Big Up! 2018: Hola de nuevo, Juarez

En rojo Big Up! formación
En negro Big Up! Calles

Son las seis de la mañana. Recuerdo dos cosas: tomar café y coger un disco. Todavía mareado, subo al coche de mi madre para ir a trabajar –he quemado mi moto de tanto huir–. Respiro fuerte y lo pongo. Dura media hora y mi viaje una entera. Soy consciente de que llevo la mitad del trayecto cuando una lágrima impacta estruendosamente contra mi pantalón. Creo, por fin, que he recuperado el apetito.

La primera vez que acudí a las charlas del Big Up! lo hice como un niño atemorizado. Periodistas, gente de la industria, músicos sobre los que había escrito, todos estaban allí. Tomé notas y apuntes. Este año Mario se reía de mí por estar dibujando mientras los ponentes hablaban. Es lo único que tengo ahora que me pongo a transcribir:

El primer dibujo es una serie de espirales que se entrelazan. Generan seres sin identidad y otras que se alejan vuelven a ellos pisándolas. En otro término emanan una serie de interrogaciones. La charla va sobre cómo un periodista debe usar sus redes sociales. También recuerdo la siguiente frase: «dale a tus seguidores lo que quieren y después escribe». Creo que el orden de los factores está alterado, pero esto es así desde que impera un número y no un criterio.

El segundo dibujo es un hombre lánguido con forma de dinosaurio (perdonad la falta de inventiva). Asistimos a una interesante mesa redonda entre expertos periodistas en la que una pregunta de Miguel Tébar enrarece el ambiente distendido y buenrrollista de la misma: «además de escribir lo bueno de las bandas que te gustan, si esas bandas lo hicieran mal, ¿escribirías lo malo?». La respuesta tras un titubeo fue: «¡Ah, pues digo yo que sí!».

El tercer dibujo es una figura esquelética deshaciéndose sobre un charco de aceite mirando cuatro rayas y media espolvoreadas de las que sale un mensaje: «Me llamo Ernesto y odio el flamenco, pero amo a Enrique  Morente».

El cuarto dibujo es un caballo sin rostro, orejas de diamante, cuartos traseros fornidos y un vientre que choca y rompe el suelo. Cuando acabé de hacerlo Carlos Tarque dijo: «Yo sería feliz tocando en una orquesta».

Tanto las charlas como las entrevistas fueron entretenidas, con especial mención a la espontánea Inés Collarte. Aunque lo mejor suele estar al final. Tomando una cerveza con Pilar y Miguel, Miguel me dijo a colación de algo: deseas hacer música abstracta con algo concreto y no sabes. Efectivamente, y además no sé dibujar, así que hablemos de conciertos.

Comienza la jornada. Este año hay dos rutas: una para vagos y otra para nostálgicos. Una que suena regular y otra que suena peor, pero oye, tiene encanto. Previo paseo, nos acercamos a verle las posaderas al personal y a –por fin, tras años de intentos– ver a la Tribu 29. No iba a permitir perdérmelos por enésima vez, no soy uno de esos murcianos abyectos. ¿Sabéis la fama de ladrones y marranos que tenemos? Pues nada de eso. El trombonista se dejó medio día el trombón en mitad de la plaza de las flores y nadie se lo llevó ni le meó encima. Aunque teniendo marineras y cubos de quintos frescos ¿quién puede entretenerse en hacer el mal? La cuestión es que cuando el chaval llegó, trombón en mano y corvas sudando, la acometida de la luz o no estaba hecha o por obra y gracia del karma la había robado otro murciano con hambre y, hasta media hora más tarde, no hubo concierto, el cual, amén del jamón prometido por la banda, no vi.

   

Con más prisa que placer por caminar, avanzamos presto, raudos, faustos (parando a por café) a la plaza de los Apóstoles. Komorebi ha comenzado un espectáculo asolado por acoples e inexistentes voces. El recorrido para nostálgicos también se desdobla en dos opciones: un técnico bueno y otro no tan bueno. No sé si Sofía (mitad de Komorebi y médico de profesión) ha acabado con la vida de algún profesional del sonido, pero si no lo ha hecho, debe. Mi gran esperanza son ellas. A todas luces un dueto encantador en el sentido más enigmático de la palabra. Dos violines formados académicamente, loops, percusiones electrónicas intercaladas con orgánicas, cantos a la madre de todos los seres, un maldito ukelele… Cualquiera querría producir un proyecto con estos apellidos (en ciertos y contados y minúsculos, aunque enjundiosos, mundos), pero las canciones no aterrizan. Sufro en el ecuador de cada una de ellas. Suenan bien, bailamos, nos pegamos, nuestras caderas se mueven cadenciosamente, pero intentan dar un paso que no les acaba saliendo. No solo hablo de pérdidas de ritmo y desafinaciones vocales, cosa que se puede achacar a nerviosismo y falta de exposición, es que el concepto no está claro y si lo que no falta son ideas, será trabajo. Como al caminante que va a Santiago, la pregunta es obligada, ¿qué andas buscando? Al final salen del escenario y tocan un tema folkie en el que Julia salta como un cervatillo. Ellas disfrutan como enanas y nosotros, público adulto, viandantes engatusados, y niños, también; pero apenas las vemos porque hordas de fotógrafos con menos educación que un mono gibraltareño, las cercan. Uno de ellos me dijo que Komorebi es un grupo de los que en dos años nadie se acuerda. Yo me consagro a la música experimental como dogma y confío en que caminarán por sus inescrutables senderos.

