Una escena ilustrativa del actual abismo que media en España entre el mundo civil y el militar: el cesado conseller Vila, arrastrado por la vorágine de la historia –o más precisamente, de querer hacer Historia–, pasa una noche en prisión. Allí, el compañero que le toca en suerte, al descubrir que todo un político que tuvo el arresto suficiente para llevar a su país a la hecatombe no sabe hacerse la cama, le comenta mientras acude al punto en su auxilio: “se nota que no ha hecho usted la mili”.

Ciertamente, con la transformación –coronada por el éxito– del ejército nacional en ejército profesional, donde sólo cabe quien pretenda iniciarse en la carrera de las armas, el civil ya no puede hacerse una idea cabal de lo que se cuece en los cuarteles. Desconoce toda disciplina que no sea la del trabajo, la del partido, la del mercado; por consiguiente, la vida castrense no es para él más que una alucinación prehistórica, del todo ajena a la vida real.

Según cuentan, aquel viejo sometimiento de la mili, por el cual el ciudadano se veía obligado a abandonar su condición para ponerse en manos de la disciplina de cuartel por el plazo de un año, nada tenía de adiestramiento militar y mucho de preparación para la obediencia. Tanto es así que mi padre, durante su destino en La Laguna allá por el año 74, dio con sus huesos en el calabozo por un acatamiento ejemplar y riguroso de la obediencia: mientras una noche hacía guardia en la caseta, apareció ufanamente un superior a los mandos de su nuevo automóvil; cuando hizo ademán de entrar al cuartel, mi padre, que lo conocía perfectamente, no pudo menos que apuntarle con el cetmen, exigiendo al punto la identificación de aquel sujeto que pretendía violentar el orden: al parecer iba vestido de civil. A ese grotesco, paradójico sentido del deber había de añadírsele el carísimo y anacrónico mantenimiento que suponía movilizar a una generación entera y darle acomodo en cuarteles de todo el país, así como los centenares de vidas cobrados cada año durante la instrucción. Resultado: el progresivo aumento de los objetores de conciencia a partir de la muerte del dictador devino en la supresión del servicio militar obligatorio de la mano de un presidente conservador hoy tildado de fascista.

Desde entonces la relación entre ejército y sociedad se ha volatilizado de la esfera pública, salvo exabruptos trasnochados de los que creen en la doctrina de la obediencia –sea militar o de cualquier otra índole– como remedio para los males que aquejan a la nación. Pero –me digo– no sé hasta qué punto la pérdida de contacto del ciudadano común con el ejército tiene un punto de irresponsabilidad: a fin de cuentas, el viejo ideal republicano de la Atenas de Pericles y la Roma de Cicerón imponía como precepto que todo ciudadano se ocupara de las armas, e incluso hoy día, democracias poco sospechosas de militaristas como Finlandia, Noruega o Alemania –insisto, hoy día–, sin olvidar el admirado ejemplo de la Confederación suiza, tienen por obligado un servicio militar de unos meses, en Suiza con el añadido de unas semanas al año dedicadas a la instrucción y de por vida. Me pregunto –entonces– si en esa dejación del poder militar en manos exclusivas del profesional no hay algo de renuncia idiota. Pero idiota en el sentido del griego antiguo, idiotés la palabra: aquel que delega tranquilamente en otros el cuidado de lo común y, por tanto, suyo.

 

Rafael Belchí
Rafael Belchí

Ingeniero de Caminos que asegura serlo. A diferencia de otros, no espera que la humanidad haya de pagarle por ello, esto le lleva a sumar espadas como lugarteniente de esta página. No obstante, tiempo acaeció desde su última aventura internáutica, en un blog pretendidamente cultural, violentado sin motivo aparente, labor por la cual su pellejo se vio en palpable peligro a cambio de no cobrar euro alguno. Pasa los días intentando comenzar Moby Dick, sin esperanza siquiera de leer la nota del traductor

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