Cat Power (y algunos más) en el Visorfest: recoger los pedazos

Mi trenzudo amigo Javier Arnedo vio a Cat Power en 2014. Fue en el Cartagena Jazz Festival. Escribió:

«La depresiva cantante se volvió a levantar y se fue hacia un par de micrófonos que le conferían a su ya de por sí melosa voz un matiz más tenebroso. Un efecto impecable que no solo no mancha sino que sobrecoge al oyente. Y es que cuando canta, toca y siente, se mueve de un modo extraño. Parece que quiere seguir el ritmo de lo que canta, pero solo es un vacile histriónico fruto de Dios sabe que tara.

El sadcore te roba la felicidad, te sorbe el alma y te lanza hacia un oscuro abismo de castigos y lamentos. Si algún género se puede definir en un solo concierto es este. Podría criticársele que viene sola, que simplifica demasiado sus canciones y que dos horas de concierto con el mismo esquema es un suicidio, pero ahí está la maestría. Si el sadcore es tristeza y agonía, si es minimalismo y angustia, Cat Power sola, con su guitarra y más de dos horas para contarnos las desgracias de su vida, es una auténtica genialidad».

Hace un par de días vi por fin a Chan Marshall. Fue en el auditorio Julio Iglesias de Benidorm, en la segunda jornada del I Visorfest. Debería hablar de lo correctos-aunque-incitadores-al-bostezo que fueron Ash, de lo regular que ha envejecido el downtempo a pesar de la dignidad de Saint Etienne o de cómo, al ver a Flaming Lips, te das cuenta de que el humor, y solo el humor, mantiene viva una mínima esperanza de redención. También debería hablar de la media de edad, de unos 45, de cómo se nos cruzó un melenudo borracho en sudadera y vaqueros jaleando una canción de Ash y María dijo Mira, tú en 15 años y nos reímos y luego me acordé de aquello que dice Miqui Otero de las canciones como disparadores emocionales y se me pasó esa estúpida condescendencia,  me vi en 15 años, en un concierto Parquet Courts, acordándome de cuando me dejaba la garganta con mis amigos. También debería hablar del simbólico lema del festival: Music you must see live. O de la pareja que iba disfrazada de unicornio. De cómo otro guiri le pinchaba la cola a la chica unicornio y sus amigas guiris se partían. De cómo se enfadó el chico unicornio cuando descubrió el pastel. En serio, tengo mil notas en el móvil. Llevo toda la mañana intentando montar algo con ellas. Es imposible.

Hace un rato he vuelto a leer la crónica de mi trenzudo amigo. Igual que para mí no hay  Replacements sin relectura de aquella magistral no-crónica de Xavi Sancho, no hay Cat Power sin el texto de Javi. Se lo intenté decir a María. Chan Marshall acababa de dejar una infusión sobre un amplificador de guitarra, al fondo del escenario. María señaló el vaso de plástico. Me miró y sonrió. Su admiración por Cat Power rebasó hace tiempo ese punto en el que respiras, aliviado, cuando sabes que las cosas le están yendo bien, que ya no es la cantante errática que describió Javi, que ha tenido un hijo y las cosas se han templado. Un mes después de publicar su décima referencia, Wanderer (Domino), Marshall se plantó en Benidorm en plan crooner. Escoltada por una batería, dos guitarras y un teclado, hilvanó un concierto elegante. Se paseó por el folk, el country, el sadcore, el blues y, sobre todo, el soul. A estas alturas de la vida, después de haber pasado por tanto, Chan Marshall es más una cantante de soul que otra cosa. Lo suyo, rayando a una altura que ahora mismo está al alcance de seis o siete, es la emoción contenida. Marshall no necesita prácticamente nada para hacerte temblar. Su magnetismo es de tal calibre que cualquier abalorio solo empeora el resultado. El grito que, en el último momento, después de un rato de arpegios y coros, te parte en cien mil pedazos. Puro Deep Soul: Marshall enlazó clásicos mayúsculos –These Days, Into my arms– con su propio repertorio y en todo momento dio la sensación de haber visto el infierno y haber vuelto para contárnoslo. Para expiar las penas. De una forma física. Y decirnos que las cosas pueden salir bien, que ella es la prueba viviente de ello. Intenté ver el concierto a través de los ojos de María. Intenté sentir cómo el corazón le subía por la garganta cada vez que Marshall sonreía como si hubiera vuelto a nacer. En medio de Me voy, me miró y me preguntó qué me pasaba. Yo sonreí de esa manera en que sonrío cuando estoy temblando pero intento que parezca que todo está bien. De esa manera que no se traga ni Dios. Cuando me fui a dar cuenta, el cuerpo me pesaba toneladas. El corazón se me subía a mí por la garganta.

Javi escribió que somos tan machistas que nos deprime ver a un amigo llorar. Me lo imaginé a él, trenzudo, romántico, incrédulo, esquelético, inteligente, ceja eternamente levantada, echando la breva. Apunté mentalmente que la próxima vez que lo vea le diré que somos seres ridículos. Él asentirá. Esbozará media sonrisa. Dirá: Te gustó la paya, ¿eh? Es especial, Santini, es especial. Después bajará la mirada.

 

Fotos de la desopilante María Ñíguez

Santini Rose
Santini Rose
Soy periodista. A veces me meso la barba y las personas a mi alrededor creen que estoy pensando en algo muy profundo. Cuando hay personas a mi alrededor, quiero decir. Por cierto, están guapas esas presentaciones en las que uno habla de sí mismo en tercera persona, ¿sabes cómo te digo? rollo: Santini nació en la murciana aldea de Fuente Librilla allá por 1992. Hijo de maestros, demostró desde muy pequeño...ese rollo. Qué risas. Otra cosa: si sabes algo de Pedro, el pescador mellado de La Manga al que no dejan entrar en ningún bar, ponte en contacto conmigo. Le echo de menos.

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