Al doblar la esquina nos encontramos a un Al Dual con una Gretsch preciosa tocando como si le estuvieran apuntando con un revolver. Aunque la sorpresa era buena, quien lo ha puesto aquí no previó que a una chopper de esa cilindrada, para entrar en calor, le hace falta más tiempo del que duran dos canciones, y a los que giran la cabeza cuando pasa, también.

El Niño Magnético, término acuñado (intuyo) por su padre, se acerca a ver al maestro Al Dual. Cuando termina, le seguimos. Me sorprende, como a todos, un tipo con decenas de capas de ropa empapadas en agua agitándose sobre un colchón de gomaespuma, diciendo locuras y tratando de firmar autógrafos. Se abalanza cuando alguien lo mira o directamente lo fotografía sonriendo como a un mono de feria. Con la intención de alejarlo del concierto de Austin Slack le doy conversación y lo atraigo hacia mí. Le pregunto si necesita algo y me responde a toda hostia: «NO, ¿y tú? Va a tocar la lotería, los números son 540000000005. Lo he visto por ahí, no sé dónde». Me pregunto si el Niño Magnético vive el momento en el que le tocó o en el que la ha gastado absurdamente. Sinceramente, suena que te cagas. Mezcla influencias pop, rock, funk y disco con un resultado más que refrescante. Ahora bien, te das cuenta de que algo es prefabricado cuando tu banda está formada por los colegas de tu padre, sus años de experiencia y su dinero. Un observador nacional escribió sobre el muchacho algo que le dijeron: «“Era una especie de Joselito de la guitarra, un niño prodigio que causaba asombro y sorpresa. A todos nos maravillaba por la precocidad de la misma forma que nos daba miedo que todo se truncara demasiado pronto”, describe un observador local». El observador local lo que realmente quería decir con la comparación a Joselito es que un producto es un producto y cuando el niño crece y le cambia la voz se descubre si realmente ha vivido algo. Pero como decía el yonqui empapado en agua «te juro que me quito de la droga un año por mi hija. Si eso se puede, SE PUEDE TODO».

Tras despedirme del yonqui voy a lavarme las manos. Después a ver Bous. Su soft pop de exquisitas y tímidas bases electrónicas se repiten en un bucle infinito hasta que acabado el concierto dudo si han tocado una canción o cinco. Encuentros Sonoros les hizo una entrevista en la que decían haber pasado un año (o los que fueran) sin encontrar un productor que diera con su sonido. Esto ya me lo planteé en su momento, pero viéndolos en directo ya sé por qué sonar de X manera es tan importante. Porque no hay otra cosa que hacer.

Se acaba el tiempo de la decencia. Diego y yo lo sabemos cuando cruzando al Barrio del Carmen nos encontramos a una tuna cantándole a unas mujeres. Este recorrido del Big Up!, y el Big Up! en sí, es muy divertido y no entiendo qué coño hace la gente apolillada en la misma plaza. WAW comienza su espectáculo con una bengala mientras entona la entradilla del Hombre y la Tierra. Fijaos que el grupo más absurdo de todo el evento es EL ÚNICO que ha adaptado su formato al acústico. Tanta es su integridad que no tocaron más canciones por no haberlas preparado para tal fin. Y ni falta que hizo para ganarnos con instrumentos tan castizos como la persiana de la abuela del contrabajista contrabajista o una ristra de botellas Jägermeister. Una suerte de banda que rompe la seriedad y la tontisofisticación de nuestro circuito musical sumando espontaneidad y dotes dramatúrgicas. Por ellos, Diego y yo, brindamos chocando nuestras yonquilatas.

Solo nos queda uno. Vamos.

@Hola, Juarez. He subido al coche y he puesto tu disco. Me ha costado darme cuenta de dónde estaba cuando he soltado una triste lágrima. Ahora que no veo más que una carretera a oscuras te adivino al final de ella llamándome, vestido de blanco como el líder de una secta. Eso has dicho y luego que en realidad vistes un traje de oficio; el de músico, pero yo sé que las verdades son las primeras. Me dices que vaya hacia a ti. Algunos dicen que eres el Sufjan Steven español, pero me creo más tu ladina versión. ¿Debería ir por eso? No es la primera vez que te escucho a oscuras en un coche. Quizá estoy esperando a que me des una orden como si de una canción de los Beatles se tratara. Mientras tanto disfruto de tu música. A veces me cuesta oírte, parece que no estés hablando mi idioma y subo el volumen, pero enseguida cambias la intensidad y se me cae el cigarrillo tratando de bajar el reproductor. He estado a punto de estrellarme por tu culpa, pero te sigo escuchando. Has destacado por encima de todos siendo tú solo, o tú mismo, mejor dicho. En un piojoso trozo de papel he escrito antes de ir a verte «Alex Juárez: estoy nervioso». La primera vez que te vi no me pasó, apenas lo recuerdo. Me ha costado tiempo entenderte. Tenía que subirte el volumen. Has creado una esfera perfecta de la que nadie se cae. Creo que hay más cosas en tu cabeza de las que dices. Nos cambias el ritmo constantemente y a penas lo percibimos. Entra suave como un cuchillo bien afilado y a penas sentimos que te estés acercando a las entrañas. Cuando acabas, la esfera se rompe y sin su gravedad nos caemos. Es lo que tiene que pasar. Concebimos el mundo con un principio y un fin aunque no lo tenga y solo el líder de una secta, o alguien más grande, puede crear esa ilusión. Ha pasado un día entero y he vuelto a poner tu disco otras dos veces. Estoy conduciendo de vuelta 22 horas después. Mi oficio es duro, aunque el tuyo también. Dar forma a esas canciones que te llegan o alguien te canta desde algún lugar.

Fotos de Diego Montana.

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