto los pies en la calle y ya anda quejándose, si es que no se puede hacer otra cosa cuando uno lee el periódico. El seudoandarín, que tiene algo de buche de palomo, está ahora tratando de rascarse en un lugar cojonero para tales gustos: las yemas de los pulgares, que las tiene tiznadas de antigua tinta del papel prensa. El paseante, algo holgazán, se deja muchas páginas sin leer y esto no le causa ninguna desazón intelectual ni ningún sentimiento de culpa.

Desespera el andariego vespertino por unos segundos bajo el dintel de la puerta de la saleta; resopla del modo que un médico con endoscopio querría que suspirase el enfermo de bronquitis, huracanadamente, desenamorado; y se ata las cordoneras conteniéndose la respiración; y se incorpora liberado; y le crujen los huesillos de los lumbares; y se enfunda la braga polar en derredor del cuello; y se mira en el espejo del pasillo, tímidamente, como si le diera vergüenza al paseante verse a sí mismo.

La verdad es que cuando sale a la calle el paseante percibe que se está mejor a la intemperie, aunque sea febrero. El caminante respira por la nariz y se le abren los orificios, como las escamas a los peces, como el hocico de un cerdo, para dejar pasar un airecillo que trae cierto aroma a rescoldo de una lumbre cercana. Lo bueno de vivir en un pueblo es que se pisa el campo en cuanto uno da cien pasos. Las montañas al fondo tienen una leve calima porque no corre el aire. Sierra Espuña, el Castellar, la Selva. El caminante tiene miopía y guiña los ojos y se le difumina todavía más el paisaje, que tiene trazas de irrealidad, de cuadro de Gauguin.

Va a buen ritmo el caminante, todavía no resuella. El pie derecho primero, luego el izquierdo, acompasados. La mente empieza a vaciársele de pensamientos negros. Solo observa. Va pisando los hierbajos dañinamente. Va bien orillado por la senda del arcén y los muchos coches le pasan como una ráfaga marina, un azote al aire. Un niño le mira por la ventanilla y aun alejándose sigue mirándole al caminante con el mismo interés que cuando uno sigue con los ojos el deambular de un gato errabundo.

El caminante deja la carretera y serpentea ahora por unos caminos flanqueados de oliveras. El caminante, que estudió un poco de historia del arte, se fija en los centenarios troncos, casi mitológicos, como si representaran, así de desperezados, así de revueltos, el Laocoonte y sus hijos; otros presentan hoyuelos, pequeñas cuevas como bocas asustadas de aquellos penitentes de los pórticos de las iglesias románicas, o, en todo caso, muchos gritos juntos de Munch.

Los perros de las casas de campo ladran a bocajarro, repentinos, cabreados. Están ariscos y no sabe el paseante a qué se debe. Algunos hasta babean y enseñan los colmillos y el paseante camina, pues, más célere. El amo ha salido y le ha dado unos palmetazos en los ijares. El hombre está mustio y es algo gris. Tiene un cierto halo delibiano. El caminante se aleja hacia la Casa Alta y va pensando que en su pueblo hay ejemplares de Alberti, Landa, el Fary, Santiago Segura, etc. Al caminante alguna vez le han sacado dobles en el extranjero. Va recordando las veces que amigos suyos llegaron de fuera diciéndole: «Agárrate, te he visto en Frankfurt», o «Me saqué una foto contigo en el panteón de Agripa, mírate». La tierra de los bancales está labrada de ayer y parece por un momento que fuera nieve marrón mierda. Hay en ella huellas polares de las pezuñas de las zorras que anduvieron por estas lindes durante la madrugada.

Al pasar la Casa Alta y la Fábrica, ya de camino al Paseo de la Rafa, se ve el pueblo hermoso a lo lejos con su entramado de luces eléctricas encendiéndose por el Desvío y Los Cantos; la torre del Reloj asomándose entre los tejados y rozando con su punta el naranja del cielo. La noche se avecina por Avilés. El paseante piensa qué bonito pueblo el suyo y qué bonitas las mujeres que da. El paseante siente una honda emoción y recuerda, algo taciturno, amores pasados, frustrados, tiernos, agridulces. Al compás de la vihuela canina, el caminante deja atrás las últimas casas de campo con alguna hoguera mal apagándose en medio de una era.

De vuelta a casa. Primero adelanta el queso derecho, luego el izquierdo, a buen ritmo. El corazón del paseante late como un gong cuando sube el último escalón. Levanta la mirada y se encuentra de súbito consigo en el espejo y agacha la testuz vergonzoso. Sobre la mesa camilla está despatarrado el periódico. El paseante se tumba en el sofá y se vacía con una bocanada de desaliento. El domingo declina. El paseante vino al mundo un sábado a las once de la mañana y da por hecho que lo suyo son los fines de semana. No acierta a leer un titular y cae desgonzado. Se despierta ya de madrugada, el olor a campo todavía en el chándal; abre la ventana, el aire monacal en la llanura.

Antonio F. Jiménez
Antonio F. Jiménez
Antonio F. Jiménez gasta un 46 en cada pie y tiene algo de anticipada tonsura. Nació en una fecha llena de doses y ha vivido casi siempre en un pueblo al que le agradecerá eternamente su abrigo y helor. Hizo lo de periodismo. De cuando en cuando hace de gacetillero. Lee acostado, con lo cual suele acabar besando los libros. En cuanto al futuro, lo deja en manos de los agoreros.

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