Bosco en el Teatro Circo de Murcia: La muerte existe para dar paso a la vida

Miedo, vengo aquí con miedo. Miedo social, racional, del estúpido, del que ya no guarda parentesco con las bestias. De alguna forma este miedo solo me ansia cuando el heredado, el verdadero, paraliza mientras chuta adrenalina en su enfrentamiento. Por eso mientras camino me cuesta respirar al tiempo que bebo de una lata a sorbitos y mastico a mordisquitos la porción de pizza que Diego me ha dado para, según él, entrar en la nueva conciencia cósmica. Diego tiene una habilidad y es convertir cualquier momento trascendental en un absurdo. De modo que a su decimocuarto pi-piró, pi-piró… no queda rastro ni de la ansiedad, ni del hambre, ni la sed. Lo que falta saber es si me he adentrado o me adentraré en la dichosa conciencia mística.

Nunca he tenido tantas ganas de escuchar material nuevo de un grupo en un directo. Me doy cuenta al sentir que no tengo ganas de que me repitan canciones viejas y conocidas que a priori es lo que desea la parte del público que quiere bailar dando los pasos que ya ha coreografiado. Esta ha sido la principal razón por la que dejé de ir a verlos. Bueno, yo y gran parte de su público. Bosco se repitió hasta extenuarnos, hasta no poder llenar un Teatro Circo que se les debería quedar enano. Mismos temas, mismo teatro, pero cada vez menos energía, y esa, aunque suene freak y esotérico, es la punta de lanza de la banda. La que los que la vimos, no en su germen, pero sí en su pre adolescencia, sentimos cómo nos aturdía. Pero no hay que lamentarse. Es 24 de febrero de un 2018. Como ellos mismos dirían, la muerte existe para dar paso a la vida.

Comienza Paradiso. No sé muy bien cómo sentarme ni cómo sentirme. No está nada mal. Me repito ante todo: Javier, debes ser un hombre sin prejuicios. Me digo luego: Javier, dijimos que debías ser un hombre sin prejuicios. Y termino gritándome: Javier, ¡¿quieres dejar de pensar que esto es un timo, prejuicioso de los cojones?! No, no es cierto que sea un timo, pero cuando discuto conmigo mismo me llevo al extremo. A veces hablo con personas decrépitas y pienso en el escenario más bizarro, en besarlas, pero jamás lo haría por pura aversión. ¿Entendéis? Bueno, qué más da. No termino de encontrar el hueco en la butaca. Me muevo hacia delante y hacia atrás. Asomo la cabeza por la barandilla para ver si puedo oír mejor. Diego a veces a habla y yo ni le miro. La persona que tengo a mi izquierda se ha hecho un bocadillo con el papel de aluminio más barato de toda Murcia y quiere que sepamos que compra barato. Todo me molesta tanto que me encuentro en otro punto del concierto como cuando has llegado al trabajo en coche sin saber cómo. Me jode, pero pienso que si de verdad fuera excelso no estaría ni oyendo a Diego ni a un gilipollas abrir un bocadillo.

Comienza Paradiso y aunque no sé cómo sentarme veo que es la única forma de escuchar este concierto. Bosco ya suena a teatro y a espacio grande. Olvidad la tierra y la huerta. Poneos los zapatos. Han cogido un camino que no lleva allí. Lo que más asustó al oyente medio de Bosco fue el Telar sónico y este nuevo disco suena un poco a eso. A modernidad, a pop, electrónica, a charles y caja indie, a acordes que no vuelven pero bordean un lugar común. No puedo quitarles el ojo, pero tampoco me lo arrancan ellos. No termina de emocionar. Les cojo la mano pero no llego a ninguna parte. En cierto modo es un poco triste. Es como dejar de amar a tu pareja de hace 7 años porque ha cambiado, o porque has cambiado tú, porque ya no hay atracción que valga la pena probar con un octavo. Trato de escuchar la voz de mi conciencia que dice: Javier, ¿vas a seguir siendo un puñetero prejuicioso o vas a asumir que tu criterio no es indefectible? Uno debe repetirse eso para no acabar diciendo que Bosco se está equivocando o que ha escogido un camino fácil. De momento callo. El concierto sigue y puede que me esté precipitando.

