Alba Molina y Joselito Acedo, Koniré y Cabo de Palos: «Naufragado» [La Mar de Músicas 2018]

Ángel Guirao se recuesta sobre unas rocas en mitad del mar. El viento le ha abierto la camisa y el sol le pega en el pecho. Yo lo observo desde una roca en alto. Toda la ansiedad que traigo se va. Todo el pensamiento banal que proceso se para. Lo que queda de mis ojos al achinar los párpados es lo único que necesito para recibir lo que deseo. La paz de otro, inmensa, absorbida a través de unos pocos milímetros. Su torso desnudo, hermoso, empapándose de mar a través de los rayos del sol. Tras quince minutos disfrutando de su naufragio debo abandonarlo. El cuerpo me pide más belleza y Cabo de Palos la tiene. Me siento un paleto al haber pisado miles de veces los mismos chicles ennegrecidos de las mismas losas de las mismas esquinas de la misma ciudad y no haber venido nunca a este paraíso. Exploro, corro, salto y me mojo la nariz y las manos y observo cómo las olas rompen bajo mis pies contra la vida. Una mujer y su marido caminan por las rocas agarrándose a los pellejos del otro el uno así como del otro. Un hombre duerme sobre un manto de algas, o lo que podría ser un cadáver arrastrado a tierra por la marea. A lo lejos un grupo de amigos chapotea semidesnudo. Sigo corriendo y veo a una mujer solo cubierta de piel leyendo en mitad de un risco. Aunque estamos a 300 metros, me doy la vuelta por vergüenza. Quizá me hayan educado demasiado bien en el respeto a la intimidad, aunque pienso que es una enajenación ficticia pues cuando paseo por la calle de noche y me encuentro a una mujer sola me cambio de acera por miedo a asustarla. Aparece Ángel. Necesita bañarse, pero le digo que tenemos prisa. Caminamos lentamente hacia la moto; compramos una botella de agua y nos la echamos por encima. Es demasiado tarde para volver a las rocas. Nos estamos equivocando.

El año pasado coincidió que los últimos conciertos a los que asistí fueron los mejores. Quizá partía del hecho de que estaba profundamente enamorado de la persona con la que los iba a compartir, quizá no fue tan subjetivo sino que los dioses quisieron sonreírme. Este año solo hicieron una mueca. Muchos no estuvieron al nivel y otros ni sucedieron lo que me hace reflexionar sobre cómo este festival puede seguir siendo uno de los mejores a nivel nacional sin haber hecho una gran edición.

No quiero escribir sobre la música que escuché sino sobre los lugares que vi y eso carece de valor periodístico. Se me ocurre ahora mismo que podría describirlos así, como lugares. Aparcamos detrás del Ayuntamiento y le pregunto a Ángel qué suena. Dice que es música de entretiempo. Seguimos equivocándonos. Eivor ha perdido su vuelo y la han sustituido por Koniré. Es una banda divertida y marchosa. Una batucada que ha trascendido lo meramente rítmico. No obstante nos preguntamos si no había otro cover de un espectro parecido a Eivor para no provocar una lipotimia en vano a todos esos adolescentes darks que se han acercado una tarde de finales de julio vestidos y maquillados de negro.

Ángel entra al chino y antes de que pueda articular palabra, la dueña pregunta: ¿Qué whisky quiere? La situación es tan absurda que le preguntamos qué oscura magia ha usado para acertar. La mirada, contesta. El flamenco es un exabrupto y hemos decidido entonar del mismo modo. Nos equivocamos. Alba honrando a sus padres es como el Segura después de su paso por Molina. Desde Murcia ya huele y cuando llega asusta lo verde que está. La Lole, como la sardina, emerge de entre las aguas y canta solventemente una canción. A la siguiente ya se está hundiendo en el fango. El respetable ayudó a mantener la farsa. Bueno, vino a ver a una leyenda, se puso en pie para recibirla, para despedirla, para abrir el gaznate cual sumidero, pero aunque beba de la misma orilla no tuvo la indecencia de ovacionarla hasta obligarla a repetir. Y gracias a Dios porque aunque Joselito Acedo es un guitarrista como la copa de un pino no fue capaz de enganchar el gusano en el anzuelo. Como diría el tipo del vídeo tan famoso sobre el puente de los Peligros: ¿El río? Una mierda.

 

Ángel está derrotado. Nos tumbamos en mitad de la calle a fumar y a escuchar música, y por fin, Google, un algoritmo carente de emociones, nos entiende. Suena All I’ve Ever Known de Bahamas. Me levanto y bailo. Ángel lo hace tumbado. De algún modo volvemos a estar en Cabo de Palos pero ahora no solo él es hermoso. 6 horas después estamos haciendo lo que debíamos y la ansiedad vuelve a desaparecer.

Me queda una crónica por hacer y no sé qué más decir. Concebir el periodismo como lugar y no como acción. Quizá. Eso también debe cambiar. Lo que conocía se ha vuelto distinto. El pecho de Ángel Guirao puede ser más hermoso que cualquier concierto.

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