Albert Pla en la Sala REM: Un pez en una pecera y al final me enamoré del gordo

Acabo de salir de currar. Hoy me toca iluminar a un violista y a su pianista. Cosa fácil, mi mala suerte es que habían alquilado incorrectamente un punto de carga para coches eléctricos, la grúa se ha llevado el Tesla y han llegado a media hora de que esto empiece. Así que, una vez sé dónde se van a poner, los estoy echando del escenario para no acabar tirándoles un foco en la cabeza. No es muy difícil iluminar a un par de personas. Solo hay que no tener mal gusto y saber dónde poner el foco, pero vamos, que al final el músico te dice «dame menos luz, que si veo al público no sé tocar» y tu jefe te dice «dale más luz, que no se ve un capullo» y ahí empiezas a estar jodido. Entonces salgo de currar y me voy al Jazzazza, que está más vacío que el corazón de un intérprete de conservatorio, me bebo una cerveza y un tipo que no sabe conducir coches me informa de dónde están todos los controles de tráfico de la región y me pregunta que si nos vamos de fiesta y entonces viene otro tipo con barba, se acoda en la punta de la barra y, durante unos eternos 20 segundos, se reta la mirada con el tipo de los controles sin hacer un solo ruido. Silenciosamente, cojo mis cosas. La camarera, con gestos, dice que me invita y me voy por donde me ha dicho el tipo, pero sin el tipo.

Estoy llegando a la REM para ver a Albert Pla. A Diego le han dicho que no estamos en lista y, aunque no debiera, estoy contento. Con la tranquilidad de alguien a quien le importa más bien poco perderse el enésimo evento social, me planto en la taquilla y consigo las acreditaciones. Conforme entro me cago en mi yo lúcido eternamente nervioso y enfermo que le habría acabado vomitando en la falda a la pobre taquillera intentando conseguir los pases de algo que realmente le importara. Así que ahí estoy, contentísimo… pero tranquilo, en algo así como quinta fila en el pasillo que lleva al meódromo. Cada brazo que me roza, cada imbécil que se me cae encima, cada fotógrafo que pasa su puño derecho en alto con su cámara, puño izquierdo con un cubata, me pregunto quién diseñará estos espacios. O sea, qué iluminado ser construye un escenario justo al lado del pasillo para mear, que a su vez corta una barra. Pero bueno, no soy arquitecto aunque, espero, tampoco lo sea el dueño del local que prefirió tener dos salas incómodas en vez de una decente. Inevitablemente tienes al público torcido hacia un lado como un falo. Y todo el mundo toca la parte torcida de ese falo. Me siento continuamente violado, así que abandono a Diego y me voy a la parte derecha, en la que no se ve nada porque está jodidamente a la derecha, como un falo inverso. Ahí la gente está hablando a nivel obrero en un andamio con obrero en otro andamio. Gritan cosas sobre españolistas. Una muchacha echa a insultos a un muchacho que se le ha puesto delante. Sus amigas le aplauden. Él se disculpa. Se va. Ellas dicen que vaya gilipollas, que a los tíos hay que dejarles las cosas claras. Él le dice a sus colegas que vaya zorra. Así que vuelvo con el rabo entre las piernas junto a Diego a que se me sigan restregando porque en el fondo soy diestro y mi pene se inclina hacia ese lado.

Voy a hablar poco de Albert Pla. O a intentar sintetizar. Albert Pla es el resumen del español medio: un tipo que creó un personaje, se lo creyó y cuando lo tratas 15 minutos descubres que es un poco gilipollicas. Pensemos en otro usuario medio de Facebook. Hace dieta vegana, va al gym, dice gym, opina sobre política lo que opinó un tertuliano de 10:30 a 10:35 en el programa de Ana Rosa, sube 4 fotos a la semana de algún evento social y otras 4 de sí mismo en alguna postura medio rara. Lo que ocurra en la realidad es asunto suyo, nunca tuyo. Lo que ocurra en Internet es asunto tuyo, no suyo. Albert Pla es muy gracioso. Se disfraza de persona disfuncional, habla como una persona disfuncional, susurra, “gangosea” y hace letras muy divertidas. Es un cuentista. Vamos, que cuenta historias que se le van ocurriendo. No es músico, es teatrero. Me lo imagino componiendo sobre la marcha. Soltando frases al aire mientras toca dos o tres acordes. La capacidad extraña de convertir la improvisación en canción. Él la tiene. Además es un punkarra, un tipo irreverente que soterra todas sus canciones con ironía y dobles sentidos. Cualquiera diría que las escribió en el contexto de una dictadura, o de un esclavo negro hablando de matar a su mujer cuando en realidad hablaba de matar a su patrón. Pero vale para 15 minutos. Es diver. Mira al esquizofrénico; qué loco que está; jaja; jeje, jiji, juju. Mira, ha vuelto a hacerse el esquizofrénico. ¡Y otra vez! ¡Y otra! ¡Y otra! 15 minutos de fascinación, 1 hora de aburrimiento. Predecible. Carismático, sí, pero flojo.

