Chicago Mass Choir en el TCM: ganarse el cielo

–¿Pero dónde te has metido, Encarni, por Dios? ¿Es que no ves que esto va a empezar?

–Estaba en…

–¡Siéntate, Encarni, por Dios, que esto va a empezar! ¿Es que no lo ves?

Encarni se encoge de hombros y se sienta. No entiende nada. A él le llamaré Casi Negro. Sigue de brazos cruzados. Cuando quiere observar el tráfico del patio de butacas, tres dedos de panza –qué panza– se le aposentan sobre la barandilla de la platea. Lleva un jersey púrpura de cuello alto. Está calvo. Si alguien se subiera en su nariz, podría llegar al escenario sin que fuera demasiado peligroso. Nos mira, justo al otro lado del pasillo. Disimulamos. Descruza los brazos. Se sienta junto a Encarni, que trastea el móvil.

–¡Encarni, pon el teléfono en silencio, por Dios, que esto va a empezar! -le grita mientras señala, acusador, la pantalla del teléfono de su amiga.

Encarni –unos 55, permanente amarilla, gafas, ojos prudentes– asiente y resopla.

Las luces se apagan. En el escenario aparecen un batería, un teclista y un bajista. Construyen una base. Desde el otro extremo, 14 túnicas masculinas y femeninas se disponen en dos filas. Delante de ellas, de espaldas al público, algo chepado, Percy Gray Jr. se ajusta el micrófono a la altura del ombligo, se levanta la túnica, trastea el móvil –quién sabe si habla con Encarni–, se lo guarda, asiente y levanta los brazos. El coro le responde. Alzan la voz y el Teatro Circo se convierte en Elliot Chapel, ya sabes: en el 3131 de Simpson Street, Chicago. Casi Negro se levanta como si le hubieran grapado el culo. Abre la boca y agita los puños. Encarni nos mira, buscando comprensión. Mueve los labios, agacha la cabeza y niega.

–Dice que está como una cabra -traduce María.

Supongo que los puristas de esto habrán dicho millones de veces que sacar el góspel de las iglesias y colarlo en los teatros es convertirlo en un elefante en un zoo. Quizá tengan razón, pero es indudable que la pasión con la que despachan capazos de standards te hincha el pecho. Aunque su solvencia se pueda confundir con un deje rutinario, no hay en estas 14 gargantas ni un ápice de piloto automático. El Chicago Mass Choir suena tal y como te imaginas que suena: arrebatador, dinámico, torrencial. El público murciano, que no se caracteriza por marcar la x en la casilla de la iglesia Presbiteriana, responde de pie. María saca la cámara y se apoya en la barandilla para capturar el instante. Una empleada del teatro le llama la atención.

–Somos periodistas –le digo.

–¿Y? –con tanta fe, me he olvidado de que a nadie le importa una mierda el diploma que mi madre le enseña a sus amigas.

–Que tenemos pase de prensa.

–¿Me lo puedes enseñar?

Ella tampoco se puede creer que nos hayan colocado tan esquinados. Tan esquinados, quiero decir, que si los 14 coristas fueran Harvey Dent, nosotros no nos enteraríamos de un pijo. Le explico que no tenemos pases propiamente dichos. Son entradas. Ha pasado varias veces, le digo, nos confirman que estamos acreditados y luego n…

–Vale, vale -responde, agitando la mano derecha-, echad las fotos que queráis.

Se aleja. Creo que piensa que mentimos, pero prefiere jugarse el curro a que yo le cuente mi puta vida. Suena I´m gonna praise the Lord. La verdad es que dan ganas de ponerse a rezar. Lo bueno de que en este país nos guste más copiar la estética –cualquier concepto de estética– angloparlante que su contenido es que mañana veo a más peña montando coros enfervorecidos que de camino a la catedral. Como Casi Negro. Míralo, joder. Estará sudando océanos con ese jersey, pero no deja de agitar los hombros y los brazos y el cuello. Se inventa las letras y responde con el clásico ¡Yeah, yeah! a cada monólogo de Percy Gray, pero igual es el precio de ver la luz.

–¡Mira -María me da un codazo y señala a la mitad del patio de butacas-, un exvotante de Vox!

Un repeinado de unos 40, camisa blanca, jersey anudado al cuello, extiende los brazos y agita las manos. La sonrisa no le cabe en la cara. Los ojos hablan de redención: se ha dado cuenta de que los negros son nuestros amigos. María se va a ahogar de la risa. Cuando recupera el ritmo cardíaco, dice:

–Hay que ver lo ridículos que somos los blancos cuando intentamos ser como los negros.

Tiene razón, joder. Es como si fuera un espejo deforme. A un lado: la coordinación y las sonrisas. Al otro, la torpeza y las muecas idiotas. Le choco con la cadera y le digo que no le cierre las puertas a Dios. Que no tenga miedo. Vuelve a reírse como si quisiera apagar un incendio. Temo que Percy suba aquí a sacarle el demonio de dentro. Pero no: están en otras cosas. Estiran Oh happy day y se largan. Cuando nos estamos poniendo los abrigos, Encarni le da a María su móvil y le pide una foto con Casi Negro. La pantalla está en ruinas. María echa la foto y le devuelve el móvil.

–¿A ver? –dice un sudoroso Casi Negro.

–Mira -responde Encarni, orgullosa.

–¡Encarni, por Dios! ¿Cómo llevas ese móvil? ¿Es que no ves que no se ve nada?

Encarni lo guarda en el bolso. Resopla. Niega con la cabeza. Casi Negro sale al pasillo canturreando en un inglés que está inventando ahora mismo. Está mujer…dudo que en todo Chicago viva alguien que se haya ganado el cielo tan a pulso. Lo dudo mucho.

Fotos de la vonegutiana María Ñíguez.

Santini Rose
Santini Rose
Soy periodista. A veces me meso la barba y las personas a mi alrededor creen que estoy pensando en algo muy profundo. Cuando hay personas a mi alrededor, quiero decir. Por cierto, están guapas esas presentaciones en las que uno habla de sí mismo en tercera persona, ¿sabes cómo te digo? rollo: Santini nació en la murciana aldea de Fuente Librilla allá por 1992. Hijo de maestros, demostró desde muy pequeño...ese rollo. Qué risas. Otra cosa: si sabes algo de Pedro, el pescador mellado de La Manga al que no dejan entrar en ningún bar, ponte en contacto conmigo. Le echo de menos.

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