Suena Amor de Primavera. Esta canción la conocí gracias a ellos y de ahí nació un amor de cuatro estaciones por Tanguito. Le han buscado una orquestación absolutamente impecable. Un colchón sonoro que arropa la canción. Quizá una que, de haberle interesado la vida a Tanguito, habría cambiado por un paseo sobre las vías del tren. Lo hermoso es que Bosco ha dignificado un tema que debería ser algo así como un himno. Luego se sacan el Telar Sónico y sucede algo muy extraño. El público quiere moverse pero no sabe cómo. Hay una especie de timidez latente en esta primera mitad del concierto. Quizá porque no está cuajando este nuevo Bosco. Pero hay una buena noticia. Juande ha vuelto. Juande toca el bajo y tiene una presencia enorme a pesar de ser un eslabón rítmico no virtuoso. Estos últimos dos años otros bajistas se han puesto su careta, pero volver a verlo constata que es insustituible.

Saltando llegan a lo que yo denominaría como segunda parte del concierto. La estrenan con Constelación (bueno, no sé cómo se llama el tema, pero quien estuviere lo entenderá). El concierto toma otro cariz. Se huele. No introduce ninguna locura, pero va a acabar en ella y efectivamente pasamos de do, re, mi, fa, sol a respirar un mantra. ¡Esto es lo que estábamos esperando!, ¡¿no?!, ¡¿o soy el único?! Puede que me deje llevar por el gusto, pero que tu cuerpo sea un resonador más del espectáculo es inequívocamente una señal de que la música ha dejado de ser una onda vagando entre nosotros para penetrar en nuestros cuerpos. Enlazan hasta un tercer tema, Aurea, creo (debería haber pedido el setlist). En él hay rock, hay psicodelia, hay experimentación, y sobre todo, HAY TIEMPO. En una banda como esta el tiempo lo es todo. El tiempo de empezar a tocar, buscar y encontrar. Jugar. ¿Qué sentido tiene encorsetar los temas si tu lema proviene de dioses libertinos a los que ves cuando liberas tu mente consumiendo droga dentro de algún ritual? Quizá lo esté idealizando, pero vuelvo a aquello que no sé explicar: la energía. O juega a favor o juega en contra, pero juega. Es en este punto cuando yo mismo libero al Javier prejuicioso y digo abiertamente que en la primera parte del concierto han presentado a un Bosco atropellado y aburrido. Y cómo no voy a decirlo si ahora mismo el fuego está saliendo de la boca de Moretti mientras una proyección excelentemente escogida lanza un rayo contra el ciclorama a la vez que todos estallan. Qué puta maravilla. Hasta me giro y le grito a Diego. SÍ, HOSTIA, SÍ. JÓDETE, SEÑOR DEL BOCADILLO, ME VAS A OÍR TÚ A MÍ.

Luego subirían Dou Dou y Miguel Gallego. Es curioso ver cómo Jesús Fictoria se crece cuando un Miguel Gallego salvaje aparece en escena. Dou Dou es puro magnetismo, sin hablar de las violas, violines, trompas y trompetas que han invitado a la presentación y han coloreado el espectáculo tanto como la escenografía y las luces.

Muchas crónicas las empiezo diciendo que salgo de trabajar, pero esta va ser la primera que termine diciendo que me voy a trabajar. Por ello aprovecho que Moretti ha bajado del escenario sin romperse ninguno de los cuartos traseros de su sátiro ser para sacar a todo el público que puede al vestíbulo y hacerlos bailar en un gran círculo de fuego. Para entonces faltarían las 3 mejores canciones según la gente que estuvo hasta el final. Yo entretanto corro hacia el coche sabiendo que he apurado tanto que voy a llegar tarde al concierto que yo mismo sonorizo. Por el camino pienso que vaya suerte la mía. Hace meses que nada me interesa de esta ciudad y cuando lo hay no puedo verlo entero. Un grupo que, honestamente, no sé en qué estadio está ni en que devendrá, pero que me sigue haciendo creer que al menos otra música es posible y además una que apuesta por mezclar disciplinas que, de entrada, olvídate que en nuestro pueblo puedan verse. Es otro nivel al que, por inercia le exigimos más. Volveré, quiero más. Vuelve a interesarme Bosco. Este otro Bosco. Uno que muere y otro que nace.

 

Fotografías de Diego Montana

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