El cotilleo coartado por Glenn Gould

 

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Una noche, al contarle a un amigo algunos hallazgos en las cartas de William Faulkner –para él seguramente anodinos, para mí interesantes–, me inquirió: «¿de verdad se publica la correspondencia de los escritores? ¿Cómo es eso? ¿En serio? ¿Y eso hay quien lo compra?». Desarmado, no tuve más remedio que esquivar el problema que se me presentaba respondiendo: «Pues como te puedes imaginar, por simple y puro cotilleo».

La puerta abierta que me dejó para una interesante disquisición acerca de las implicaciones que pudiera tener el contenido de esas cartas quedaba arruinada, y directamente zanjada, al sacar a colación la palabra cotilleo, que viene a ser como decir “Pues sí, es una mierda absurda”. Pero claro, el cotilleo bien entendido, o asimilado más seriamente, vendría a referirse a la curiosidad; pues de no tenerla como motivación fundamental, el ser humano poco se distinguiría de las merluzas. Es el afán por escuchar historias lo que nos lleva después a intentar relatarlas, la fascinación que produce el lenguaje musical, el más «etéreo», por decirlo así, su escucha e inexplicable belleza, lo que nos lleva a algunos a intentar reproducirlo mal que bien; las ganas de enterarse de algo, en suma, las que llevan al anónimo destinatario de estas líneas a desplazar su mirada por ellas.

Lo malo de esto, claro, es que de la misma manera que el buen cinéfilo tiene que recorrer una infinidad de películas inanes y plúmbeas para una buena tarde dar con el hallazgo inesperado, yo leo con la imposible pretensión de leer todo lo escrito para intentar conocer algo en firme, un pensamiento, una historia, algo, lo que sea, absurdo propósito que como es sabido no tiene cabida en el reino de los seres humanos, o en cualquier caso sólo para conducir al callejón sin salida de la frustración; cada vez que se lee se van abriendo puertas que no acaban nunca, y de manera un tanto alocada el Quijote que por esos pagos se aventure cejará en el empeño sin conseguir jamás la recompensa buscada. El caso es que vino la suerte o la providencia a mostrarme un breve volumen que apenas sobrepasa el centenar de páginas, La felicidad de los pececillos (Acantilado), del siempre sabio Simon Leys, y en él topé con un microrrelato sobre cómo Glenn Gould descubrió su arte.

Estaba un púber Gould –sólo 14 años– practicando en su casa, seguramente desesperado con los vaivenes de la limpiadora, cuando de repente, activando el aspirador en la misma habitación, se desató un nivel sonoro que birló a Gould la escucha de lo que estaba tocando. De inmediato experimentó una sensación absolutamente extraordinaria, en la que, dicho sea en sus palabras:

“Por supuesto, continuaba sintiendo: podía experimentar esa relación táctil con el teclado que tan rica es en asociaciones acústicas; y también podía imaginar los sonidos que yo producía, incluso sin oírlos. Pero lo extraño es que esta nueva forma de música me pareció de repente superior a todo cuanto había precedido a la intervención del aspirador, y los pasajes en los que yo no podía oír el menor sonido me parecían los mejores.”

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En ese momento de génesis tuvo lugar la toma de conciencia del artista: el hecho de verse obligado a imaginar la música a través de la relación directa entre tacto y mente, prescindiendo de la realidad auditiva (lo efectivamente escuchado en el exterior), es lo que ulteriormente le permitiría deformar a su antojo lo hecho por Bach o Brahms –para indignación de doctos y puristas– y llevar a cabo composiciones propias de una audacia estilística sin precedentes; es decir, gracias al ruido totalizador que le sacó de una zona de confort adquirida pudo ver de otra manera lo que todos veían de la única posible, y así empezar a pensar como los verdaderamente grandes habían pensado antes que él.

Es precisamente por cosas como estas –le debería haber dicho a mi amigo– que meto las narices en correspondencias que no deberían ser de mi incumbencia; si no entrásemos en la privacidad de los muertos, instantes tan reveladores como la epifanía de Gould dejarían de existir, muertos a manos de nuestra indiferencia, ¿no crees?

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