28–7–29, Pink Martini en Oxford

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Relato I (Curso escritura)

«Relato I» encabeza esta historia. Llevo un día en un curso de escritura y mis apuntes se han limitado al título. Empiezo en esta página para comprobar si es cierto que nadie te puede enseñar a escribir. Se trata de aprender. Por ejemplo, la Terol ha querido aprender a su modo y su modo ha sido largarse solica a otro país a trabajar o a estudiar. Humphrey quería ser cocinero y como no entendía ni leches de inglés aceptó un trabajo de mesero creyendo que era de pinche. Dice que a los clientes les preguntaba de qué equipo eran. Un día dejó de perderse a la segunda frase. Yo nunca aprendí a hacer esas cosas, pero sí a sobrevivir al margen. Cuando tus pintas son malas pero tu higiene buena tienes dos opciones: coger los restos de comida que la gente se deja sobre la mesa o hacerte de querer hasta que por voluntad ajena te invitan a comer o a dormir en casa ajena. El plan A es dormir en la calle o en el monte y aguantar el frío aunque llueva; el B es ser un lazarillo, un perro y nunca pedir, solo optar. Acabamos de llegar a Gatwick (aeropuerto de Londres). Adrián lleva 5€ y yo 30€. Ángela tiene una tarjeta y es la única que nos puede salvar. Adrián pone cara de perro. Ángela le dice que los perros no saben fruncir el ceño. Hemos pasado la noche en vela fumando y bebiendo. Después de cinco cafés me recuesto sobre un banco y cierro los ojos. «Good Morning» nos dicen un subfusil, dos policías y un perro amaestrado. Humphrey lleva un pollo de speed en el calcetín. En momentos así percibes lo lenta que puede pasar la vida y lo rápido que, de haberte metido medio pollo, te habrías delatado. Hemos venido a pasar unos días a Londres antes de ver a Pink Martini en Oxford. En el autobús se me plantean dos opciones de nuevo: preparar mis oídos para el concierto o bien crear mi propia banda sonora. Enciendo el móvil y ellos me eligen a mí. Warren Ellis y Nick Cave me tienen preparado un látigo llamado White Lunar (2009).

La Hollandaise c.1906 Walter Richard Sickert 1860-1942 Purchased 1983 http://www.tate.org.uk/art/work/T03548Cuando no tienes dinero son pocas las cosas que puedes hacer. Por ejemplo, dejar la mochila que está acabando con tu espalda. La National Gallery es gratuita, pero para poder entrar debes pagar 5£ de consigna. Dadas las circunstancias paramos en el Museo Nacional del Retrato. Allí la consigna es gratuita, pero ¿quién en su sano juicio quiere ver una exposición permanente de retratos y bustos ilustres, inertes y carentes de arte? Joder, ¡¿dónde queda el museo nacional del bodegón que me voy ya mismo?! A las puertas –en la calle– solo hay una zona para músicos. Se van turnando. Hasta estos tíos hacen una mierda comercial que podría estar sonando en cualquier cadena. Todo es un pastiche. Excepto El Italiano. A los mediterráneos se nos ve cuándo queremos meter la mano en los bolsillos de incautos. El tío, por tanto, es honesto. Tiene una bici modificada para girar a la derecha cuando gira a la izquierda y viceversa. Nadie lo consigue. Quien prueba paga y quien mira también. Aún no sé a qué lado de la carretera mirar –ni al final del viaje lo supe–. Esa bici trata de demostrar que los automatismos aprendidos por el cerebro están tan interiorizados que necesitaríamos una reeducación de semanas o meses. Al italiano esto le importa una mierda, lo que demuestra que cualquier persona con necesidad y un poco de ingenio es capaz de hacerte pagar por lo que sea.