Lo que gusta de Albert Pla es que es una especie de loco al que podemos observar a través de una pecera. No nos hace daño, no nos agrede, nos divierte y no tenemos ni que olerlo. Hay cientos de personas así en el mundo. Sal a la calle, acércate al tipo que viste con ropas raídas, no lo eches. Ese tipo es de verdad, no es un pez. El que sí es de verdad es su gitano, Diego Cortés. No sé por qué, quizá el que se está volviendo loco sea yo, pero es hermosísimo. Un tipo gordo con tracas, cetrino, verdoso, y unos labios… parece que alguien se hubiera pasado un mes dibujándolo mirar, sonreír y perfilar aún más las líneas de su faz. A pesar de ser un gitano bello con facciones morunas, es un animal. Lleva no-sé-cuantísimas pastillas por dentro de la guitarra para hacer distintas percusiones con ellas. Y saca un sonido comprimido, empastado, electrónico, una puta barbaridad de tío. No tiene el mayor de los gustos para tocar flamenco, pero no se le pide elegancia sino barbarie, y, si te aguantan los oídos, con eso es suficiente.

Empiezo a estar taquicárdico. Me ofrecen un fármaco derivado de la anfetamina y lo rechazo por miedo a que me dé un infarto. Lo cómico es que a pesar de ello la novia de un amigo me toca por la espalda y me dice que soy la persona más estática que ha visto en su vida. Joder, me gusta disfrutar los conciertos tranquilo a no ser que los goce tanto que me den espasmos o baile, como me pasó al ver al Mena sudar. Otros los examino y para eso no puedo moverme. Pero si doy esta explicación es porque llevo un rato pensando si alguien se daría cuenta de que estoy demasiado quieto. Claro, es como el capítulo de los Simpsons en el que Homer va al cine y alguien dice: Eh, hay alguien aquí que no se está riendo. Yo no quiero que me echen a patadas como a él, por eso temo que me descubran. Temo ser señalado por no disfrutar de ello, pero más bien temo ser reprendido por ello. Al fin y al cabo, escribir es enfrentarse al público, al músico y en última instancia a ti mismo. Así que me bloqueo en esa primera parte del proceso creativo. En esas cábalas, Albert Pla baja al público y nos examina con una linterna. Un ejército de móviles captura el momento. Hay tantos que si se juntaran se podría emitir un vídeo en directo de 360º. Cuando Albert se acerca a algún oyente ese se pone a bailar desenfrenadamente. El Loco te tocó con la varita, actúa como él. Y yo en ese momento temo por mi integridad, porque si se me acerca voy a seguir sin mover un solo músculo.

Salimos. Diego está feliz, incluso habiendo echado la única foto buena cuando no lo iluminaban los focos del escenario. Me preguntan que si me ha gustado. Digo que sí. No me apetece bregar. Diego que es listo e hijo de puta, no se conforma y me acusa de odiar a Queen entre fans de Queen. Me defiendo como puedo y salgo corriendo. Si hoy he descubierto algo es que el equilibrio existe. He dejado de amar al artista estrambótico para dejar de odiar a los gordos. Me he enamorado de un gordo. Tampoco creí que alguien que consideraba transgresor, ácido y verdadero fuera simple y llanamente un fantoche. Un hombre con traje de pez en una pecera.

 

Fotografía de Diego Montana

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