Afenginn, Songhoy Blues y Gregory Porter: «Dadme de comer» [La Mar de Músicas 2018]

El pasado domingo tocó Afenginn en la plaza del Ayuntamiento de Cartagena. No recuerdo cómo acabé allí, ni con quién fui. Cuando uno acude muchas veces al mismo sitio pierde la consciencia del lugar y del tiempo. Ir a trabajar durante la semana puede convertirse en un ente llamado ayer que no determina si fue lunes o viernes. Pero uno va porque ha de vivir tanto el lunes como el viernes como ayer. Va a por su comida. Y yo voy a Cartagena a por la mía. A las 6 de la mañana empiezo a maullar, araño todas las puertas, intento tirarlas abajo, muerdo piernas, las persigo, me interpongo y me sacio; y a veces no, a veces ni me termino el pocillo y nunca quiero más, siempre quiero menos, pero siempre me como lo que me comí ayer. Sé que a las 6 de la mañana de un día que siempre es ayer tengo que comer.

Estos daneses son hijos de la epicidad vikinga bien conducida por las neodramatizaciones televisivas, no la de esos vikingos que entraban en sus barcos por los ríos, acuchillaban a toda la población, la violaban y giraban por el siguiente afluente a hacer más de lo mismo. Demos gracias a que musicalmente eso no le interesa a nadie y las propuestas nacen de otro lugar más hermoso. Afenginn es uno de esos grupos en los que los músicos se retuercen y se alejan de sus instrumentos mientras tocan, como si les quemara tanta emoción. Parecen una hipérbole de ese tópico, pero quizá sea este un ritual de signos necesario para hacer una música tan hermosa. Bien es cierto que un acto de valentía habría sido plantar en el centro al pianista, cantante y verdadero showman del grupo, pero supongo que sus pintas de guiri recién llegado a Benidorm no ayudaron mucho a tomar esa decisión. Al frente estaría el líder y llamativo Kim Rafael Nyberg, que sostuvo una mandolina, que apenas pudimos escuchar, durante todo el concierto. La actuación bajó en profundidad pero ganó en frenesí cuando a mitad dieron un giro del post clasicisimo vikingo épico al klezmer. Los que somos carne de música judaizante no tuvimos más remedio que disfrutar de un estilo que le sienta mejor a los polacos que a los daneses.

Tras ellos, nos deslizaríamos entre sudores a tomar el té ardiente de Songhoy Blues. No tengo mucho que decir. Es desert blues de manual. Buenos no, buenísimos, y tienen un frontman diminuto que vale por tres gigantes. Pero cuando veo este tipo de propuestas me invade un sentimiento similar al que tuve conversando con mi amigo Ángel Guirao. Estaba yo emocionado hablándole del libro que me estaba leyendo en nuestra estancia en Portugal, Los cipreses no creen en Dios, y al ver que no se animaba a entrar en la conversación le pregunté qué tipo de literatura consumía. El respondió solemnemente: «Yo no leo libros, solo manuales técnicos y, a ser posible, de electrónica». Se giró y siguió mirando la televisión. ¿Entendéis?

Luego subiríamos a ver cómo Gregory Porter se follaba a media Cartagena. Edificios, fachadas, monumentos, el puerto, la mar, a los asistentes, se folló hasta a los guardas de seguridad. Se folló las carreteras, los árboles, los jardines, los parques, los columpios, y cuando no quedó nada por follarse, se fue a su casa. He de decir que durante el concierto una mujer muy atractiva me miró intensa y continuadamente (creo que la perilla) y aún así me sentí más atraído por Gregory Porter, al que dejé penetrarme. Por Dios, qué tío más bueno, elegante y qué banda tan compacta. Pero, joder, hay tal exceso de sensualidad en cada canción que es imposible no echarse la mano a la entrepierna y ver si ha depositado su simiente.

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