Estamos en un puto Starbucks porque en esta ciudad es imposible encontrar café bueno y barato. Ángela no puede más, ni siquiera bebe café por no lidiar con su úlcera. Adrián, que es capaz de dormir en cualquier sitio, tiene la mirada perdida. Yo siento vahídos que me acercan salvator-rosa-witchmás a la muerte que a la vida. Nuestro albergue está a 9 km del centro y por fin hemos desechado la idea de ir caminando. Las habitaciones se conforman por 3 literas de 3 pisos y no hay espacio para que 2 personas estén de pie. Un señor gordo con tirantes y sombrero que parece haberse dado al viaje tras su divorcio, discute con los gerentes para buscar una mejor habitación. No lo consigue y su mala hostia se transforma en un ronquido infernal. Hemos salido a beber whiskey al frío callejero. Los zorros buscando comida nos bordean como un mal presagio. Al encamarnos me sube un calor febril, ni duermo ni descanso y como compensación a la mañana siguiente amanezco frente al culo desnudo de una hermosa inmigrante. El señor aprieta pero no ahoga aunque seguimos siendo zombies buscando buen café y por fin, en la cafetería más mugrienta del extrarradio, encontramos café griego barato y bueno –ese orden es importante–. También encontramos una iglesia donde todos saben cantar y tienen un programa especial de asistencia a los refugiados sirios. Jugamos al dominó y, mientras Adrián se enfrenta a un baño pintado con heces,
leo en el periódico: «Fan de Breaking Bad pasa una noche drogándose y teniendo sexo homosexual con un policía. Finalmente lo estrangula, descuartiza y lo baña en ácido». La cara del hombre, extraordinariamente elegida por el editorial, es realmente perturbadora. La Terol me dejó muy claro que Londres no es un lugar seguro y esta noche nos toca pasarla a la intemperie en Oxford, así que vamos al albergue de una conocida a dejar las mochilas. Ahí conoceríamos a un hombre que sin ser fan de Breaking Bad y sin haber bañado en ácido a nadie, causaría la misma perturbación fotografiado y sin titular.

La mano rota del rumano

RUMANO– Vine con 1500£ y perdí 1200£ en dos semanas. Esta puta ciudad te mata, tío. ¿Fumáis? Me voy a hacer un porro. Me pusieron una multa –saca la multa–. 80£ por fumar un puto porro, tío. Vienen vestidos como tú, te piden fuego y te cagan en la cara esos hijos de puta. –Mira fijamente a Adrián– No serás tú un puto poli, ¿eh?

ADRIÁN– No, no. Mírame, ¿cómo voy a ser un poli? –Adrián lleva un gorro negro, dos chupas de cuero negras, pantalón negro y zapatillas negras–.

R– Más te vale porque si eres un poli te rompo todos los putos huesos, cabrón.

FRAN– ¿Tanto cuesta vivir aquí?

R– Joder tío, los ingleses son la peor mierda de Europa. Un amigo me dijo que en 2 semanas encontraba trabajo y a las 2 semanas le dije, como no encuentres nada te rajo la cara y bebo tu sangre. A los 3 días me encontró una cosa, si no lo mato. ¿Esa es tu mujer? ¿Dónde os quedáis?

A– En ningún sitio. Vamos a dormir en la calle.

R– ¿Cómo que en la calle? ¡¿Por qué?! ¡¿Estáis locos?! Esta ciudad os mata. Dormid aquí. ¡¿En la calle por qué?!

A– Na, somos de España, venimos de viaje, por un día no pasa nada.

R– Ahhh, España… si no os diría que os quedarais a trabajar. Cómo echo de menos la puta comida, tío. Esta gente no sabe qué es eso. He perdido el móvil, algún hijo de puta me lo ha robado. ¡JODER! ¡Como lo pille le arranco la puta cabeza! O a lo mejor he sido yo porque soy un mongolo. En estos albergues la gente es una desgraciada. Me han robado 3 veces. A uno lo pillé. Le dije «¿qué se te ha perdido ahí, qué buscas, te ayudo?» ¡PAM! Le reventé la puta cabeza –ríe–. Aquí o vas fuerte o te comen. Me voy a dar un paseo porque estoy muy nervioso. ¡¿Soy tan mongolo de haber perdido el móvil?! JODER.

A– ¿Has estado en España?

R– Claro, tío. Los mejores años y estoy deseando volver, pero no puedo. Yo vivía en un edificio pequeño y había unos tíos que les pegaban a sus mujeres y a sus hijos. arte-locos-historia-arte-blog-alegoria-triunfo-venus-mil-historias-arte-blogVenga, hijo de puta, un día vale, dos también, tres bueno… pero al cuarto los cogí a los tres, a uno lo tiré por las escaleras y le reventé a patadas, al otro le rompí un baño en la cabeza y al otro le dije que fuéramos a la calle. El tío era más grande que yo, pero con un rumano loco no te metas. 7 años de cárcel. Me vine a Londres. No puedo volver a otros 5 países. Tengo 32 años, llevo 1 aquí y ya he pasado 2 noches en el calabozo. Si me cogen voy sumando años y no salgo hasta los 45. Me joden la vida. ¡¡Pero como vuelva a España a esos tres los mato!! A otro tío que estaba insultando a su mujer, iba yo con Vanesa por la calle y me dijo «por favor, no vayas». Le estampé las costillas contra un bordillo y a uno que llamaba a la policía le dije que le arrancaba el cuello. Acabamos los dos en comisaría y los policías me dijeron «atiende, rumano, porque esto que vas a presenciar no lo has visto nunca». Joder, estuvieron toda la noche dándole una paliza. Casi lo matan. La cabeza no se la tocaron y yo llamé a mi abogado para contárselo todo porque esos hijos de puta a mí no me cargan los delitos.

