091 en el auditorio de Murcia: «Sigue estando Dios de nuestro lado»

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Estoy nervioso. Son las 21:03. En media hora empiezan los 091, un grupo que me flipa y al que tenía las mismas esperanzas de ver en directo que a los Doors. En siete minutos he llegado al Víctor Villegas, me he acordado de que no he cenado, he ido al Mc Donald’s del Atalayas a comprarme una hamburguesa de mierda, he vuelto al auditorio y me he reunido con Carolina. Me dice que se me ve un poco agitado mientras me lleno la boca de patatas fritas a la misma vez que de «carne 100% de vacuno» con una mano y le mando whatsupps a mi colega Santos y a Javi, el fotógrafo, con la otra. Se me han esturreado las patatas por el fondo de la bolsa y decido que es más útil aprovechar el resto de tiempo que queda antes de entrar al concierto en liarme una cañica; la certeza de que allí dentro no habrá cerveza ni se podrá fumar lleva aterrándome toda la tarde. Llegan Santos y Lucía. Poco después de y cuarto, tal como habían anunciado. Voy a darle la mano a Santos pero acabamos dándonos un abrazo. «Creías que íbamos a darnos la mano como si solo fuéramos amigos, ¿eh, rey?». Vamos a recoger las acreditaciones y cuando me dan el set-list, el pase del fotógrafo y las entradas en un sobre con mi nombre, se me humedecen los ojos. No estoy acostumbrado a que la acreditación vaya más allá de un sello en la muñeca. Cuando llega, Javi me pilla probándome su pase de fotógrafo. Se lo doy y entramos.


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Llegamos a nuestros sitios y Carolina me dice que es en este momento cuando empieza a creerse de verdad que va a poder ver a los 091. La sala Narciso Yepes está prácticamente a reventar. Creo que soy la persona más joven del público (incluidos mis colegas). Empezamos a aplaudir cuando se intuye que va a comenzar el concierto. Todos los que estamos aquí tenemos la sensación de estar asistiendo a una celebración, de ser unos privilegiados por tener delante lo que vamos a tener delante. Hay un ambiente casi litúrgico. Con la intro, Palo Cortao, dejan claro que el sonido va a ser acojonante y que no les pesan los veinte años que llevan sin tocar juntos. Suena el riff del principio de Zapatos de piel de Caimán y toda la sala se pone de pie. Que le den por culo a las butacas en un concierto de rock. Piel de punta. Cuando José Antonio García suelta eso de «Lo tendréis, sí, todo a vuestro alcance/ pero nada os pertenecerá/ sólo el orgullo de saber haceros bien el nudo en los zapatos de piel de Caimán» pienso que, para mí, este tema es un himno generacional a pesar de que ni siquiera había salido de los cojones de mi padre cuando fue escrito.

Me mola cómo se mueve José Antonio en el escenario. Tiene esa pose de estrella del rock histriónica que se pone gafas de sol de noche en un auditorio y que mueve las caderas a lo Mick Jagger; de manera afeminada pero sin dejar de ser un hormonado frontman de rock n´roll. Toca la armónica, las maracas e incluso el cencerro. Los hermanos Lapido son unos fieras con la guitarra. En La noche que la luna salió tarde José Ignacio suena al John Frusciante de la época del Blood, Sugar, Sex, Magik. Su hermano Víctor no se queda atrás. Es uno de esos guitarras que gesticulan exageradamente con la boca lo que están tocando. Tiene actitud y transmite. Y no tiene nada que envidiarle al hermano tocando solos. La gente sigue de pie. Estoy totalmente embelesado con lo que está pasando en el escenario pero me falta algo. Me falta poder saltar sin el riesgo de hincarle los piños en la nuca al de la fila de delante. Me falta poder darme topazos cariñosamente con la gente de alrededor. Me falta poder decir «Ey tío, ¿pones un euro y medio y voy a por un mini de Cerveza?» o «Tío, cómo huele lo que lleva el payo aquél, acércate y pídele que te lo pase». Es lo único que me tiene un poco con el culo torcido. Por lo menos seguimos de pie y nadie le está diciendo al que tiene delante «Perdona… ¿podríais sentaros y relajaros un rato? Es que a mi novia le duele el pie y no hemos pagado treinta pavos de entrada para verte a tí mover el culo».
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Cuando suena Un cielo color vino veo a Carolina con las dos manos sobre el pecho mirando al escenario con intensidad. Se le está moviendo todo por dentro. Y es normal, porque a mí cada vez que escucho ese tema se me erizan los pelos de la nuca. Mientras tocan Un camino equivocado, una canción rollo folk-rock a lo Tom Petty, me digo a mí mismo que a ésto es a lo que se le puede llamar rock de raíces y no a Los Secretos o a La Guardia. Se despiden dos veces antes de la definitiva con La vida que mala es. El riff de esta canción debería de estudiarse en las escuelas de rock que están de moda en Estados Unidos. Al lado de cualquiera de los de Jack White y explicando que el tío que lo compuso nació en Granada. José Antonio toca las maracas con unos movimientos que recuerdan a Nick Cave. Los zapatos de chúpame la punta que lleva le ayudan a ello. La batería se queda sola y él aprovecha para desfilar por el escenario con unas maracas y terminar lanzándolas al público. Es un buen frontman. Desaparecen definitivamente del escenario y salimos al pasillo. Veo pasar a un chaval de unos diez años con sus viejos. Casi soy la persona más joven del público.

Fotografías por Javier Picón

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