Bixiga 70 y Maria Gadú: «Pero tío, ¡hay dos tanques!» [La Mar de Músicas 2017]

Leo la siguiente frase de Borges: «Yo diría que el amor no puede prescindir de la amistad. Si el amor prescinde de la amistad es una forma de locura. Una especie de frenesí. Un error, en suma». Se dice de él, y él mismo lo corrobora, que su persona no es concebible sin la mujer de por medio. Lo más curioso es que de todos sus cuentos tan solo uno habla de esta emoción humana. Al leer «error», por puro azar, un chaval en la calle grita «TODO ES UN ERROR, JODER». El muchacho va con su novia, o su rollo, o su amiga fuerte. Se tocan, manosean, él se quita la camiseta, ella levanta una pierna; todo en mitad de la carretera mientras pasan los coches. Supongo que, fingiendo que no se aman, es a este tipo de error al que se refería Borges. Líbido sin control. Él posiblemente quedara traumatizado al beneficiarse a una prostituta junto con su padre. Fue su primera vez. El caso es que hay cosas plagadas de errores. Errores básicos de concepto que separamos a nuestra conveniencia. Por ejemplo. La música debe tener ritmo y si no lo tiene, bueno, puede valer para algún momento, pero no para siempre. Brasil es negro como el tizón, Bixiga 70 son negros como el tizón y eso es inseparable.

El problema de amar tanto un estilo musical es que te acabas volviendo idiota. Desde que empecé a escuchar MPB he repetido en más de una ocasión que el ritmo es lo más importante. Posiblemente no lo sea, pero para mí sí. ¿Cómo podría salir de mi equivocación? Lo veo casi imposible porque estoy en la plaza del ayuntamiento de Cartagena y todo el mundo baila. No solo eso, el equipo de sonido está reventando porque tiene que arengar a todo el público reunido. Tres percusionistas distintos cada uno con distintos niveles de sudor, dos guitarras, un teclado, bajo, trompeta, trombón y saxo. Los vientos en estos estilos suelen acabar siendo otra sección rítmica más. El movimiento desorientado del guitarra que apenas puede abrir los ojos (¿droga?) es otra. Brasil manda, o al menos es el único país latinoamericano que trae proyectos con carácter. Los niños, los viejos. Hace un año puse un disco de Bixiga 70 y no pude dejar de moverme hasta hoy. Mezclan afrobeat, folclore, algo de rock, e incluso acaban con cabalgadas que terminan por hacernos sentir metaleros. El chaval de los cencerros mira a las muchachas y las muchachas y yo a él. Siempre me maravillará la simpleza de una clave a contratiempo que se mueve linealmente sin variar su tempo. Brasil consigue que hasta eso parezca difícil.

Nos vamos a ver a María Gadú pasando muy de largo y muy rápido por Fémina Project. Miguel Gallego nos la ha recomendado fervientemente. Él va y nosotros le hacemos caso, entre otras cosas porque, somos tan subnormales de no saber que el Mar de Cristal está a 25 kms de Cartagena y, no nos da tiempo a ver a The Benn Gun Mento Band. Diego va a mear. Se queda un rato mirando los tanques del cuartel. Un guarda le dice que a esa parte solo se accede a mear y que no se puede quedar mirando los tanques a lo que Diego contesta: «Pero tío, ¡hay dos tanques!». Aunque Diego también va vestido de camuflaje jamás pasaría por una persona de bien, ha jugado a demasiados juegos bélicos. Quizá por ello me esté diciendo que esta música le hace sentir dentro de una nave espacial. Me pregunta riéndose qué me transmite a mí. Lo hace para reírse. Le pregunto y me dice lo de la nave espacial, y yo, más listo aún, le digo que tengo la sensación de estar en una gruta hecha a base de vigas y chapa. Si hubiéramos venido cinco años antes nos habríamos encontrado caminando por Sao Paulo tanto Diego como yo, pero Maria no trata de imitarse a sí misma, sino que va en la línea del sonido de su último disco y con él todo lo anterior. Por decir algo digo Ne me quittes pas, recogida en su primer álbum como un experimentillo con sabor brasileiro y en este directo suena más maquinero que el propio Brel. Samba, MPB, rock y tendencias electrónicas. Está guapísimo. Buscaría más en mi argot, pero es que está guapísimo. La regeneración de la música no acabó en la electrónica, comienza en la fusión y la experimentación, y Maria Gadú lo hace sin perder el groove y las vibraciones propias de su sangre. Con tres cuartos del concierto quemados se lanza contra la homofobia remanente en su país y le dedica una canción. El público tiene alzadas sus picas y ellos jalean –vaya vozarrón, qué energía, qué toque– y nosotros gritamos por los brasileños oprimidos, por las bandas que aún  vindican algo y porque Brasil es vasto, rico, y aunque ninguno hable más que portugués nos han dado una lección a nosotros y a sus compañeros latinoamericanos.

Salimos a paso ligero. Compramos comida para no desfallecer. Nos dirigimos al Parque Torres. El ascensor que sube está lleno de gente con dinero. Subimos la puta cuesta y ambos nos preguntamos la edad del otro. Al llegar nos dicen que no podemos entrar. Diego no lo sabe, pero al día siguiente yo miraría el correo que nos advertía de no ir. No se lo dije, lo estará leyendo. Se estará cagando en mis muertos recordando al resto de medios grandes y guays entrando mientras él está perdiendo dos años cardiovasculares de vida y el concierto de la Benn Gun Mento band. Así que ni cortos ni perezosos vamos al Mar de Cristal. Quedaban los restos. Paco, Raúl, Tonne y nuestra vergüenza. Nos descalzamos y pisamos la arena. Nos alegramos de que La Mar de Músicas hubiera llegado a Islas Menores, aunque quizá todos desaban escuchar versiones rumba de Alejandro Sanz. Las estaban tocando en un bar de copas. Quizá todo era un error como decía el zagal de mi calle. El lugar del concierto, nuestro viaje a ninguna parte o quizá no. Encendimos la radio y ahí estaba la Ben Gun Mento Band tocándonos un directo en mitad de la noche, zurriendo el viento en nuestros oídos. El frenesí y la locura estaban acompañando a la música.

 

Fotografías de Diego Montana

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