La violencia del rumano cada vez va en aumento así que, por medir, le miro las manos. Tatuajes en los nudillos e índice roto. No para de fumar, dice que la medicación no se la toma porque si viene alguien a pegarle no es capaz de contestar y con los porros sí. Nos cuenta cómo perdió 70.000£.

R– Cuando no tienes dinero piensas en todo lo que podrías gastarlo, pero cuando lo tienes no sabes en qué. Deja de tener importancia, no sirve de nada y sigues apostando. Entré con 2000 y gané 70.000 y lo aposté todo a mis números: 28 y 29. Cayó en el 7. Me quedé como un tonto… ¡Siempre que pasa eso te dan unas ganas de matar al tío de la ruleta! ¿Ves ese coche? Podría tener 3 y mírame, no tengo nada. Uno no sabe lo que es el dinero hasta que se lo ha jugado. El puto móvil. ¡COMO PILLE AL MONGOLO LO MATO! O igual he sido yo porque soy un tonto de los cojones… ¡joder! ¿Habéis hecho correr alguna vez a un portero de discoteca?

A– No.

R– ¿Sabéis cómo lo hice yo? Con una pistola de agua.

Adrián y yo respiramos por fin con una historia graciosa y entrañable, pero añade:

R– Llena de gasolina y un mechero.

Nos reímos histéricamente. Luego cuenta que una vez un tío miró a su novia y le rompió la cara después de decirle que se fuera a su casa a hacerse una paja. Ángela dice que ella puede defenderse sola. Él le dice que le va a enviar a dos rusos grandes a ver qué tal. Dice que no nos entiende, que su mujer es su mujer. Hay un silencio y entonces me mira con curiosidad.

R– Yo a ti te conozco de algo.

F– Ni idea, no creo.

R– Sí, ¿has estado en Madrid?

F– No –miento–.

R– Sí, tú has estado en Madrid en la sala Independance –prueba con tres más–. Sí, yo te conozco.

F– Qué va, rumano, no he salido por bares allí.

R– Pues de Valencia.

F– Puede que en Valencia sí, pero lo dudo –no sé por qué cojones he dicho eso–.

Estoy tranquilo pero sé que si dice de conocerme será porque o le debo dinero o porque le he mirado las tetas a su mujer. Nos despedimos antes de que nos diga que le hemos robado el móvil, o que descubra que Adrián es policía o que simplemente se saque la pistola de balines con la que ha calculado la distancia para poder matar a un tipo, y finalizo:

F– Lleva cuidado, rumano.

Me responde:

R– Que lleven cuidado conmigo o si no van a acabar en el hospital.

Vamos a beber cerveza. Cogemos un bus a Oxford. Me engancho con Ellis y Cave. Una bruma espesa cubre el paisaje mientras suena The Rider. Dice Cave «‘When?’ said the moon to the stars in the sky. ‘Soon’ said the wind that followed them all». Y le sigue; «‘Who?’ said the cloud that started to cry. ‘Me’ said the rider as dry as a bone». Son lamentos ondulando sobre un sintetizador inquietante. Estoy desfallecido y los 15€ en comida que Adrián trajo de España están empezando a pudrirse. A los tres cuartos de canción un ruido de máquinas estridente amenaza con volverme loco. «‘No’ said the moon that rose from his sleep. ‘No’ said the cry of the dying sun». Esta debe ser la banda sonora que destroce las mentes de estos desheredados que por aparente similitud se acercan a nosotros. Me duele la cabeza. La noche oculta los campos, el ganado y el cielo. Llegamos tarde al concierto porque por fatalidad seguimos siendo murcianos. El reloj marca las 19.27 al tiempo que vemos al primer vagabundo durmiendo en la puerta del teatro. Colamos una botella de whiskey. Son las 19.30 y Pink Martini, la razón por la que hemos hecho tantos kilómetros sin dinero, va a comenzar a tocar.

