Estaba yo comiendo pollo a la brasa en San José de la montaña cuando un arquitecto pueblerino viajado suelta en su grupo de amigos a los que él mismo llama «aldeanos»: Todos los tíos solteros son inteligentes o son gays. Ignoro el estado civil de Carlos Madrid, pero por sus letras me imagino que sigue «en el mercado». Y no es que entienda yo mucho de hombres ni de pop, pero uno aprende a intuir y a separar el alcohol del campo. Me gusta el pop cuando está ausente. También me gustan los hombres cuando callan. Pero en esta primera vejez que me sobreviene ya siento que me falta aprender de una parte muy importante de mi entorno, de la música y de la sociedad. Al fin y al cabo, todo está lleno de hombres, pero también de hombres que escuchan y/o hacen pop. Dios sabe por qué… y qué gano yo intentando descubrirlo.

Hace un par de años Elena me preguntó si conocía a un tal Carlos Madrid. En su balcón, a la vista de cualquiera, le mentí que algo había escuchado convencido de que lo había hecho. Ante la imposibilidad de recordar ni un solo acorde tuve que googlearlo a fin de no caer en mi propia farsa. Esa es la casualidad. Yo, Fran, escuchando al tipo que peor canta en toda Cartagena cantándole a lo que le canta casi todo el mundo: al amor. En un principio quise que me tragara la tierra. Yo, Fran, preso de mi torpe mentira, diciendo que me gustaba esta melaza, o que simplementa la conocía. Debía relajarme, al menos eran puntos, quizá demostrara algo parecido a la inteligencia del tipo del que hablamos. El tema es que, como de tan vago soy irresponsable, tuve que esperar a que ella misma me dejara Oh Beatrice, previo habérmelo cantado de pe a pa alternado con Campeones de invierno. Da gusto escuchar a Carlos Madrid en una voz que no se parece a la de Carlos Madrid. Fuera de excesos. Yo odiaría más a Carlos Madrid y todos los de su calaña de no ser por personas como Elena.

Se presenta Prácticamente nada [Son Buenos, 2018] en la sala 12&medio con aproximadamente 30 personas haciendo de público. Performartivo ante todo, el público, que hace de público, canta las canciones arqueando la espalda y sacando el culo sin preocuparse por ninguna cebolleta. Todos son amigos, o familia, o familiares de amigos. Todo queda en casa. Carlos viene arropado por la Alv McMartin band. Esta banda suena. Lorena (batería) por fin ha logrado no perder el metrónomo, Julián (guitarra) hace lo que se hace en este estrato estilístico y Álvaro (piano y coros) contrapesa a Carlos. A Miguel Ángel Ruiz (bajista) desde el control de sonido le han dado un pasote de presencia, más de la que ya tiene habiendo producido excelentemente este trabajo y sus anteriores Campeones de Invierno y El agua negra. Aunque solo le dan presencia sonora. Quizá el técnico considere que es demasiado feo como para tener que iluminarlo. El caso es que el concierto transcurriría así, de un despropósito técnico a otro. Carlos canta solo por la izquierda de los altavoces, a veces ni canta porque el cable está mal soldado y deja de sonar. Cuando se queda estático en el centro del escenario podemos ver el símbolo del uTorrent y otros programas informáticos en la elevación que hace su polla bajo los pantalones super skinny que viste. Esto es porque están proyectando desde el escritorio de Windows el cartel del Microsonidos torcido sobre una lona con firmas de los clientes. La luz blanca y pálida del proyector es la única que ilumina a los músicos en un plano americano, o sea, hasta las cartucheras. ¿Para qué más? Los focos solo alumbran el procenio, lugar en el que ningún músico suele estar. Por primera vez en mi vida como cronista siento la incomodidad de los pobres músicos a los que les están jodiendo a conciencia un concierto en el que asumo han puesto mucho tiempo, dinero y si algo más valoran, ilusión. Si yo fuera Carlos Madrid y llevara unos años sin subirme a un escenario solo me bajaría para rociar el bar de gasolina. La 12&medio, y no hablo de nadie en particular (mucho menos del técnico que no tendrá la culpa), no debería estar en el circuito del Microsonidos y si lo está es porque el festival algo no está haciendo bien.

«El sexo el alcohol y las lágrimas eran las grandes mentiras». Carlos Madrid no abandona el amor, pero le da matices, habla de sus distintas fases, sus distintos recuerdos, sus secuelas o sus anhelos. Ha hecho una especie de ensayo amoroso darwiniano sobre el proceso evolutivo adaptado al entorno. Pero este Prácticamente Nada da un paso adelante para enfrentarse a otras temáticas, quizá sea más incisivo para con sí mismo y sus congéneres, abandonando un poco el referente femenino. Pero bueno, que la reseña del disco la haga otro. Yo quiero hablar del divo. Carlos es un tipo apuesto a la par que ridículo. Se planta frente a nosotros hierático, asumiendo un personaje tanto de estrella como de reverendo sin dejar de rezumar una torpeza y un mal caer maravillosos. El problema de haber escuchado Oh Beatrice es que Prácticamente Nada se me queda en eso mismo. Se ha electrificado más de la cuenta, suena roquero, suena pop, más de lo mismo, rancio, cuando la acústica de la iglesia realzaban su voz y su guitarra. En el instante que suelta al grupo me recuerda al Ignacio Lapido más oscuro. Dame Fuerza para vivir se convierte en algo litúrgico que parece precalentar estas fechas santas. La leyenda del Pájaro antiguo es otro tiro en la sien. De verdad. Yo lo odiaría, pero no puedo viendo a sus fans cantando, viendo a Elena dejarse la cámara para abrir la boca, todos con la misma cara. Todos cantando al unísono «porque al sur nunca se va, solo se regresa». Si alguien es capaz de escribir esa frase muchos deberían escucharla.

En fin, toca Salvemos el Ártico. Para formar parte de este disco tiene unas caídas armónicas muy interesantes, además de la mofa iniciática de su título que se extiende en finos insultos hacia los charlatanes. Aquí viene el segundo momento más incómodo del concierto. Deja la guitarra para cantar a capella desde el borde del escenario, pero nadie le sigue y con el mismo semblante taciturno, vuelve a cogerla tras beber agua y tras un par de minutos de banda siguiendo el compás y nada más. El primer momento más incómodo sería cuando al finalizar el concierto todos se fueron y el expresó con una honestidad rayana en lo patético que deseaba despedirse junto a la banda. Mientras tanto Alv, a la vez que se iba, se vestía sumido en el mutismo hasta llegar a las escaleras para gritar: ¡eh, bajad! Hubo final feliz y por fin comprendí lo que tantas veces Elena había intentado explicarme sobre él. Sería capaz de dejarse en el mayor de los ridículos con tal de expresar algo de verdad. Ese algo tiene su música, porque además sabe en qué punto de la canción hay agua, y resuelve excavando profundo. Me juego la acreditación a que este tipo está soltero y no es gay, pero a que sería capaz de estar incluso casado y el tipo del bar seguiría dudando de su heterosexualidad.

Quizá entienda mejor a este desconocido gracias a una Elena que lleva cantándome Prácticamente nada desde hace un par de años y que será de las pocas personas que sepa de dónde proviene el título. Nos queda la tranquilidad de que si no logra triunfar sobrevivirá en su garganta todo ese inabarcable vacío que atesora. Seguiremos mirando por el retrovisor.

 

 

 

Fotografías de Lelé Terol

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