La conga de Pink Martini

Por fin estoy en un concierto en el que cuando el grupo habla en inglés el público no se esfuerza por reír para demostrar que lo ha entendido. Esto está lleno de viejos podridos, es normal, hemos venido a ver al grupo más chic que puede poner hilo musical a un salón lleno de gente cenando. Dicen los grandes periódicos:

‘One of the worlds most elegant live bands. A repertoire embracing samba, chanson, Neopolitan ballads, Japanese Pop and much more besides.’

The Times

‘An international phenomenon mixing glamour and sophisticated easy listening with multilingual songs and the unexpected.’

The Guardian

Llevo años respetando a Thomas Lauderdale (pianista y compositor) y por fin puedo dejar de hacerlo. El tío, además de mover los brazos como si estuviera lanzando ingredientes a una pócima arcana, ha desterrado todo acto de profundidad del concierto. Simplificando: lo ha convertido en una verbena –joder, acabaron haciendo una puñetera conga, moderada, eso sí–. Los temas festivos se suceden y además son especiados con colaboraciones tan ridículas como la de la cantante Miau Miau ataviada de peluca y corset que le desparrama los senos mientras dos despistados señores del público le acarician las piernas para hilarizar su interpretación del clásico Ne me quittes pas. El público inglés se deshace en carcajadas por lo picante del espectáculo y solo falta que alguien tropiece y caiga de espaldas para convertir esta exaltación del humor británico en la mejor noche desde que Albert, el mayordomo jorobado, tropezara con una cáscara de plátano. Tanto es así que cuando Adrián corre a bailar poseído por el espíritu de fiesta, el inglés que tiene a su derecha le impide pasar porque no es correcto que alguien disfrute de un concierto más que rascándose la barriga desde su butaca. El mejor momento lo protagoniza el cubano que colabora con ellos hoy cantando Yo te quiero siempre de Ernesto Lecuona y eso a pesar de no dar casi ni una nota. Nos preguntamos si esto es propio de la orquesta o bien han rebajado su espectáculo para hacerlo accesible a los pérfidos británicos. Fuese como fuere, estando aquí siento más que nunca la náusea que me genera esta parte de Europa y los prejuicios que la demarcan que, quizá por nacionalidad, sean míos.

Las cortinas de Humphrey

Decepcionados nos vamos a una plaza sin alumbrado. Sacamos los últimos restos de comida sudada y podrida y comemos. Un tío le grita a su novia I DON’T LIKE SELFIES y sigue gritando eso mismo mientras gira en su bicicleta. Adrián ha esperado amablemente a que un tío se metiera un pico en el brazo para poder mear. Tan educados son los ingleses que se disculpa al salir del baño. Llamamos a Humphrey. Humphrey es un cocinero anarquista que conocimos bebiendo cerveza en el aeropuerto. Vive en Oxford y ahora mismo está en un bar bebiendo solo. La situación en su cranachpiso no es muy buena. Vive con una stripper, su novio agorafóbico y la madre del novio. El novio tiene ataques violentos que le llevan a destrozar las puertas de la casa. Todas han sido sustituidas por mugrientas cortinas o en su defecto toallas. Hasta las paredes están llenas de agujeros. A la stripper la echaron del club donde actuaba y ahora se dedica a hacer porno online con el agorafóbico. La madre sufre por la enfermedad de su hijo y al parecer no deja a Humphrey meter mujeres en su piso. No sabemos por qué pero la excusa que se le ocurre a Humphrey es la siguiente:

H– Para que no se enfade le voy a decir que venís a pillar hachís, y no a dormir.

En algún universo que desconocemos traficar con droga en una casa ajena es mejor labor que dar cobijo a gente sin dinero. Así que allí vamos, dispuestos a fingir adicción al THC –aunque la pinta ya la tenemos–. Humphrey saca cerveza, algo de comer y nosotros estamos dispuestos a reconstruirle las puertas, lamer pomos o a practicar bondage con él si hiciese falta. Por la mañana nos hace 2 cafeteras, ¡2!, para que dejemos de saborear el asqueroso café aguado londinense. No sabemos cómo agradecerle que nos salvara la vida, así que nos invita a beber cerveza en un bar que tiene 800 años de antigüedad y a comer pasteles de 7£. La vida de Humphrey le ha obligado a acogernos. Es un exiliado, un tío con ideales y principios y está acabando por ser un alcohólico ya que este país y el nuestro le roban la esperanza. Y es universal que la mayor generosidad proviene de mendigos, o así lo he sentido yo tocando en la calle. Humphrey nos dio el poco aceite que le quedaba en su garrafa y arriesgó su alquiler por guardarnos del frío y el hambre. Con la confianza de haber dormido todos en la misma cama, nos contó que la razón por la que no le dejaban entrar mujeres y sí drogodependientes es porque el suelo es de madera hueca y una mañana al salir de su habitación él y dos amigas, la stripper, el agorafóbico y la madre, con ojos ensangrentados, lo abroncaron por no haber podido dormir. Recuerdo una frase que le han espetado: «¿eres español? Pues que sepas que aquí no se viene a dormir la siesta»; y otra suya: «no tengo dinero para pagar los libros de mis hermanos». Dice que ha recuperado un viejo amor y la distancia se lo hará perder de nuevo. Le queda una tarde antes de volver a trabajar en la cocina de un bar de tapas español y para amenizarla seguirá poniéndose rojo a golpe de cerveza.

Llegamos al British Museum. Si algún lugar representa la vergüenza del colonialismo es este. No descubro América relatando lo despreciable de haber transportado el Monumento de las Nereidas hasta sus dominios. De hecho, en otra parte de la exposición, hay una serie de columnas con forma de escultura femenina de las que no recuerdo el nombre. Las originales están en Londres y las griegas se han sustituido por réplicas. Hay un panfleto que versa sobre esta controversia. Se titula The Parthenon sculptures. En él, en tres páginas y media el museo británico explica su posición y, en honor a la objetividad, un breve párrafo explica la posición griega que viene a ser: los griegos desde 1980 reclaman su patrimonio porque dicen que es suyo. Esto sin mencionar lo egipcio, pues el museo británico se postula como garante de la cultura y la historia.

Adrián vuelve a España sin zapatos

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Agradecidos marchamos a Camden Town que es el parque de atracciones que imita los barrios en los que hemos estado. Acabamos en el río y ahí, sin previo aviso un hombre sin zapatos se sienta a nuestro lado. Lanza una manta al suelo que huele como los genitales de 100 cochinos embarrados. El tipo es búlgaro y se presenta diciendo que este lugar ha sido su vida conocida desde los años 70. Simboliza el paso de lo vivido como un tocadiscos girando, transiendo entre una canción vieja hasta una moderna. Lleva una garrafa de sidra y le falta la mitad de la dentadura.  Habla un precario español que le enseñó un portugués. No sabe portugués. Se ríe como Zorba el griego y habla como si la verdad se le escapara en cada exhalación. Son pocas las personas interesantes que uno tiene la oportunidad de conocer en una vida, y en éstas al margen se desprende no un respeto, pero sí una garantía de que a pesar de escuchar mitad de verdades, mitad de ilusiones, son capaces de retratar el ambiente y el tiempo por su propia estancia en ellos. Sufrir y contemplar mientras otros realizan las labores de las mujeres y hombres rectos que avanzan en la sociedad con los escalones nominados, te otorga toda una eternidad de pensamientos que si dicen de ir en buena dirección –sea cual sea esa– se irán contigo sin necesidad de postrarse a una deidad. Zacarías, que así se llama el búlgaro, mueve las manos formando diamantes. No sé si es porque estoy profundamente borracho o porque de verdad hay algo de trascendente. Así que no puedo hacer otra 2xehaktsbnvznnqahqef-0cosa que preguntarle por qué y qué trata de decir. Habla sobre el 0,0,0 de un eje cartesiano en el que se desarrollan una serie de tetraedros. La casualidad ha querido que tope con él alguien como yo que ha dedicado meses de su vida a estudiar la geometría de éstos y de cómo configurarlos como un cuerpo volumétrico óptimo para el desarrollo de una función aburrida que mejor guardo para mí. Zacarías es consciente de que no sabe quién lanzó las estrellas al horizonte que vemos, ni por qué las esferas se mueven de la forma en que se mueven, pero sí dice que la ciencia trata de buscar un 0,0,0, un centro que como inicio nos permita llegar a un final en base a ecuaciones trigonométricas. No es muy acertado ese pensamiento pero le pregunto por la equivocación de los hombres y por SU verdad, por si él con esas matemáticas pudiera darle un sentido a nuestra realidad. Responde que sí, que cada uno de nosotros es un 0,0,0 cartesiano y que desde ese centro nos dirigimos en las tres direcciones que nos ofrecen las dimensiones conocidas. Dice que no hay un final, pero que cada incremento en x, y o z implica un cambio y un nuevo conocimiento, algo que nos aleja de nuestro punto de partida inexorablemente. Tras esto raja una lata, la mete en un vaso y coloca su móvil con una selección de canciones soberbia que van desde el blues y el soul al gypsy-swing. Le pongo un tema mío y saca una caja de pastillas. Sigue los ritmos con una inesperada maestría y cuando dice de crear le hago cantos difónicos. El tipo me graba, y luego saca de su prehistórico móvil una canción con más cantos difónicos. Cantamos juntos, quiere crear una fiesta y saca la armónica. Se la da a Adrián. Él toca, se la devuelve y toca lo que estaba tocando Adrián. Es tarde, el metro cierra y debemos abandonarlo. Adrián le ofrece sus zapatillas. Usa un 44 y Zacarías un 36. Le dice que le meta periódicos. Zacarías se las cuelga en la mochila. Adrián lo mira perplejo: las va a vender y él volverá a España descalzo y un valor en bienes de –80€. Nos colamos en el metro –Zacarías antes que yo–. Nos sigue a todas partes hasta que le pedimos que se vaya. Dice que ok, que se va a trabajar. Estamos ya cerca del albergue. Las calles mojadas no le hacen un favor a Adrián pero gracias a Dios su estupidez es salvada por los «¡cuidado, charco!» de Ángela. Llegamos al parque que queda cerca del albergue y unos encapuchados prenden cosas. Esta ciudad es tan cara y tan pija que hasta los vándalos nocturnos en vez de tirar barrenos lanzan hermosos fuegos artificiales mientras huyen y siguen haciendo fechorías. Nos vamos mañana y tenemos la sensación de no haber entendido la ciudad quizá por seguir al margen de ella, pero ¿qué es el corazón de Londres sino una burla?

Ángela hizo algo que la pone muy cerca de Humphrey o de Zacarías o de todos estos pobres diablos. Estuvo trabajando dos meses en Ibiza y con su miserable sueldo de limpiadora y camarera ha costeado todo este viaje aunque haya sido en la más absoluta de las pobrezas a las que, tras haber gastado todo su capital, vuelve. Lo que más me duele es no haber escrito de música puesto que la música era el motivo por el que vinimos. Me duele porque ella quería compartirla conmigo alegando un egoísmo: «pago porque me vas a hacer disfrutar». No sé si lo he conseguido. Quizá la música siga siendo el enjuague ocioso del que pretendemos hacer un centro sin que lo sea. Al fin y al cabo los que apostamos al 28 y al 29 somos nosotros, los que se expanden desde el 0,0,0 somos nosotros, los que se exilian y acogen a otros en el exilio somos nosotros y lo que escuchamos es solo una exaltación de nosotros mismos. La banda sonora, por mucho que evoque, no tiene un sentido sin nuestra propia historia. Adrián llegaría a casa sin zapatos y una revisión del Corán en la chaqueta. Yo conseguiría mantener pegada la suela de mis botas con cinta aislante y que el rumano no me despegara los dientes con los que pretendo morder el cuello de la Terol. Ángela volvería con un catarro, y una lata de atún sabiendo jugar al billar. Apostamos que el pastel de cereza estaría mejor con crema y la bolita no cayó en el 7.

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5 Comments

  1. Ángela dice:

    Se me viene inevitablemente a la cabeza la quemadísima frase de Lennon de “la vida es lo que te pasa mientras haces otros planes”. Gracias por recordarme ese “otro viaje”, el que no tenía que ver con el presupuesto, con las orquestas ni con materialismos varios. No quisiera, y corría el riesgo de hacerlo, olvidar ese tapiz humano que fue el verdadero viaje. Incluyendoos a ti, con tu magnetismo por y hacia la sabiduría callejera y esa generosidad de Adrián tan compatible con una vacuna contra el tetanos.

    Mi momento favorito fue sin duda nuestro amigo desdentado percusionándote (seguido de cerca de que se colase antes y mejor que tú en el metro).

    Se os quiere.

  2. Adrián dice:

    ¿Y la historia de los albañiles EH HIJO DE PUTA?

    • Javier Arnedo dice:

      No tengo ni fotos, pero la maestría, destreza era hipnótica y hasta artística. Tal y como cogía ese obrero los palos yo me caso con él si desde el andamio me lo pide.

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